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Un llamado a la santidad | Extracto de un sermón sobre 2Co 6.14; 7.1

d_scott_meadowsD. Scott Meadows

No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso. […] Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios (2Co 6.14; 7.1).

Estas palabras se escribieron y se enviaron originalmente a la iglesia en Corinto, pero la idea era que se copiara la carta y se la hiciera circular por las demás iglesias de Cristo y se convirtiera en parte del canon sagrado y del Nuevo Testamento para instruir a todo el pueblo de Dios, en todo lugar y en toda época. Y es que el problema corintio es uno perenne. Con el fin de presionar un poco más nuestra conciencia, quiero insistir en que el problema corintio es nuestro problema. ¿Y cuál es este problema? En resumen, se trata de la integración de la iglesia en el mundo y del compromiso moral y espiritual del cristiano individual con los pensamientos y la forma de actuar de los enemigos de Dios. Tiene que ver con tomar partido por el Adán caído en un millar de detalles y ponerse en contra del Cristo resucitado; a favor del espíritu del siglo y en contra de la verdad y de la justicia eternas; y de parte del malvado diablo y en contra del Señor de gloria.

Es natural que quisiéramos encajar con la multitud y que nos aceptaran nuestros iguales. A cualquier inconformista, en general, se le odia y se le considera extraño, pero, en especial, cuando él o ella destacan de los demás por sus creencias bíblicas y sus convicciones cristianas. Esta realidad, en un mundo caído, presenta una gran tentación a la iglesia y a sus miembros en esta era. Nos resulta más fácil enfatizar los ámbitos en los que estamos de acuerdo con quienes no son cristianos y suavizar la voz, o incluso guardar silencio sobre nuestras diferencias. De este modo podemos acallar nuestra propia conciencia y persuadirnos de que tenemos fe, aunque no sea más que una fe muy tranquila y privada, mientras seguimos disfrutando de la camaradería y de la buena voluntad de quienes aborrecen a Cristo y a su evangelio, la Biblia y la Iglesia. Después de todo, pensamos para nuestros adentros cómo los vamos a convertir si no logramos primero que nos amen. ¿Y cómo podremos gustarles si los condenamos abiertamente? Esta es nuestra forma de razonar en todo este asunto.

Y, lo que empieza siendo una estrategia bien intencionada de evangelización se convierte en una trampa para nuestra propia alma. Esto se debe a que todavía queda en nosotros demasiado de la irreverencia, de la incredulidad, de la obstinación y del orgullo de este mundo corrupto, aunque seamos verdaderos y buenos cristianos. De este modo, el disimulo conduce a la conformidad, la conformidad al consentimiento, el consentimiento a la transigencia y la transigencia a la capitulación. En lugar de ir a todo el mundo y predicar el evangelio a toda criatura, el mundo invade la iglesia, intimida a muchos de los que, de otro modo, serían francos; finalmente, y hasta cierto punto, esta forma de proceder hace que se desvanezcan una predicación fiel y una santa forma de vivir. Este es un problema desenfrenado en todo el evangelicalismo de hoy.

Sin embargo, el mensaje y el modo de vivir bíblicos no deberían presentarse en una gama de tonos grises. Con nuestras palabras y con nuestros hechos deberíamos pintar con atrevidos colores y en fuertes contrastes, porque esta es la realidad plena y esférica. La difuminada frontera espiritual y moral entre la iglesia y el mundo siempre necesita volverse más nítida y clara. La gloria de Dios así lo requiere, y también la misión de la Iglesia. Nunca complacemos tanto a Dios como cuando somos más como Él. Del mismo modo, nunca somos más amorosos y útiles para nuestro prójimo que cuando somos claramente santos según el criterio bíblico. Y la incómoda verdad es que, cuanto más parecidos somos a Dios, más distintos seremos del mundo. Santiago reprendió a sus lectores, aparentemente cristianos, de la forma siguiente: «¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios» (Stg. 4:4).Nuestra tibieza mundana enferma a Cristo y debilita nuestra fuerza para servir a otros por el propio bien de los demás.

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