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El engaño del pecado

Noble D. Vater

“Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de ¡Qué buenísimo pastor es el Señor! Toda su palabra evidencia su gran amor y cuidado tierno para su pueblo escogido…

El error no es tan inocente como piensan algunos

William Gurnall

La Palabra es el espejo en que vemos reflejado a Cristo, y al verle, nos transformamos a su imagen por el Espíritu Santo. Si el espejo está roto, nuestro concepto de él se distorsiona, mientras que la Palabra en su claridad real nos muestra a Cristo en toda su gloria. De lo que se deduce que Satanás no solo golpea a Dios cuando ataca la verdad, sino que también golpea a los cristianos. Si puede llevarlos al error, debilitará—si no lo destruye—el poder de la piedad en ellos.

El apóstol une el espíritu de poder y el de dominio propio (cf. 2 Ti. 1:7). Se nos exhorta a desear “la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis…” (1 P. 2:2). Al igual que la leche diluida, la Palabra mezclada con el error no es muy nutritiva. Todo error, por inocente que parezca, es un parásito. Así como la hiedra mina la fuerza del árbol en que se enreda, el error socava la fuerza de la verdad. El alma que se alimenta de la verdad contaminada no puede crecer sana.

Una oración para todos Parte III

C.H. Spurgeon

Entonces ella vino y se postro ante Él, diciendo: “¡Señor ayúdame!” (Mateo 15:25).

Nuestro texto relata un caso de verdadera angustia y nos muestra la oración de una mujer en agonía. Quiero hablar especialmente sobre la oración de esta mujer.

Ahora, por algunos minutos, les invito queridos amigos a que ADMIREN CÓMO ESTA MUJER HIZO SUYO EL CASO DE SU HIJA.

Le recomiendo a aquellos que procuran la conversión de otros que sigan su ejemplo. Noten que ella no oró, “Señor, ayuda a mi hija,” sino, “Señor, ayúdame a mí.” Al principio rogó por su hija explicando las circunstancias de su caso; pero a medida que la intensidad y el fervor de su suplica crecía, parecía ya no haber diferencia entre la madre y la hija. La madre absorbió a la hija; el gran corazón de la suplicante parecía abrigar a aquella por la que suplicaba con tanta agonía: “Señor, ayúdame.” ¿Comprendes la idea?

Una oración para todos Parte II

C.H. Spurgeon

Entonces ella vino y se postro ante Él, diciendo: “¡Señor ayúdame!” (Mateo 15:25).

Nuestro texto relata un caso de verdadera angustia y nos muestra la oración de una mujer en agonía. Quiero hablar especialmente sobre la oración de esta mujer.

Ahora, por algunos minutos, les invito queridos amigos a ADMIRAR SU APELACIÓN AL SEÑOR.

“Entonces ella vino y se postró ante Él, diciendo: ‘¡Señor ayúdame!”‘ Esta mujer es admirable, primero, porque se alejó de los discípulos. No puedo evitar sonreír mientras leo lo que los discípulos dijeron: ‘despídela, pues da voces tras nosotros.’ Pobre alma; ella nunca dio voces tras los discípulos pues sabía que había algo mejor que eso. La razón por la que los discípulos pensaron que ella dirigía su clamor a ellos es que se creían muy importantes. Si la mujer hubiese dado voces tras ellos, sus miradas sombrías la hubieran hecho detenerse pronto. Pero ella no cometió tal error. “¡Oh no!” parecía decir, “no es a ustedes a quien yo clamo, pues ni Pedro, ni Santiago, ni Juan pueden darme la ayuda que necesito.”

Una oración para todos Parte I

C.H. Spurgeon

Entonces ella vino y se postro ante Él, diciendo: “¡Señor ayúdame!” (Mateo 15:25).

Nuestro texto relata un caso de verdadera angustia y nos muestra la oración de una mujer en agonía. Quiero hablar especialmente sobre la oración de esta mujer.

Primero, ADMIREMOS LA IMPORTUNIDAD DE ESTA MUJER.

Me atrevo a decir, aunque estoy hablando a una congregación numerosa, que nadie entre nosotros ha experimentado un rechazo o dificultad similares a las de esta mujer. Puede haber más de alguno que tenga derecho a levantarse y decir, “¡Ah, Señor! Usted no conoce mi experiencia; mi llegada a Cristo fue muy difícil.” Ciertamente no conozco tu experiencia mi querido amigo, pero sí estoy seguro que tu experiencia no es comparable a la de esta mujer, porque en su venida a Cristo ella tuvo que superar dificultades más grandes que las que tú puedas imaginar, aunque estés a punto de desesperar por los obstáculos en tu camino. Esta pobre mujer tuvo que superar tres dificultades especiales.

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