James W. Alexander
James W. Alexander murió de disentería cuando tenía cincuenta y cinco años. Para conmemorar su fiel servicio como pastor, su congregación insertó una placa de mármol en la pared, junto al púlpito en la que se podía leer:
“En memoria de James Waddel Alexander, doctor en teología. Durante trece años fue el amado y venerado pastor de esta iglesia. Sus dones singulares y naturales, madurados por una generosa cultura, fueron entregados con éxito a su sagrada obra. Su ferviente piedad, su vida pura, sus tiernos afectos, su gran benevolencia y su incansable labor se ganaron la simpatía de su gente que lloran su muerte como la de un querido hermano y un amado amigo. Nació el 13 de marzo de 1804 y murió el 31 de julio de 1859”.
Estas palabras no eran adulación sino la exacta descripción de un hombre que, desde muy temprano en su vida, había puesto sus talentos y su energía al servicio de Cristo. Como su padre Archibald Alexander, que fue el primer director del Seminario Teológico de Princeton, James W. Alexander fue también un experto erudito que abrazó la fe de la reforma. En un servicio funeral después de su muerte, Charles Hodge predicó sobre Hechos 9:20. Entre otras muchas cosas dijo: “Predicó a Cristo; sin embargo, el Dr. Alexander no solo fue distinguido en el departamento de literatura. Fue un teólogo erudito. Pocos hombres han estado tan versados en los escritos de los Padres de la Iglesia y más familiarizado con la doctrina cristiana en todas sus fases. Abrazó la fe de las Iglesias Reformadas en su integridad y con un poder de convicción que solo podía producirse por la conformidad de ese sistema con su experiencia religiosa”.
Después de su muerte se publicó una colección de ochocientas cartas escritas a un íntimo amigo que fueron el resultado de cuarenta años de correspondencia. Esta colección recibió el título de Forty Years’ Familiar Letters of James W. Alexander, D.D. (Cuarenta años de cartas familiares de James W. Alexander, D.T) que junto con las notas constituyen unas Memorias de su vida, editadas por John Hall, D.T., el corresponsal que sobrevivió. La primera de esas cartas fue escrita cuando tenía quince años y la última cuando estaba a punto de morir. Son la crónica de la vida de un hombre muy educado, inteligente, cautivador y con muy buen sentido del humor. Le escribe a su amigo con toda sinceridad sobre su vida como estudiante en la Universidad de New Jersey (que más tarde sería la Universidad de Princeton), donde ingresó en 1817 y en la que se graduó en 1820.
Entre abril de 1820 y el 23 de agosto de 1822, esta correspondencia se suspendió. Fue la única vez que ocurrió y, curiosamente, fue durante ese tiempo cuando el joven James W. Alexander empezó a pensar seriamente acerca de su propia alma. En un apunte privado recoge lo siguiente: “el tres de septiembre de 1820, caminando por el campo, casi sin atreverme a orar pidiendo fe o arrepentimiento, estas palabras resonaron en mi mente de repente: “esperando el movimiento de las aguas”. En un momento me vi como un hombre impotente y pensé que Cristo me había estado diciendo cientos de veces al oído: “¿quieres ser completo?”. Ahora, sin embargo, me parecía que se dirigía a mí en particular. Desde ese momento sentí que podía confiar toda mi esperanza y mi vida al Señor.
Otro apunte del trece de abril de 1821 es también muy interesante: “Cuando miro hacia delante, a la vida futura, se me aparece una terrible oscuridad. ¿Para qué estoy cualificado? En conciencia no puedo acogerme a ninguna profesión que no sea ‘el Evangelio de Cristo’; pero por desgracia, ¿dónde están mis cualificaciones? Jamás podré ser un orador”. Aun así, a pesar de su desazón y su inquietud juvenil, Charles Hodge dijo en cuanto a su capacidad como predicador: “El púlpito era su esfera adecuada. En él, todos sus dones y virtudes, todos sus conocimientos y experiencia encontraban su pleno alcance”. Además de su labor como pastor, durante un tiempo fue profesor de retórica y literatura en la Universidad de New Jersey (1833-1844) y más tarde profesor de historia eclesiástica y gobierno de la iglesia en el Seminario de Princeton (1849-1851).
Este hombre que buscó ganar muchas almas para Cristo, preparó a sus amigos con lo que él pensó que sería una debilitación de su fe frente a la muerte. Sin embargo, en su lecho de muerte, Dios le fortaleció hasta el punto de ser capaz de decir: “Si el telón tuviera que caer ahora, y fuese conducido en este momento a la presencia de mi Hacedor, ¿cuáles serían mis sentimientos? Serían estos: primero, me postraría con una sensación indecible de no ser nada y de toda mi culpabilidad; pero, en segundo lugar, consideraría a mi Redentor con una seguridad que no se puede expresar con palabras de fe y amor. Un pasaje de las Escrituras que explica mi sentimiento actual es este: “YO SÉ EN QUIEN HE CREÍDO, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día”.