C.H. Spurgeon
No me eches de tu presencia, y no quites de mí tu santo Espíritu (Salmo 51:11).
Préstenme su atención paciente, ustedes que aman al Señor, en lo que trato de darles muchas razones por las cuales una oración tal como ésta debe surgir de las profundidades de sus corazones, y saltar de sus labios.
Dr. Joel R. Beeke
El Espíritu Santo revivió la iglesia en la Reforma y en la era de los puritanos, llenando vasijas de barro (hombres como Lutero, Calvino, Perkins, Owen, Bunyan y Edwards) con tesoros de oro espiritual. Dios iluminó a los Reformadores para que redescubrieran verdades bíblicas fundamentales sobre la salvación y la adoración. Los puritanos unieron una espiritualidad vibrante a una rica teología basada en la Biblia.
Siendo como eran personas del Libro viviente, los puritanos moldean la vida de sus lectores con sus propios libros, la mayoría de los cuales con sermones reempacados.
Recibo bendiciones a través de muchas duras dificultades y esta es la forma usual en que la Providencia obra en mí. -Thomas Boston
Thomas Boston
Cualquiera que quisiese caminar con Dios debe ser un buen observador de la Palabra y la Providencia de Dios porque por estas, de una manera especial, Él se revela a sí mismo a su pueblo. En una vemos lo que Él dice, y en la otra lo que Él hace. Estos son los dos libros en que cada estudiante de la santidad debe estar versado. Ambos han sido escritos por una misma mano y ambos deben ser leídos por aquellos que no solo quieren llevar el nombre de cristiano sino también su esencia. Ambos deben ser estudiados juntos si nos queremos beneficiar de ellos, porque, al tomarlos en conjunto, cada uno ilumina al otro; y es nuestro deber leer la Palabra, al igual que es nuestro deber prestar atención a las obras de Dios.
C.H. Spurgeon
Te advierto que si la religión en que crees no incluye nada de la sangre de Cristo, de nada vale. Te advierto también que a menos que ames al Cordero no podrás desposarte con el Cordero. Él jamás se desposará con quienes no sienten nada de amor por él. Tienes que aceptar a Jesús como un sacrificio, de lo contrario, no lo aceptas para nada. Es inútil decir: “Seguiré el ejemplo de Cristo”. No harías nada que se le parezca. Es en vano decir: “Él será mi maestro”. Él no te reconocerá como su discípulo a menos que lo reconozcas como un sacrificio. Es preciso que lo recibas como el Cordero o lo dejes completamente. Si desprecias la sangre de Cristo, desprecias toda su persona.