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No hay hombre que pueda domar la lengua

Thomas Boston

El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua del mal y sus labios no hablen engaño (1 Peter 3:10).

No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano, porque el Señor no tendrá por inocente al que tome su nombre en vano (Éxodo 20:7).

A principios del siglo pasado, el propietario de las famosas cerámicas de Wedgewood no solo era un hombre con gran habilidad en su arte sino que, a su vez, era también un sincero creyente en el Señor Jesucristo.

En una ocasión el propio Sr. Wedgewood, junto a un joven aprendiz, enseñó sus famosas piezas a un lord del país. El lord, aunque de alta alcurnia según los estándares del país, era un hombre que vivía una vida impía y no tenía inhibición alguna ni en su forma de hablar, ni en su manera de comportarse. Pronto halló la oportunidad de blasfemar y ridiculizar las cosas de Cristo. El jovencito, que se había criado en un hogar piadoso y nunca había conocido más que reverencia por el Nombre de Jesús, se quedó asombrado por las palabras del lord. Sin embargo, la sorpresa dio rápidamente paso a un divertido interés y enseguida se vio el chico burlándose y riéndose junto con el hombre de noble cuna.

El Sr. Wedgewood no hizo ningún comentario hasta que se llegó a la elaboración final de un jarrón Wedgewood de muy fina calidad. Comenzó a explicar todo el trabajo que llevaba la pieza. Contó que la arcilla se había tratado cuidadosamente y luego había sido moldeada por manos hábiles y especializadas hasta darle la forma que ellos veían en ese momento. Explicó cómo se le había dado vidriado para luego ejecutar el fino trabajo de pintura. El noble estaba entusiasmado con lo que veía y extendió su mano para tomar el jarrón de manos del propietario. Tan pronto como sus dedos rozaron la pieza, el Sr. Wedgewood lo arrojó contra el suelo y lo hizo mil pedazos. El visitante estaba furioso.

—iEsto ha sido un descuido imperdonable! —le dijo al dueño de la fábrica. ¡Quería llevarme esa pieza a casa para que formara parte de mi colección! ¡Ya nada la puede restaurar!

—Con ese jovencito que se acaba de marchar ocurre lo mismo —dijo el Sr. Wedgewood. ¿Acaso no sabe usted que sus padres, sus amigos y todo tipo de buenas influencias han estado obrando en su vida para convertirle en una vasija adecuada para que su Maestro la use? Usted, sin embargo, con solo tocarlo ha deshecho la labor de muchos
años.

El resto de los pecadores sirve al diablo por un salario, pero los que maldicen y dicen palabrotas son voluntarios que no consiguen nada a cambio de sus sufrimientos.

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