Giulia Gonzaga: Detrás de la Reforma italiana
Si pudiéramos viajar en el tiempo y remontarnos a la Nápoles de 1536, un domingo por la mañana, ya tarde, durante la Cuaresma, podríamos observar frente a la iglesia de San Giovanni Maggiore, a dos personas inmersas en una seria conversación: una joven noble italiana llamada Giulia Gonzaga y a un caballero español, Juan de Valdés. Su discusión, que prosiguió durante el resto de aquel día en la cercana residencia de Giulia, transformó la vida de aquella joven y, más tarde, se transcribió de memoria por Valdés (con ayuda de Giulia) como principal contenido de su célebre obra Christian Alphabet [El alfabeto cristiano].
El predicador de aquel día había sido Bernardino Ochino, un monje capuchino de Siena, que había ganado fama por toda Italia por sus apasionados sermones. Delgado y casi consumido, pronunció palabras poderosas con una voz suave. Alguien lo definió como un moderno Savonarola. A pesar de ello, mientras Savonarola predicaba sobre todo contra los males de su tiempo, Ochino se centraba más a menudo en cuestiones teológicas, llegando muy cerca de la doctrina de la justificación por medio de la fe solamente de Lutero.
Con todo, Ochino evitaba cuidadosamente cualquier declaración peligrosa. La doctrina estaba presente, pero solo de forma implícita, tan sutil que el emperador Carlos V, declarado enemigo de la teología de Lutero, que se había detenido ese día en Nápoles de camino de regreso de una victoriosa expedición tunecina, escuchó su sermón con “gran deleite espiritual”. De hecho, a pesar de su reciente decreto (emitido justo allí, en Nápoles) que prohibía bajo pena de muerte cualquier conversación o práctica con los herejes luteranos, o quienes fueran sospechosos de serlo, comentó que la predicación de Ochino había sido tan conmovedora que podría haber hecho llorar a las piedras.
No era la primera vez que Giulia escuchaba predicar a Ochino. En realidad buscaba cualquier oportunidad de asistir a sus sermones que, inicialmente, le habían proporcionado gran paz. Sin embargo, últimamente, empezaban a tener el efecto opuesto, lanzándola a un torbellino de perplejidades y tormento que la hacían vagar de los pensamientos celestiales a los terrenales.
“Normalmente me siento tan insatisfecha conmigo misma y con todo lo que hay en este mundo” —le comentó aquel día a Valdés—, y tan apática que si pudiera usted ver mi corazón, estoy segura de que sentiría compasión, por lo lleno de confusión, perplejidades e inquietudes que se encuentra”.
Una vida problemática
De alguna manera, Giulia había experimentado angustia, incertidumbre y agitación durante la mayor parte de su vida. Nacida alrededor de 1513 en una familia noble de Gazzuolo, una pequeña ciudad al norte de Italia, había sido entregada en matrimonio a una edad temprana (probablemente a los catorce años, si la fecha estimada de su nacimiento es correcta) a un líder de tropas mercenarias y rico terrateniente, Vespasiano Colona, duque de Traetto y conde de Fondi, veintisiete años mayor que ella. Era el clásico matrimonio de conveniencia, ya que la familia de Giulia, que buscaba las formas de expandir sus territorios y su influencia, vio en Vespasiano el partido perfecto.
Desconocemos cómo se sentía Giulia en cuanto a esta unión, pero Vespasiano era un hombre de guerra y permaneció la mayor parte del tiempo alejado de su casa, hasta que murió en el campo de batalla tan solo dos años después. Le dejó todos sus bienes a Giulia, siempre que no se volviera a casar. En el caso de unas segundas nupcias, todas sus propiedades serían transferidas a su hija Isabella, que tenía aproximadamente la misma edad que Giulia. Esto causó, obviamente, una tensión de por vida entre ambas mujeres.
Al principio, Giulia siguió viviendo en su castillo de Fondi, una antigua y encantadora ciudad costera entre Roma y Nápoles, convirtiéndola en el centro de un vibrante círculo literario y artístico. Su belleza era extraordinaria, e inspiró a muchos poetas de su tiempo. Era el Renacimiento, una época en la que se prestaba atención a la belleza, como en la antigua Grecia, un símbolo de completitud y perfección, que elevaba el espíritu y no un peligro espiritual como en los siglos anteriores.
Su cercano amigo Paolo Carnesecchi dijo de ella: “Tal era la fama de su belleza y su virtud que cualquier caballero que pasaba por aquellos lugares intentaba conocerla y hacerse amigo suyo”. Para decepción de los hombres, ella siempre se negó a volverse a casar. Algunos dicen que valoraba sus propiedades por encima del matrimonio, pero algunas fuentes indican que podría haberle tenido miedo a nuevos quebrantos de corazón. “Si vuelvo a casarme, siempre tendré miedo de perder a mi nuevo esposo, y no quiero correr ese riesgo”, comentó al parecer.
Giulia estuvo muy cerca de un nuevo matrimonio cuando un caballero altamente culto y poderoso, Ippolito de Medici, sobrino del papa León X, se enamoró desesperadamente de ella. Al principio, se suponía que se casaría con Isabella, pero cuando visitó a su futura esposa, sus sentimientos por Giulia se apoderaron de él y le impidieron seguir adelante con el matrimonio concertado. Finalmente, Ippolito le confesó su amor a Giulia, pero antes de que ella pudiera considerar siquiera el asunto, la familia de él le presionó para que siguiera una carera eclesiástica y los convencionalismos sociales exigieron su conformidad.
Poco después de esto, en el verano de 1534, un dramático suceso estremeció la vida de Giulia, ya que su castillo fue atacado durante la noche por una banda de piratas turcos que habían estado saqueando la costa italiana. Su líder, Khair ad Din (conocido por los italianos como Barbarossa), regente de Argel, había oído hablar de su hermosura y decidió capturarla y llevarla como presente al gran sultán Suleiman I. Envió a un grupo de sus piratas para que irrumpieran en la residencia de la joven, pero cuando estos lo consiguieron descubrieron que Giulia ya había escapado.
Cuenta la leyenda que, justo cuando estaban a punto de alcanzar su habitación, una criada la despertó y la instó a que escapara, escasamente vestida, por la ventana. Lo más probable es que hubiera recibido noticias del inminente peligro unos días antes, ya que los piratas habían saqueado varias muchas ciudades más al sur, mientras ascendían por la península italiana. Solo sabemos que estuvo escondida durante un tiempo en las cercanas montañas de Ciociaria, hasta que el papa envió un ejército a repeler a los piratas y reinstaurar la seguridad en el territorio. El ejército papal estaba bajo las órdenes del cardenal Ippolito, que fue capaz de hacerse el héroe y salvar a su amada.
Un año después, Ippolito murió envenenado, consolado en sus últimas horas de agonía por Giulia.
Estas traumáticas experiencias fueron probablemente algunas de las razones por las que Giulia se mudó a Nápoles aquel mismo año, instalándose finalmente en una casa privada en el convento de San Francisco. Allí tuvo muchas comodidades y criados, pero carecía de los lujos y el espacio de sus palacios. Recibió, asimismo, numerosas visitas de sus amigos y (durante algún tiempo) tuvo consigo a un compañero muy especial: el joven Vespasiano, el hijo nacido del breve y apasionado matrimonio entre Isabella y Rodomonte, el hermano de Giulia.
Al parecer, se había creado un vínculo muy fuerte entre Giulia y Vespasiano, porque después de que él se trasladase a España a estudiar y, más tarde, trabajar como consejero del rey, pudo distraer la atención de las autoridades de las polémicas actividades religiosas de su abuela.
Un corazón afligido
Mientras conversaba con Valdés, aquel día de primavera, Giulia se centró sin embargo en problemas más profundos. Se preguntaba por qué los mejores sermones llenaban su alma de tormento en lugar de paz. ¿Cómo podía examinar su corazón, como la mayoría de predicadores la animaban a hacer, sin hundirse en la desesperación ante la vista de sus pecados profundamente asentados y persistentes? ¿Y por qué seguían mortificándola estos sentimientos a pesar de sus fervientes devociones, su ayuno y la disciplina?
“Esto es una gran y cruel contradicción” —explicaba—, tan aburrida y fastidiosa que con frecuencia me deshago en lágrimas, porque no sé qué hacer conmigo y no tengo a nadie de quien poder aprender”.
A esta afligida joven, Valdés le ofreció un hombro sobre el que apoyarse. Pero fue más allá. Le dio una breve introducción teológica a la fe cristiana, aclarando algunas cuestiones que ella nunca había entendido en sus muchos años de fiel asistencia a la iglesia. Particularmente importante para sentirse en paz fue la distinción entre ley y evangelio.
La ley es importante como maestro, le explicó él, y nos muestra tanto nuestros deberes para con Dios como nuestro fracaso a la hora de llevarlos a cabo; nos dirige a Cristo. Le indicó, sin embargo, el peligro de predicar la ley sin el evangelio o confundir al evangelio con la ley. “La ley nos enseña lo que tenemos que hacer y el evangelio nos proporciona al espíritu que nos capacita para realizarlo. La ley hiere y el evangelio sana. La ley mortifica y el evangelio da vida”, le explicó.
Valdés no era un sacerdote ni un monje. Jamás había recibido una educación teológica formal. A pesar de ello, era vibrante y carismático y su influencia se extendió rápidamente por toda Italia, sobre todo en el sur. Sus seguidores, llamados spirituali, estaban unidos por un deseo de evitar la superficialidad simplista de la iglesia de su tiempo para tratar las cuestiones más profundas de la salvación y vivir una vida cristiana más intensa. Entre ellos estaban, al menos durante un tiempo, la poetisa Vittoria Colonna (la amiga más cercana de Miguel Ángel), Pier Paolo Vergerio, Peter Martyr Vermigli, el cardenal Reginald Pole, y Bernardino Ochino.
En lo que a teología se refería, Valdés no tenía la claridad de un Lutero o un Calvino como se manifiesta en las distintas elecciones teológicas que sus seguidores asumieron más adelante en su vida, desde devotos católicos romanos a calvinistas, anglicanos, anabaptistas, socinianos y hasta partidarios de un punto intermedio imposible entre la justificación por la fe solamente y la justificación por la fe y las obras). Pero para Giulia, él seguía siendo una fuente de consuelo. Cuando, en 1537, tradujo una primera porción de los Salmos, desde el hebreo, le dedicó el libro a ella, sabiendo que su alma sensible sentiría gran aliento en las frecuentes luchas de David y su fe constante, y, especialmente, en el amor incondicional de Dios, un tema que Valdés enfatizó en esta colección.
En otras cartas y escritos, respondió a sus temores al rechazo de Dios, recordándole que, en Cristo, había sido adoptada como hija de Dios y que era necesario que se viera como tal y no como una “hija de Adán”. “Por el sacrificio de Cristo, Dios te acepta como hija suya”, le escribió.
Su muerte le hizo escapar de la ejecución
El temor y la ansiedad seguían alzando sus desagradables cabezas de vez en cuando en la vida de Giulia, en particular cuando perdió sus propiedades a favor de Isabella, o cuando su salud se volvió especialmente problemática; pero esto no la detuvo de poner todo su corazón en la causa religiosa que la tenía ocupada. Tras la muerte de Valdés, en 1541, se convirtió en la principal conservadora de sus enseñanzas, supervisando la traducción y distribución de sus obras y trabajando duro para asegurarse de que hubiera buena comunicación entre los spirituali. En varias ocasiones vemos que la informaban de inmediato sobre sus situaciones y necesidades, en especial en 1542, cuando la institución de la inquisición italiana como ordenanza permanente obligó a varios cristianos (entre los que se encontraban Ochino y Vermigli) a abandonar el país.
Alentó, asimismo, a Marcantonio Flaminio, un Reformador italiano, a publicar un escrito de Benedetto da Mantova, II Beneficio di Cristo, que bien podría decirse que se convirtió en el libro más popular de la Reforma italiana 8algunoas fuentes contemporáneas afirman que se vendieron 40.000 copias en seis meses). El texto seguía el progreso de la salvación desde la perfección humana antes de la caída del hombre hasta la seguridad de la salvación solo por gracia y exclusivamente por medio de la fe. Fue uno de los textos más odiados por las autoridades católicas romanas de aquella época que, finalmente, lo destruyeron en 1549 y lo colocaron en la lista de los libros prohibidos. Sus objeciones no se basaban tanto en las Escrituras como en su temor de que una salvación basada en la fe solamente, sin obras, conduciría a la maldad y a la debacle.
Uno de los más fieles corresponsales de Giulia en aquel tiempo fue Pietro Carnesecchi, un seguidor florentino de Valdés, cinco años mayor que ella, que encontró en ella a una amiga querida y una fiel confidente. Ambos siguieron escribiéndose durante años, revelando sus sentimientos más internos, sus opiniones sobre la política europea, sus convicciones teológicas y su profunda preocupación por el estado de la iglesia en Italia, sobre todo por cualquiera de sus amigos que tuvieran problemas con la Inquisición. En varias ocasiones, cuando la sombra de esta se acercaba demasiado, Carnesecchi consideró abandonar el país, pero Giulia lo alentaba a quedarse, porque lo más seguro era que su partida pusiera en peligro a sus amigos.
Mientras tanto, la salud de Giulia se fue haciendo cada vez más frágil. A la edad de treinta y siete años ya sentía el peso de sus años. “Por la gracia de Dios he vivido tanto tiempo que me he hecho mayor” decía. A principios de 1566, cansada por los dolores y los tediosos remedios que el médico le prescribía (como la cauterización de heridas, un cambio de aire y aguas termales), entendiendo que los días que le quedaban eran pocos, escribió un testamento dejando sus principales posesiones a Vespasiano y algunos bienes a Isabella. Carnesecchi apenas podía soportar el pensamiento de su inminente muerte. “No creas que escribo esto ahora con los ojos secos —decía—. Vivir sin ti en este siglo maligno es navegar en alta mar sin remos o velas”.
Giulia murió tranquilamente el 16 de abril de 1566. Tenía cincuenta y tres años. Como había predicho, Carnesecchi se encontró casi de inmediato en medio de aguas muy turbulentas. De hecho, Giulia no había dispuesto en su testamento qué se debía hacer con sus cartas, que fueron encontradas en un registro papal. De ellas, doscientas veintiocho eran de Carnesecchi, que fue convocado unos días después al Tribunal de la Inquisición. En el pasado, había sido capaz de esquivar similares invitaciones, pero esta vez fue traicionado por su anfitrión en Florencia; lo arrestaron, lo interrogaron bajo tortura y lo encarcelaron.
En el proceso, Carnesecchi intentó proteger a Giulia y a otros amigos, a pesar de la dura y repetida tortura, pero pronto interceptaron algunas cartas que él había conseguido hacer salir a escondidas de la cárcel en un intento por avisar a los demás del peligro. Esto proporcionó al Tribunal de la Inquisición información adicional y una acusación más contra él. Finamente, Carnesecchi fue ejecutado ante una gran multitud, el primer día de octubre de 1567. Como era noble, fue decapitado antes de ser quemado.
No sabemos dónde enterraron a Giulia. Ella pidió que la sepultaran en el mismo convento donde había vivido, pero en la actualidad no hay rastro de su tumba. Tal vez el papa, conociendo sus creencias religiosas, le negó ser enterrada como era debido. De hecho, un embajador lo oyó quejarse más o menos por aquel tiempo que, de haber visto antes aquellos papeles, la habría quemado en la hoguera.
Durante la mayor parte de su vida, Giulia se esforzó por mantener viva en Italia la esperanza de una reforma de la iglesia según las Escrituras. Para otros cristianos como ella, el juicio y la ejecución de Carnesecchi, altamente publicitados, parecieron poner fin a todo aquello. El mensaje era claro: el Concilio de Trento era inapelable y la iglesia de roma no iba a decir que los hombres son justificados por la fe en Cristo solamente. En un país ahora vacío en su mayor parte de voces disidentes, la Inquisición se centró entonces en errores mundanos, mientras, en el extranjero, muchos Reformadores italianos siguieron haciendo contribuciones masivas a la teología y a la iglesia protestantes.
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Simonetta Carr nació en Reggio Emilia, Italia. Madre de ocho hijos, tradujo las obras de varios autores cristianos al italiano. Es la autora de la serie “Christian Biographies for Young Readers” [Biografías cristianas para jóvenes lectores”] Reformation Heritage Books). Es miembro de la Christ United Reformed Church en Santee, CA., una iglesia implicada en una planta de la URC en Milán, Italia.
Publicado en Reflexiones con permiso de Banner of Sovereign Grace Truth. Traducción de IBRNJ, todos los derechos reservados © 2014.