Reverencia en la adoración
Basaremos esta reflexión en el capítulo 12 del libro de los Hebreos, versículos 28 y 29.
El Apóstol escribe: «Por lo cual, puesto que recibimos un reino que es inconmovible, demostremos gratitud, mediante la cual ofrezcamos a Dios un servicio aceptable con temor y reverencia, porque nuestro Dios es fuego consumidor».
Aquí, el texto está diciendo que nuestra adoración debe ir marcada por la reverencia, o temor piadoso, y por el sobrecogimiento. Vivimos en una época en la que la adoración cristiana no suele conllevar estas características. En realidad, podríamos decir que la corriente discurre precisamente en la dirección opuesta. Este es un tiempo en el que la gente habla de guerras de adoración y, en esas supuestas luchas (y con este término quiero decir que existe un gran debate e incluso amplias discusiones sobre la forma en la que deberíamos adorar a Dios), parecería que incluso en medio de tanta argumentación se está llegando a perder de vista este punto tan crucial.
Además, aparte de decirnos que deberíamos adorar a Dios con reverencia y sobrecogimiento, o temor piadoso, otra de las cosas que este texto declara es que existe una conexión entre lo que creemos acerca de Dios y la forma que tenemos de adorar.
En otras palabras podemos decir que aquello que creemos nos informará —o al menos debería hacerlo— sobre la forma que tenemos de adorar y debería gobernar nuestro modo de adorar a Dios. Por así decirlo, debería determinar nuestra forma de adoración. Nos dice que debemos hacerlo con reverencia y temor piadoso, porque nuestro Dios es fuego consumidor.
Si nosotros entendemos correctamente lo que Dios es, esto nos ayudará a saber cómo deberíamos adorarle. Pero no es tan sencillo. Algunos pastores han comentado que en el seno de sus congregaciones hay personas que aman las cosas que ellos enseñan acerca de Dios, pero que no ven la conexión que hay entre esto y la necesidad de adorar a Dios de una forma concreta, con reverencia y sobrecogimiento. Suelen decir: «Me gusta lo que usted está diciendo sobre Dios, pero me siguen agradando los elementos más populares de la adoración». De modo que, desde mi punto de vista, si queremos que la gente adore a Dios correctamente y si nosotros mismos queremos conocer cuál es ese modo adecuado, no debemos limitarnos a instruir sobre los atributos de Dios, sino que es necesario que enseñemos lo que las Escrituras dicen sobre la forma en la que debemos adorarle.
El objetivo de esta reflexión no se limita a recodar al lector quién es el Dios al que servimos, sino a exhortarle declarando que Él es fuego consumidor y, por tanto, es preciso recordar que es santo, todopoderoso, soberano, justo y formidable. Por consiguiente, se le debe adorar con reverencia y sobrecogimiento. Que Dios nos ayude a hacerlo así.
Me gustaría tratar el tema de la reverencia en la adoración y lo voy a hacer mediante la presentación de tres corrientes o problemas actuales. Quisiera instarles a que eviten tres cosas concretas que supongo que la mayoría de ustedes ya procuran eludir por una buena razón. De todos modos, me gustaría animarles a pensar en ellas y a que sigan adelante en su fidelidad.
Empezaremos, pues, con tres problemas presentes en nuestros días. Comenzaré tratando aquellos problemas que hablan de las cosas que se deben evitar y lo hago así por la apremiante necesidad que tenemos hoy día de detectar y eludir los errores. Así que, al pensar en este tema de la reverencia en la adoración, el primer problema actual es el siguiente: en nuestro tiempo y en este siglo, la iglesia que profesa ser de Cristo hace un gran hincapié en el gozo de la adoración y en tener una experiencia edificante durante la misma. El gozo es, ciertamente, una característica importante y deseable en la adoración a Dios y, de hecho, se podría decir lo mismo de tener una experiencia edificante en ella. Queremos que nuestra gente sea edificada, y esto significa que se desarrolle, porque existe un sentido en el cual esto es una idea escrituraria. Sin embargo, a veces se hace un hincapié exagerado en estas cosas.
Mi propósito es aclarar que sentir gozo y tener una experiencia edificante no es la esencia de la adoración. No conforman lo que se podría definir como características sine qua non de la adoración, es decir, algo sin lo que es imposible que exista una adoración verdadera. Esta es la forma en la que se presentan estas cosas, la manera en la que se habla de ellas en nuestros días. En realidad, cuando pensamos en la adoración hoy día, y entramos en conversaciones sobre el tema con otras personas, existe casi una presuposición de que si va a haber una adoración verdadera, esta tiene que caracterizarse de forma especial por el gozo. No creo que sea esto lo que las Escrituras enseñan.
Una de las razones por las que digo esto es la siguiente: la palabra griega que se usa principalmente en la Biblia para referirse a la adoración es proskuneo y, la mayoría de las veces, traducimos esta palabra sencillamente por adoración. Pero existe otra forma de traducirla legítimamente, es muy literal, y esta es: caer. También podría traducirse por inclinarse mucho o caer a los pies de alguien, y es la interpretación literal de esta palabra cuando se utiliza en el caso de la adoración.
Si escuchamos a algunas personas discutir sobre el tema de la adoración en nuestros días, no pensaríamos que éste fuese el caso. Uno tendería a pensar que la palabra del Nuevo Testamento para adoración significaría más bien cantar, pasar un buen tiempo, o sentirse emocionalmente conmovido, pero eso no es el significado de la palabra. Lo que significa realmente es caer, inclinarse mucho.
Así que, esta es una de las razones por las que cuando pensamos en la esencia de la adoración no debemos limitarnos a pensar en sentirnos contentos o en tener una experiencia edificante.
Otra de las razones por las que digo esto es por algunas de las imágenes bíblicas de la adoración en el Cielo. Sin embargo, debemos puntualizar que la adoración que se lleva a cabo en el Cielo es pura y sin pecado. Podríamos decir que esa es la adoración ideal y si tuviéramos que citar algunos de los pasajes en los que vemos esas imágenes, sabríamos de inmediato a cuáles recurrir. Veamos, por ejemplo, Isaías 6:1-4. Se trata del conocido relato de la visión que tuvo Isaías. Comienza haciendo una referencia al momento exacto en el tiempo: «En el año de la muerte del rey Uzías —y ahora nos cuenta su visión—, vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el templo. Por encima de Él había serafines —seres angelicales—; cada uno tenía seis alas —sigue diciendo—: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, Santo, Santo, es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de su gloria. Y se estremecieron los cimientos de los umbrales a la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo».
Al tratarse de seres perfectamente santos, estar en la presencia de Dios es para ellos una experiencia indudablemente edificante. Sin lugar a duda, encontrarse ante el Dios santo es para ellos algo digno de gozo. Son seres santos, así que aman aquello que Dios ama. Aman a Dios mismo. Se deleitan por estar en su presencia, pero vemos que en lo que ellos se centran realmente es en la santidad de Dios. Aunque ellos mismos son seres sin pecado, ese Dios es alguien que está muy por encima de ellos. Es el Creador; ellos no son más que meras criaturas y existe un sentido en el que, aun no teniendo pecado (ellos no tienen el problema que nosotros tenemos cuando venimos a la presencia de Dios y que es el mayor de los problemas), siguen siendo criaturas y, por tanto, Dios es totalmente distinto a ellos y tan superior que la respuesta de ellos es cubrirse el rostro a causa de la gloria de Dios, y taparse los pies como indicando en cierto modo algún tipo de vergüenza por encontrarse ante la presencia del Dios vivo. Este es, pues, mi punto de vista sobre esta imagen bíblica de la adoración. Este hincapié está completamente en armonía con lo que tenemos al final del capítulo doce de Hebreos: adorar con reverencia, temor y sobrecogimiento. No es el énfasis que se da en nuestros días en lo que concierne lo que debería de ser la adoración.
Otra imagen es la que nos da el libro de Apocalipsis en su capítulo 4 y versículos 8 al 11. Aquí vemos otra imagen de la adoración en el Cielo. Es una de las escenas que el apóstol Juan pudo contemplar cuando Dios le permitió ver algunas de las cosas que ocurrían en el Cielo. Comenzando por el versículo ocho, leemos: «Y los cuatro seres vivientes, cada uno de ellos con seis alas, estaban llenos de ojos alrededor y por dentro, y día y noche no cesaban de decir: Santo, Santo, Santo, es el Señor Dios, el Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir». Una vez más se centran en la santidad, en el poder y en la omnipotencia del Señor Dios todopoderoso y, luego, en su eternidad, su inmensidad, su grandeza, su infinidad: «El que era, y es, y ha de venir». Y a continuación dice: «Y cada vez que los seres vivientes dan gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria y el honor y el poder, porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas».
De nuevo, lo que vemos es lo siguiente: la noción, la imagen de obediencia y lo que podríamos llamar reverencia, humildad, veneración y sobrecogimiento. ¿Qué hacen los veinticuatro ancianos mientras están delante del trono? Según se nos dice, se postran ante Él y le adoran. Esto no significa en modo alguno que los momentos de adoración en el Cielo no pudieran caracterizarse por levantar el rostro, alzar las manos, cantar con gozo y dar gracias a Dios. Sin duda todas estas cosas representan la adoración en el Cielo, pero el tema es sencillamente éste: cuando se nos dan breves imágenes de la adoración a Dios en el Cielo, lo que se enfatiza por parte de los ángeles o por los veinticuatro ancianos redimidos que se inclinan y adoran a Dios es exactamente eso: que se inclinan y adoran con reverencia y sobrecogimiento. Lo que yo quiero recalcar es, sencillamente, esto: en el centro de lo que es la verdadera adoración de Dios se encuentra este tema de la reverencia y el sobrecogimiento.
Lo tercero que me gustaría decir, en cuanto al peligro de enfatizar en exceso el gozo y el tener una experiencia edificante es lo siguiente: el hincapié que se hace hoy día en el gozo de la adoración suele existir a expensas de la reverencia. Y cuando digo «a expensas de la reverencia» estoy escogiendo mis palabras a propósito. Esto ocurre con frecuencia, diría que demasiado a menudo.
No estoy diciendo que todo aquel que hable de gozo en la adoración esté haciendo necesariamente un énfasis incorrecto. Deberíamos sentirnos gozosos en la casa de Dios, pero el problema es que en muchos lugares, el resultado de un énfasis extralimitado llega a ser un ambiente de fiesta en la casa de Dios.
Mi esposa fue educada en un trasfondo bautista fundamentalista. Recuerdo que hace muchos años —y me estoy refiriendo a hace unos treinta años—cuando ella no conocía la doctrina reformada en absoluto, que fuimos por primera vez a una iglesia bautista reformada al oeste de Michigan. A ella no le gustó, le desagradó la atmósfera de reverencia y no quería volver a aquella iglesia. En aquel tiempo todavía no era mi esposa. La historia de cómo acabó siendo mi esposa después de aquel fatídico día es interesante. El caso es que se aguantó y, después de varios meses de adorar en aquella iglesia que en un principio le había parecido demasiado aburrida, convencional y silenciosa, cuando visitó de nuevo la iglesia fundamentalista me comentó: «Dave, no me gustó». Le pregunté el por qué y me contestó: «Era demasiado frívolo. No era serio. Era como si las personas no se dieran cuenta de que estaban en la presencia de Dios».
Lo que os cuento pasó hace treinta años. He vuelto allí con ella y también hemos visitado otras iglesias. En ellas hemos podido ver a personas que entran con su café en la mano, hablando en voz alta con personas que se encuentran al otro extremo del auditorio, saludando a unos y a otros, y todo esto en los dos minutos que se tarda en cantar el primer himno. Ese es el tipo de ambiente que se suele dar, de alguna manera, incluso en la mayoría de las iglesias conservadoras. Muchos piensan que, si sientes reverencia no puedes tener gozo, pero es necesario recordarles y enseñarles que la reverencia no es lo contrario del gozo. ¿Qué es lo opuesto al gozo? Desde luego no es la reverencia; es la congoja y la Palabra de Dios no nos enseña que debamos adorar a Dios con tristeza, aunque incluso esto pueda ser una emoción legítima en la adoración de Dios. Pero lo que quiero resaltar aquí es que la reverencia no es lo opuesto al gozo. Por eso, cuando la gente establece la distinción de que debemos sentir gozo o reverencia, esto no es correcto. No se trata de lo uno o lo otro. Esto no es lo que enseña la Palabra de Dios y nosotros debemos decir y enseñar a nuestra gente que la adoración sin gozo es algo que tiene que ser remediado. Me explico: espero que no se sientan ustedes satisfechos si ven a un hombre de pie, con su himnario a medio levantar y, como mucho, murmurando uno de los hermosos himnos que cantamos sobre la gloria y la gracia de Dios, y sobre Jesucristo. Esto no es una adoración aceptable. Esta es la adoración que caracteriza a los no creyentes, a aquellas personas que no tienen nada por lo que regocijarse, nada por lo que gloriarse, y la forma de remediarlo no es sustituirla por otro tipo de adoración que caracteriza también a los no creyentes y que es la adoración irreverente.
La Biblia hace mucho hincapié en ello y lo deja muy claro. La adoración debe estar marcada por el gozo. Podríamos buscar en la concordancia palabras como gozo, júbilo, gritar, música y todas esas cosas, pero me gustaría considerar unos breves ejemplos de los Salmos. El Salmo 66:1-2 dice así: «Aclamad con júbilo a Dios, toda la tierra; cantad la gloria de su nombre; haced gloriosa su alabanza». Y el Salmo 81:1 dice: «Cantad con gozo a Dios, fortaleza nuestra; aclamad con júbilo al Dios de Jacob». En el Salmo 95:1-2 leemos: «Venid, cantemos con gozo al Señor, aclamemos con júbilo a la roca de nuestra salvación. Vengamos ante su presencia con acción de gracias; aclamémosle con salmos». Y luego, el Salmo 100:1-2 declara: «Aclamad con júbilo al Señor, toda la tierra. Servid al Señor con alegría; venid ante él con cánticos de júbilo».
Un colega pastor conocido aquí en los Estados Unidos, exponía en su libro titulado Feelings and Faith [Sentimientos y fe] que nuestra adoración debería caracterizarse por el gozo. Hablaba de las emociones en la adoración y decía que cuando pensamos en nuestra forma de cantar, la emoción primordial que deberíamos tener en cuenta y que ciertamente entra en nuestra perspectiva es el gozo. En una ocasión en que yo dirigía una clase, alguien formuló una pregunta. Dijo que él cuestionaba aquello y yo creo que fue porque sintió aquel mismo punto que yo estoy desarrollando aquí. Su pregunta fue: «¿Existe el peligro de enfatizar en exceso el gozo? ¿Sería exagerado decir que ésta debe ser la emoción principal asociada al hecho de cantar?». Yo respondí: «No. Yo estoy de acuerdo con esa afirmación» y aproveché parte del tiempo de la clase siguiente para leer toda una lista de salmos en los que se establece una relación entre gozo y cantar. Se considera que cantar es un grito de júbilo.
Yo expliqué aquel punto, pero lo que quiero exponer aquí no es que debamos ignorar por completo el gozo. Mi punto es este: no podemos referirnos al gozo del mismo modo que a la reverencia y decir que es la esencia de la adoración. No lo es.
La reverencia se encuentra en el corazón mismo de lo que es la adoración. Lo vemos en unos cuantos pasajes como Jueces 20:23. Se trata de un incidente que ocurre con la violación y el asesinato de la concubina de un levita y, a continuación, vemos a Israel preparando líneas de combate contra los hijos de Benjamín. Se relata el primer día de batalla en el que los israelitas fueron derrotados por los benjamitas, etc. Pero vemos que, justo en medio de esto, después del primer día de batalla, leemos lo siguiente: «Y subieron los hijos de Israel y lloraron delante del Señor hasta la noche, y consultaron al Señor, diciendo. ¿Nos acercaremos otra vez para combatir contra los hijos de mi hermano Benjamín? Y el Señor dijo: Subid contra él».
Ahora bien, después de ese primer día de batalla en el que murieron 22 000 hombres, no habría sido adecuado venir delante del Señor con alegría, agradecimiento y gritos de júbilo. Ellos vinieron delante del Señor. Lloraron y oraron derramando su corazón ante Él y se nos dice que cuando lo hicieron, subieron y lloraron delante de Él hasta la noche.
Mi punto es sencillamente este: nadie contemplaría esta situación diciendo que no se trataba de un acto de adoración fundamentalmente porque no había gozo. Sin embargo, sí podríamos decir que si su actividad delante de Dios no hubiese estado marcada por la reverencia, no habría sido un acto adecuado de adoración. ¿Queda esto bien claro? No pretendo hablar negativamente acerca del gozo en la adoración, sino sencillamente que la esencia de ésta no es el gozo como muchas personas parecen creer en nuestros días. La esencia de la adoración es la reverencia delante de Dios. Otro ejemplo que expone este mismo concepto se encuentra en Joel 2:12-17. Se trata de uno de esos puntos que, si tan sólo tuviésemos nuestras Biblias y tuviéramos que debatir sobre este punto, probablemente sería innecesario. Por así decirlo es algo elemental, pero en nuestros días es algo en lo que se debe hacer hincapié. Asimismo, yo diría incluso esto: aunque sepamos estas cosas, la presión que tenemos de continuo sobre nosotros hace que sea necesario que recordemos estas cosas y nos afirmemos sobre ellas.
Joel 2:12: «Aun ahora —declara el Señor— volved a mí de todo corazón». Veamos en qué contexto se dice esto. Está hablando de la plaga de langostas, el juicio de Dios que ella representa. «Volved a mí de todo corazón, con ayuno, llanto y lamento. Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos; volved ahora al Señor vuestro Dios, porque Él es compasivo y clemente, lento para la ira, abundante en misericordia, y se arrepiente de infligir el mal. ¿Quién sabe si volverá y se apiadará, y dejará tras sí bendición, es decir, ofrenda de cereal y libación para el Señor vuestro Dios? Tocad trompeta en Sion, promulgad ayuno, convocad asamblea, reunid al pueblo, santificad la asamblea, congregad a los ancianos, reunid a los pequeños y a los niños de pecho. Salga el novio de su aposento y la novia de su alcoba. Entre el pórtico y el altar, lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan: perdona, oh Señor, a tu pueblo, y no entregues tu heredad al oprobio, a la burla entre las naciones. ¿Por qué han de decir entre los pueblos: “¿Dónde está su Dios”?».
Por supuesto, la cuestión es la siguiente: Dios dice que esto va a ser una asamblea sagrada a la que Él mismo está llamando, pero dice que estará marcada por el llanto y el lamento. Su pueblo debe rendir su corazón, caer delante de Él, clamando y pidiendo misericordia. Ésta es la adoración que Dios ordenó. Vemos que el gozo no sólo no es la nota dominante de la misma, sino que es una nota que está completamente ausente.
De nuevo me gustaría señalar que si expongo este punto es para decir que la ausencia de gozo no significa que no sea adoración. Por el contrario, si no estuviera marcada por la reverencia, entonces sí sería una adoración que no honra a Dios.
Otro de los textos se encuentra en el Nuevo Testamento y es Santiago 4:7-10. Se trata de circunstancias inusuales, pero me sirven para exponer sencillamente que la reverencia es la esencia de la adoración. Quiero dedicar algo de tiempo a esta situación porque no se está en el Antiguo Testamento, sino en el Nuevo.
Hay mucha gente hoy día que se empeñan en decirnos que las cosas son distintas en el Nuevo Testamento, pero en este texto leemos lo siguiente: «Por tanto, someteos a Dios. Resistid, pues, al diablo y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros. Limpiad vuestras manos, pecadores; y vosotros de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, lamentad y llorad; que vuestra risa se torne en llanto y vuestro gozo en tristeza. Humillaos en la presencia del Señor y Él os exaltará».
Evidentemente, había gente que tenía la misma forma incorrecta de pensar que existe en nuestros días. Cualesquiera que sean nuestras circunstancias, sin importar que seamos grandes pecadores, cuando vamos a la casa de Dios queremos simplemente reír y regocijarnos. Santiago dice que a causa de nuestras circunstancias, a causa de nuestros pecados que claman pidiendo arrepentimiento, quiere que detengamos nuestra risa y que empecemos a lamentarnos. Quiere que nuestro ánimo principal no sea de gozo sino de aflicción. Dice que es necesario que lamentemos, nos aflijamos y lloremos y que esa será la adoración adecuada y correcta a Dios.
¿Queda claro este punto? Puede existir una adoración verdadera que honre a Dios aunque no esté marcada por el gozo. Sin embargo, no puede haber una adoración verdadera que honre a Dios si no está marcada de forma particular por la reverencia. Nuestro gozo, y con esto me refiero al gozo en la adoración, siempre debe ir gobernado por la reverencia y la dignidad.
Este artículo es parte de un sermón predicado en la Conferencia Pastoral 2011 en North Bergen, New Jersey. Haga clic para leer el sermón completo.
Traducción de www.ibrnb.com, Derechos Reservados
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