Arthur Pink
El amor es la reina de las virtudes del cristiano. Es una santa disposición que se nos da cuando Dios nos concede un nuevo nacimiento. Es el amor de Dios derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo. El verdadero amor espiritual se caracteriza por la humildad y la bondad, aun siendo inmensamente superior a todas las cortesías y bondades de la carne.
J.C. Ryle
Y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno (Mateo 2:23).
Observemos que lección de humildad nos enseña el lugar donde habitó el Hijo de Dios, cuando estuvo en la Tierra. Vivió con su madre y con José “en la ciudad que se llama Nazaret”.
Nazaret era una ciudad pequeña de Galilea. Era un lugar oscuro y apartado, que no se menciona en el Antiguo Testamento ni una sola vez. Hebrón, y Silo, y Gabaón, y Ramá y Bet-el eran lugares mucho más importantes. Pero el Señor Jesús los pasó por alto a todos, y escogió a Nazaret. ¡Eso era humildad!
El Señor Jesús vivió en Nazaret unos treinta años. Fue allí donde creció y pasó de la infancia a la niñez, de la niñez a la adolescencia, de la adolescencia a la juventud y de la juventud a la madurez. No sabemos mucho acerca de cómo pasó esos treinta años. Lo que sí se nos dice expresamente es que “estaba sujeto a María y José” (Lucas 2:51). Es muy probable que trabajara en la carpintería de José. Solo sabemos que casi cinco sextas partes del tiempo que el Salvador del mundo estuvo en la Tierra las pasó entre los pobres de este mundo y totalmente apartado. ¡Ciertamente, eso era humildad!
C.H. Spurgeon
Él es el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades; el que rescata de la fosa tu vida, el que te corona de bondad y compasión; el que colma de bienes tus años, para que tu juventud se renueve como el águila.
Él es quien perdona todas tus iniquidades
Aquí comienza David su lista de bendiciones recibidas, que presenta como las razones de su alabanza. Selecciona unas pocas de las perlas más preciosas del cofre de amor divino, las enhebra en el hilo de la memoria, y las coloca en el cuello del agradecimiento. El pecado perdonado es, según nuestra experiencia, uno de los estímulos más especiales de la gracia, uno de los primeros regalos de su misericordia; de hecho, la preparación necesaria para disfrutar de todo lo que viene después. Hasta que la iniquidad es perdonada, la sanidad, la redención y la satisfacción son bendiciones desconocidas. El perdón es primero en el orden de nuestra experiencia espiritual, y en algunos sentidos, primero en valor. El perdón concedido está en tiempo presente: “perdona”, es continuo porque sigue perdonando, es divino porque es Dios quien lo da, abarca mucho porque nos quita los pecados; incluye los pecados de omisión al igual que de comisión, pues ambos son iniquidades; y es muy eficaz, porque es tan real como la sanidad y el resto de las misericordias con las que es colocado.
Paul Christianson
¿Dónde ha ido a parar aquella bienaventuranza que conocí cuando encontré por primera vez al Señor? ¿Dónde ha quedado esa visión de Jesús y de su palabra que refresca el alma? ¿Por qué se ha visto mi vida espiritual llena de obstáculos y de fracasos?
Quizás estas sean preguntas que muchos de nosotros solemos hacernos. En mis recientes visitas a Trinidad, Nueva Zelanda y Australia me ha impresionado ver que la “mundanalidad” no es un problema exclusivo de los estadounidenses, sino que es universal. Pero en Santiago 4:4 se nos advierte: “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad hacia Dios? Por tanto, el que quiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios”.
Paul Christianson
Las declaraciones y oraciones del Salmo 27 están hechas en el oscuro marco de una hueste de enemigos: malhechores que calumnian, actúan con violencia y procuran la destrucción del rey David, autor de este salmo. David los compara con bestias salvajes cuando dice “para devorar mis carnes”, en el versículo 2, y a un ejército que acampa a su alrededor, en el versículo 3.
El rey se muestra increíblemente desafiante contra tales enemigos, y escribe en los versículos 1 al 3: “El Señor es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida; ¿de quién tendré temor? Cuando para devorar mis carnes vinieron sobre mí los malhechores, mis adversarios y mis enemigos, ellos tropezaron y cayeron. Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque en mi contra se levante guerra, a pesar de ello, estaré confiado”.