La protección divina
Eugenio Piñero
“El Señor te protegerá de todo mal; Él guardará tu alma” (Salmo 121:7).
Esta protección divina implica que cada creyente necesita ayuda y protección en su vida cristiana y en su peregrinación hacia el destino glorioso y bendito que Dios le ha prometido en los cielos nuevos y en la tierra nueva 2 Pedro 3:13, “Pero, según su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia”.
La promesa de protección de todo mal no significa que el creyente no tendrá ningún problema, ni que padecerá contratiempos, dificultades, adversidades, aflicciones, enfermedades, accidentes o pruebas. Lo que esta promesa significa es que el mal no podrá ejercer su poder contra nosotros de tal manera que pueda impedir que se cumpla el propósito de Dios en nuestras vidas y pueda también separarnos de Su amor, presencia y cuidado. Por esta razón, el salmista declara, “Aunque pase por el valle de sombra y de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estarás conmigo” (Salmo 23:4).
En Romanos 8:38-39, Pablo dice, “Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.
Tal vez tú dirás, “Es fácil para Pablo decir tal cosa”. No. No, no lo fue. Cada peligro que él menciona en esos versículos, él mismo los padeció. 2 Corintios 11:23-29: “¿Son servidores de Cristo? (Hablo como si hubiera perdido el juicio.) Yo más. En muchos más trabajos, en muchas más cárceles, en azotes un sinnúmero de veces, a menudo en peligros de muerte. Cinco veces he recibido de los judíos treinta y nueve azotes. Tres veces he sido golpeado con varas, una vez fui apedreado, tres veces naufragué, y he pasado una noche y un día en lo profundo. Con frecuencia en viajes, en peligros de ríos, peligros de salteadores, peligros de mis compatriotas, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajos y fatigas, en muchas noches de desvelo, en hambre y sed, a menudo sin comida, en frío y desnudez. Además de tales cosas externas, está sobre mí la presión cotidiana de la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién es débil sin que yo sea débil? ¿A quién se le hace pecar sin que yo no me preocupe intensamente?”
Esto incluye la misma muerte que Pablo padeció por causa del Evangelio (2 Timoteo 4:6). Tal vez tú pienses que Pablo pudo sobrellevar estas aflicciones por los privilegios especiales que él gozaba como Apóstol. No, los mismos privilegios que le permitieron a él sufrir y sobrellevar las pruebas son los mismos privilegios que Dios da a cada creyente en Cristo. Su Palabra, Sus promesas, Su presencia, Su Espíritu y con él sus frutos (Gálatas 5:22-23) y acceso al trono de Su gracia (Hebreos 4:14-16), fueron los medios que le capacitaron para combatir y vencer el mal; le llevaron a perseverar en medio de todas sus aflicciones. La capacitación que Pablo recibió mediante estos dones le fortalecen. Con razón dijo, “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).
E.H. Peterson (citado por J.M. Boice) tiene mucha razón al decir, “La vida cristiana no es una escapada tranquila a un jardín en el que podemos caminar y hablar con el Señor sin interrupción; ni es un viaje de fantasía a una ciudad celestial donde podemos comparar las cintas de azul y las medallas de oro que hemos ganado con otros que pudieron llegar a este círculo de ganadores.
La vida cristiana es asirnos de Dios, al asirnos de Él, los cristianos viajan por el mismo camino que cualquier otra persona pasa. Respira el mismo aire; bebe la misma agua; compra en las mismas tiendas; lee las mismas noticias; son ciudadanos bajo el mismo gobierno; pagan los mismos precios por los alimentos y por la gasolina; teme los mismos peligros y está sujeto a las mismas presiones y aflicciones; se le entierra en la misma tierra.
La diferencia es que cada paso que los cristianos dan cada vez que respiran; ellos saben que son preservados por Dios, saben que tienen Su compañía; saben que Él es el que los gobierna. Y, por lo tanto, no importa cuáles sean las dudas que los asaltan o los accidentes que padecen, el Señor los preservará del mal y guardará su vida.”
Añade J.M. Boice, “El cristiano maduro no ignora la dificultad ni el temor que produce, porque él sigue a Jesucristo que dijo, ‘En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo’” (Juan 16:33). O creyente, aférrate a Cristo, Su Palabra y Sus promesas por medio de la oración. Confía en Él y esto te dará la profunda convicción, tranquilidad y confianza que el Señor te protegerá de todo mal y Él guardará tu alma.
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