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La visita de María a Elisabet

Warren Peel

Algunas partes de la historia de Navidad pasan fácilmente desapercibidas, ¿no es verdad? Y la visita de María a Elisabet (Lc 1:39-45), intercalada como está entre la anunciación a María por parte de Gabriel y su extraordinario cántico de alabanza, el Magnificat, es una de ellas. Sin embargo, cuando Lucas inicia su obra en dos volúmenes designada para aumentar la seguridad de Teófilo respecto a las cosas que se le han enseñado (1:4), este es uno de los acontecimientos que en opinión del evangelista merece nuestra atención. ¿Por qué? ¿Qué es tan significante de esta visita?

Desde el principio, ¿por qué realiza María esta visita? El recorrido entre Nazaret y la casa de Elisabet es de unos ciento sesenta kilómetros (100 millas); María no está dándose una vueltecita por la manzana para ir a casa de un pariente. Lucas nos indica que fue “apresuradamente” (1:39). ¿Por qué tanta prisa? Permíteme sugerir dos razones.

  1. Confirmación

Sin duda uno de los motivos es fortalecer la fe de María. Ella ya cree, a diferencia de Zacarías que no creyó la noticia de Gabriel sobre su bebé milagro (1:20), y pidió una señal (1:18). María no dudó del asombroso mensaje que el ángel le comunicó; no solicitó señal alguna que confirmara la palabra de Dios. No obstante, en su bondad y su gracia, el Señor se la da de todos modos: Y he aquí, tu parienta Elisabet en su vejez también ha concebido un hijo; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril (1:36).

María creyó, pero de seguro tras la partida del ángel debió de haber empezado a preguntarse si no habría soñado todo lo sucedido. ¿O tal vez no entendió bien el significado del mensaje? Dado que Dios le había proporcionado una señal para ayudarla a creer, no ir a comprobarla sería el colmo de la ingratitud y la arrogancia.

¡Qué estímulo debió de ser para la fe de María este primer encuentro con Elisabet! Esta mujer, estéril y “de edad avanzada” (1:7), no solo estaba allí de pie, poco antes del alumbramiento, como el ángel había dicho, sino que sabía todo sobre el secreto de María: ¡María no solo está encinta como ella, sino que su bebé será el Señor! ¿Cómo podía saber esto Elisabet de no ser que Dios se lo hubiera revelado?

Es evidente que la intención de Lucas es fortalecer la fe de Teófilo, y también la nuestra cuando leemos estas palabras hoy.

  1. Consuelo

No cabe duda de que la principal razón para el viaje y la prisa es, sin embargo, conseguir la ayuda y el apoyo que Dios ha provisto para ella en Elisabet. ¡Intente ponerse en el sitio de María e imagine la carga que esta joven está llevando sobre sus hombros! Esta muchacha de doce o trece años, de la ciudad de Ningunaparte, va a concebir milagrosamente y dará a luz al Mesías. ¡Es la “mujer” de Génesis 3:15! ¡Es la virgen de Isaías 7! ¡Se le apareció un ángel del cielo y se lo dijo! ¡Qué sola debió de sentirse María! La cabeza le estallaría de preguntas y su imaginación estaría desenfrenada. ¿Con quién podía hablar? ¿Con sus padres? ¿Con José? Nadie la creería ni lo entendería. José hizo planes para divorciarse de ella cuando se enteró; no creyó la historia (Mt 1:19). ¿Cómo podía ella digerirlo todo y empezar a aceptar la enormidad de todo ello?

Con seguridad, María se sentía abrumada por el privilegio y la responsabilidad de su tarea, vulnerable, aislada y aprensiva respecto al futuro. Centenares de emociones debieron recorrer su corazón. Y, justo en ese momento, el Señor en su bondad le echa esta cuerda de salvamento: alguien con quien hablar; tampoco una extraña al azar, sino su prima. Una creyente más mayor, más sabia y piadosa. Alguien que estaba experimentando algo muy similar que ella. En su bondad, el Señor le da tres meses a María para que los pase junto a Elisabet, para preparar su regreso a Nazaret y enfrentarse a todo lo que estaba por venir.

¿Puede usted imaginar el peso que se le debió de quitar de encima a María cuando oyó el saludo de Elisabet? El profundo suspiro de alivio y las lágrimas de gozo y agradecimiento. No tuvo que intentar explicarlo todo: Elisabet ya lo sabía. No tuvo que convencerla: ya creía. Cada palabra que esta mujer pronunció, llena del Espíritu, debió de haberle proporcionado un consuelo indescriptible a María.

¡Pero cuán típico es esto de nuestro Padre celestial! ¡Cuán bueno, compasivo, misericordioso y clemente es! Se acuerda de que somos polvo y nos da la ayuda y el respaldo que más necesitamos en el momento más preciso. ¿Acaso no fue por eso que envió a su Hijo para nacer de María?

Cortesía de Gentle Reformation. Usado con permiso.

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