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Los medios de gracia

Albert N. Martin

No hay sustitutos efectivos para los medios de gracia designados para el progreso en la vida cristiana.

Estos medios de gracia se dividen en dos categorías: (1) personales y privados; (2) públicos y sociales.

(1) Personales y privados. Sabemos cuáles son los medios privados y personales de gracia. Jesús oró: “Santifícalos en tu verdad: tu palabra es verdad” (Jn. 17:17); “¿Cómo puede el joven guardar puro su camino? Guardando tu palabra”; “En mi corazón he atesorado tu palabra, para no pecar contra ti” (Sal. 119:9,11). ¡La oración oculta! La oración, ese privilegio misterioso e imponente y, sin embargo, ¡a veces, delicioso! Aquí está una causa importante de espiritualidad débil: “No tenéis, porque no pedís” (Stg. 4:2).

Por qué están algunos paralizados aún por ciertos pecados dominantes? No tienes porque no pides. No traes esos pecados en oración a la sangre de Cristo y a la Cruz de Cristo, y al poder fulminante del Espíritu de Cristo. Si fueras más ferviente, verías cómo esos pecados dominantes pierden su poder.

No hay sustitutos efectivos para los medios de gracia designados para progresar en la vida cristiana. Aférrate a los medios privados: oración, meditación de la Palabra de Dios, auto examen cuando sea necesario, quizá tiempos de ayuno, decir “no” a apetitos físicos legítimos en medio de una crisis cuando necesitas entregarte a la sin-cera búsqueda del rostro de Dios, el guardar la conciencia lavada por la sangre. Haz del propósito de Pablo tu propio propósito: “Por esto, yo también me esfuerzo por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres” (Hch. 24:16).

(2) Los medios corporativos de gracia: “Y se dedicaban continuamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan, y a la oración” (Hch. 2:42). ¡Comunión, oración, compartir la vida juntos! Si hay un lugar en el mundo donde debes ser capaz de sentirte seguro dejando que la gente entre en tu corazón, es entre el pueblo de Dios.

La comunión no consiste en sentarse simplemente en los mismos asientos, debajo el mismo tejado, en el mismo día. La comunión es una vida compartida. “¿Quién conoce los pensamientos de un hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?” (1 Co. 2:11). ¿Cómo puedo llevar tus cargas si no las sacas donde las pueda ver, para poner mi hombro debajo? La Escritura dice: “Llevad los unos las cargas de los otros” (Gá. 6:2). “Llorad con los que lloran” (Ro. 12:15). Cómo puedes cumplir eso si tienes esa noción carnal y tonta de “poner a mal tiempo buena cara”? ¿Dónde dice la Palabra de Dios: “Pon buena cara”? ¡En ninguna parte! Muchos cristianos son náufragos emocionales porque no están en una comunidad donde, cuando es apropiado llorar, pueden llorar, y tienen a sus hermanos llorando con ellos! Sospecho que algunos de mis consejos pastorales más efectivos han salido no de mi boca, sino de mis lagrimales cuando simplemente me he sentado con una hermana o hermano llorosos, y llorado y sollozado con ellos. Era lo único que podía hacer. Su dolor era demasiado profundo como para ser alcanzado con palabras. ¡Eso es la comunión!

Que Dios nos ayude a orar y trabajar para ver iglesias formadas donde la gente no correrá tras los carismáticos, ¡porque al menos parece como si tuvieran una religión que “sienten”! Pienso que correría allí, si mi teología me lo permitiera, si tuviera que asistir a algunas de las llamadas “iglesias reformadas” en que he estado. El frío se le mete a uno en los huesos como el viento del norte. No te atreves a llorar, pues temerías que la estructura entera se desmoronaría por una lágrima derramada dentro de sus paredes. No pretendo caricaturizar lo que he experimentado, pero es verdad. Los medios públicos de gracia que Dios ha dado es la Iglesia: un cuerpo formado por el pueblo de Dios que cuida, ama, llora, se regocija, sirve, y evangeliza.

Estos medios públicos y privados son los medios designados por Dios. No hay sustitutos efectivos para ellos en cuanto a ministrar al crecimiento verdadero en la vida cristiana.

Tomado de Cómo vivir la vida cristiana, por Albert N. Martin. Disponible en Cristianismo Histórico.

Todos los derechos reservados.

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