¿Cuándo fue la última vez que usted lloró?
Austin Walker
En este post adicional escrito por mi padre, Austin Walker, amplía un artículo anterior al que añade algunas reflexiones sobre la respuesta de la iglesia a la actual crisis.
En mi primer artículo describí algunas de las razones bíblicas por las que, en mi opinión, nos estamos enfrentando a la crisis de estos momentos. Sugiero que la iglesia verdadera de Cristo debería tomar la iniciativa en buscar el rostro de Dios, confesar nuestros pecados y los de nuestra nación, y suplicarle por amor a su extraordinaria misericordia. Al actuar así, la iglesia estaría siguiendo los nobles ejemplos de hombres como Daniel, Esdras y Nehemías. Este segundo artículo está diseñado para ser una continuación. Me gustaría desarrollar la respuesta de la iglesia considerando, además y en particular, los ejemplos del Señor Jesucristo y el apóstol Pablo.
Si ha seguido usted los detalles de la crisis en Internet, a lo largo de los meses pasados, habría leído relatos trágicos y desgarradores de quienes han muerto como resultado del COVID-19. En ocasiones, maridos y esposas han fallecido con un intervalo de unos cuantos días. Miembros de la misma familia han muerto en circunstancias similares. De vez en cuando, personas más jóvenes y hasta niños han sido cortados de la faz de la tierra, aunque muchos han escapado al virus. En algunas residencias de toda nuestra nación, muchos ancianos han perdido la vida. En los primeros días de la crisis tuvimos noticias de enfermeras y médicos reducidos a lágrimas, porque sus pacientes habían muerto sin familiar alguno presente junto a su cama. La enfermedad no ha discriminado. Sabemos de cristianos que han muerto y también de otros, quienes se adhieren a distintas religiones o a ninguna. En el Reino Unido, se tiene constancia de que 35.000 han fallecido como consecuencia del Covid-19. Familias, parientes y amigos de los muertos han derramado numerosas lágrimas de dolor. Semejante padecimiento se ha visto aumentado por las restricciones sobre el número de personas que asisten a los funerales.
Por supuesto, son muchas las personas que mueren a diario de una amplia gama de enfermedades, como resultado de accidentes, o por alguna otra razón. Estas estadísticas «corrientes» no suelen llamar la atención pública como ha ocurrido con los fallecimientos asociados al COVID-19. Son días fuera de lo normal. Aunque es cierto que son muchos más los que han sobrevivido a esta dolencia que los que han perdido la vida, no podemos escaparnos de la aflicción y el dolor que acompaña a la muerte de nuestros seres queridos. No hay forma de eludir que se trata de una enfermedad real, que a menudo provoca un perjuicio a largo plazo, aunque no sea fatal, que acarrea intenso dolor a su paso.
Muchas personas consideran la muerte como un proceso inevitable y natural. La Biblia lo ve de un modo distinto. El libro de Job se refiere a ella como el «rey de los espantos» (Job 18:14). Algunos incrédulos afirman que no les asusta morir. Esto suena valiente, pero en realidad es una necedad que surge de la incredulidad. La muerte no es un proceso natural. Es un invasor inoportuno, un mal que provoca dolor, pesar y tristeza a todas las personas. Entró en el mundo en el que vivimos como resultado del pecado de un hombre, Adán: «Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron» (Ro 5:12). Además, leemos que «la paga del pecado es la muerte» (Ro 6:23). La muerte nos pone cara a cara con nuestro Juez: «Está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio» (He 9:27). Confrontados por la muerte somos impotentes y estamos expuestos al juicio de Dios.
La muerte no solo es el resultado inevitable del pecado, sino principalmente el castigo divino por él. Más allá de la muerte existe el juicio divino de condenación e infierno a menos que hayamos sido purificados y perdonados por nuestras transgresiones. El Señor Jesús advirtió en más de una ocasión con ser «arrojados a las tinieblas de afuera», donde habrá una aflicción tan intensa «que allí será el llanto y el crujir de dientes» (Mt 8:12; 13:42; 22:13; 24:51; 25:30). El infierno es real, el lugar del «castigo eterno» (Mt 25:36), totalmente desprovisto de cualquier bendición de Dios de las que todo ser humano disfruta en esta vida.
La Biblia tiene la respuesta al dilema causado por la muerte y la realidad de la condenación divina. Existe una forma de escapar al juicio y a la ira de un Dios justo. El evangelio de Jesucristo, quien murió y resucitó de entre los muertos, es nuestra sola esperanza, como aclara 1 Corintios 15. Él murió por nuestros pecados y —habiendo resucitado de los muertos— es las primicias de los que murieron creyendo en Él. «Porque ya que la muerte entró por un hombre, también por un hombre vino la resurrección de los muertos» (1 Co 15:21). «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él». «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros (porque escrito está: Maldito todo el que cuelga de un madero)» (Gá 3:13).
Nuestra actual preocupación radica en nuestra reacción a las muertes causadas por esta pandemia, que se identificó en el artículo anterior como juicio temporal de Dios, el cual es justamente merecido por nuestra nación. Además, sirve de advertencia divina sobre el juicio final. Si entendemos correctamente nuestra Biblia, existe una tristeza mucho más profunda que morir del COVID-19 o de cualquier otra enfermedad. Las dolencias son una de las consecuencias que surge de la entrada del pecado en el mundo. Esta pandemia nos pone cara a cara con la muerte, que es el resultado del pecado y que acaba en condenación y castigo eterno, si permanecemos en la incredulidad.
La realidad de la muerte y de todo que hay involucrado en la muerte sumió a nuestro Señor Jesucristo en lágrimas. Juan 11:33-38 es la extraordinaria exposición de su corazón al enfrentarse a la muerte de su amigo Lázaro, y al dolor de las dos hermanas de este, María y Marta. En dos ocasiones leemos que Jesús se entristeció (versículo 33 y 38), se conmovió una vez (versículo 33) y lloró (versículo 35). Las lágrimas de Cristo no se derramaron por Lázaro, ya que estaba a punto de resucitarlo de entre los muertos. El espíritu del Señor Jesús estaba reaccionando a la realidad de la muerte con una mezcla de justo enojo y de intenso dolor. La muerte era el objeto de su enfado. Era, asimismo, muy consciente de quién estaba detrás de ella, es decir, del diablo, que tiene «el poder de la muerte» (He 2:14). Cristo no reaccionó con una preocupación fría o algo distante, sino más bien, como B. B. Warfield declaró una vez, «con ardiente ira» contra el enemigo. Sin embargo, al mismo tiempo, su reacción mostraba que había entrado en nuestro destino y que se identificaba con nuestros dolores y pesares más profundos, tomando sobre sí todas las miserias asociadas con el pecado. La devastadora prueba de un mundo caído provocó en su corazón enojo y compasión al mismo tiempo.
De manera similar, en el Evangelio de Lucas, leemos cómo reaccionó cuando se acercaba a Jerusalén antes de su muerte. «Cuando se acercó, al ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lc 19:41). Lloró por su ignorancia, su ceguera espiritual y su incredulidad. No sabían «lo que conduce a la paz» ni «conoc[ieron] el tiempo de [su] visitación» (Lc 19:42, 44). En una ocasión previa había clamado: «¡Oh Jerusalén, Jerusalén!», un grito cargado de patetismo y de compasión (Lc 13:34-35). Sabía lo que sucedería en el futuro cuando cayera el juicio divino sobre Jerusalén. Los ramos llegaron y destruyeron tanto el templo como la ciudad. Lloró de inmensa compasión a la luz de su incredulidad perversa y persistente así como por el inevitable y aplastante juicio que estaba por llegar.
Con toda seguridad, pues, nosotros que profesamos ser la verdadera iglesia de Jesucristo ¿deberíamos imitar a nuestro Salvador y llorar sobre la difícil situación actual de nuestra nación en su incredulidad y su aparente determinación por seguir ignorando la ley de Dios? Vivimos en el mismo mundo caído en el que Cristo entró. Es demasiado fácil reaccionar a lo que vemos continuamente delante de nuestros ojos, diciendo que es lo que nuestra nación merece. Podemos reaccionar con santa indignación y manifestar poco o ningún dolor, y no derramar lágrima alguna. El resultado será el endurecimiento de nuestros corazones y el crecimiento de la santurronería que florecerá en desagradable orgullo. Por otra parte, podemos descender al sentimentalismo y demostrar tan solo empatía. La verdad es que vivimos en tensión mientras estamos aquí. Por una parte, debe haber indignación justa, pero ha de ir acompañada por el dolor, por la compasión y por lágrimas como las de Cristo. Solo Él es el patrón para nuestra respuesta a esta crisis presente y, si ha de haber avivamiento en la iglesia, debería ser una de las cosas que deben caracterizar a la iglesia. ¿Acaso nos hemos vuelto tan embotados y hemos adoptado una apatía y una indiferencia tan impía que nuestros corazones ya no sienten compasión alguna ni nuestros ojos derraman lágrimas?
El apóstol Pablo siguió el ejemplo establecido por su Redentor. Habló de tener «gran tristeza y continuo dolor en [su] corazón», de tal manera que, si fuera posible, estaba dispuesto a ser él mismo considerado como una maldición por Dios y dedicado a la destrucción, si con ello pudiera salvar a sus hermanos judíos (Ro 9:2-3, 10:1). Semejante espíritu era la prueba de un amor profundo, ferviente, como el de Cristo, una angustia del corazón que no solo era honda, sino continua. El lenguaje usado en Romanos 9:1 es impresionante: «Digo la verdad en Cristo, no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo». No solo exhibe la profunda extensión de sus sentimientos y su gran amor, sino que también nos señala qué motivaba y qué le obligaba a responder así a la incredulidad de los judíos. Habría sido razonable afirmar que Pablo sabía lo que era llorar lágrimas como las de Cristo por sus hermanos judíos. Seguía el patrón del amor de Cristo, quien fue hecho maldición por nosotros (Gá 3:13).
¿Cómo deberíamos responder, pues, a la crisis presente? Con justa indignación mezclada de compasión y lágrimas. El lenguaje de Pablo en Romanos 9:1-3 es el de un cristiano. Si endurecemos nuestros corazones y aplastamos nuestra respuesta, cultivaremos un espíritu al que no le preocupa los que perecen. Este tipo de espíritu debería hacer que nos preguntáramos si de verdad somos cristianos. Tampoco deberíamos desesperarnos en incredulidad, concluyendo que nuestro Dios no mostrará misericordia o —lo que es aún peor— que no deberíamos mostrar misericordia. Es muy parecido al caso de Jonás.
Daniel, Esdras, Nehemías, Pablo y Cristo nos muestran la forma de responder a lo que vemos en nuestra nación. Cuando orientamos nuestro rostro hacia el Señor Dios para presentar nuestras peticiones en oración y súplicas, no es con un espíritu tibio como suplicamos sus grandes misericordias, sino con un corazón ferviente y lleno, que le ruega que escuche, que perdone, que preste oído y que actúe. Es difícil implorar a Dios de ese modo, sin que nuestros ojos derramen lágrimas.
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Tomado de The Wanderer blog de Jeremy Walker. Usado con permiso.