No nos cansemos de hacer bien I
Andrés Gutiérrez
Gálatas 6:9: “Y no nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos”.
Hacer bien suele traer cansancio al creyente, porque, en este mundo caído, la tierra da espinos y cardos en vez de buenos frutos. En el ámbito espiritual, la frustración de hacer el bien, y no ver pronto resultados positivos, suele ocasionar cansancio o desánimo, y muchas dudas surgen en la mente del creyente: muchos están tomando nuevos caminos y nosotros no ¿estaremos haciendo bien? Si predicamos la verdad, ¿por qué son pocos los que la siguen? ¿Realmente estará Dios con nosotros? ¿Estaremos trabajando en vano? ¿Y si probamos un poco de aquí y un poco de allá? Tal vez el evangelio predicado a la antigua funcionaba en otros tiempos… ¿Y si probamos algo que sea más acorde a nuestra cultura?
Muchas dudas asaltan la mente del creyente, y la voz de la serpiente siempre ronda nuestros oídos buscando a alguien que le dé atención para sembrar la semilla de la desviación de la verdad.
Sin embargo, hay aquí una palabra de exhortación acompañada por una promesa para la iglesia de Cristo; para que en medio de pruebas, ataques y desviaciones doctrinales perseveremos haciendo el bien, confiando en que a Su tiempo, Dios concederá recoger el fruto de la perseverancia fiel.
La exhortación
Detengámonos un momento para considerar el significado de la palabra que se traduce “cansarse” y la palabra “bien”. La palabra original ekkakeó comunica el agotamiento del espíritu a causa de un padecimiento, afrenta, gran dificultad o cualquier situación que presenta obstáculos. Estas dificultades o aparentes faltas de respuestas pueden desalentar nuestros débiles corazones.
Otros versículos en los que esta palabra está presente se refiere al desánimo que viene al piadoso cuando enfrenta ciertas circunstancias que son difíciles, sin cambios o respuestas rápidas. Por ejemplo, Lucas 18:1 dice: “Y les refería Jesús una parábola para enseñarles que ellos debían orar en todo tiempo, y no desfallecer”. La demora en la respuesta en la oración puede desalentar a un creyente y llevarle a dejar de orar. Sin embargo, el Señor cuenta aquella parábola de la viuda y el juez injusto para animar a los creyentes a continuar orando, porque si un juez injusto fue movido por la insistencia de aquella viuda, mucho más nuestro Padre celestial tendrá bondad con aquellos que claman a Él día y noche.
El segundo versículo que quiero mencionar es 2 Corintios 4:16: “Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día”. Allí, el apóstol Pablo declara que en medio de todas las aflicciones que pasaba, como siervo de Dios, por causa del Evangelio, no desmayaba, no decaía su ánimo de seguir trabajando en la obra del Señor, porque ponía su mirada en las cosas celestiales y eternas. Su esperanza se hallaba en la promesa de estar presente en la presencia del Señor.
En estos dos versículos encontramos la misma palabra que usa Pablo en la exhortación a los Gálatas a perseverar haciendo el bien. Dice que no nos cansemos de hacer el bien.
Luego de considerar lo que significa cansarse, nos preguntamos:
¿Qué es el bien del que habla el apóstol Pablo aquí?
El bien, es definido a la luz de las Escrituras cómo todo aquello que es de acuerdo al carácter Santo de Dios y a Su voluntad perfecta revelados en Su Palabra. Entendido de esta manera, al hablar del bien en este texto, el apóstol no se refiere a la bondad general de la cual todo hombre es capaz de manifestar en alguna medida, sino a la conformidad del alma con Dios.
Mateo 7:15-23: “Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos; pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado al fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?». Y entonces les declararé: «Jamás os conocí; APARTAOS DE MÍ, LOS QUE PRACTICÁIS LA INIQUIDAD»”.
Los versículos 17, 18 y 19 usan la misma palabra utilizada por el apóstol Pablo en el texto de nuestro estudio hoy. Allí, el Señor declara que los falsos profetas son conocidos por sus malos frutos, porque así cómo un buen árbol da buenos frutos, así también un verdadero profeta dará buenos frutos. Y, en ese contexto, ¿a que se refiere con malos frutos? Los falsos profetas no han entrado por la puerta estrecha, ni van caminando en el sendero angosto. Por otra parte, tampoco son de aquellos que hacen la voluntad de Dios. Por eso, el Señor dice que en el día del juicio muchos reclamarán un lugar junto al Señor por sus obras, pero Él les dirá: apartaos de mí hacedores de maldad.
La perseverancia ordenada por Pablo aquí se enfoca en todo aquello que se puede resumir con las palabras de Mateo 7:21: “el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.
El bien del que Pablo habla aquí, no es lo que el mundo define cómo bueno; no es determinado por la opinión de la mayoría, ni está sujeto a la conveniencia o el agrado de los hombres, sino que es establecido por Dios mismo. Es todo aquello que se conforma al carácter santo y la voluntad perfecta de Dios revelados en Su Palabra.
Donde se halla la dificultad, puede llegar a desalentar al creyente, porque el bien definido bíblicamente no es popular. No es agradable a la carne, al mundo, al diablo, ni aun a los cristianos que quieren vivir agradando a los hombres. Ciertamente, esto puede causar desaliento porque amamos el bien y deseamos que los hombres honren a Dios y hallen gran valor en la justicia y la verdad. Sin embargo, lo que vemos es incredulidad, burla al evangelio, desprecio por la verdad, deshonra a la iglesia y los siervos fieles de Dios, y aun muchas pérdidas de relaciones familiares y de amigos que se alejan de nosotros. todo esto, puede desalentar mucho al creyente y llevarle a considerar la posibilidad de abandonar la fidelidad a Dios.
La promesa
“A su tiempo segaremos, si no desmayamos”
Cómo hemos visto, una de las causas más comunes para el desánimo en la perseverancia del creyente es que muchas veces parece cómo si vivir piadosamente no produjera ningún buen fruto. Esto lleva al apóstol Pablo a remarcar que es “a su debido tiempo”. Dios ha establecido un tiempo para cada cosa, y en eso se incluye el bdía de las recompensas:
Romanos 2:6: “el cual PAGARÁ A CADA UNO CONFORME A SUS OBRAS: a los que por la perseverancia en hacer el bien buscan gloria, honor e inmortalidad: vida eterna; pero a los que son ambiciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia: ira e indignación. Habrá tribulación y angustia para toda alma humana que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego; pero gloria y honor y paz para todo el que hace lo bueno, al judío primeramente, y también al griego.”
No quiere decir que solo en el día del juicio el creyente ve el fruto de su labor, porque muchas veces hemos sido bendecidos por Dios como fruto de la perseverancia en la oración, la fidelidad a Su Palabra, la confianza en sus promesas, y el buscar la sabiduría que viene de lo alto.
Sin embargo, hay un día determinado por Dios para traer a juicio todas las obras de los hombres y recompensar a cada uno según lo que haya hecho, sea bueno o sea malo (2 Corintios 5:10).
La promesa es que “Dios no es injusto cómo para olvidarse de vuestra obra y del amor que habéis mostrado hacía su nombre habiendo servido aun a los santos” (Hebreos 6:10).
¿Te sientes desalentado y a punto de caer como le pasó a Asaf en el Salmo 73?
¿Piensas que es en vano mantenerte santo para Dios?
¿Te desanima que al impío le vaya bien mientras tú estás pasando aflicciones?
Si es así, entra en el santuario de Dios, es decir, acude a Cristo y medita en Su Palabra. Vuelve a la comunión con Dios y deja que tu mente sea gobernada por la verdad. Medita en el fin de todos aquellos que se rebelan contra Dios y considera cuán miserable es el fin de tales personas.
Por otra parte, piensa en las grandes promesas que Dios ha dado para aquellos que le aman. Arrepientete de tu pecado de incredulidad, de tener envidia de la vida del incrédulo y de atesorar en tu corazón lo que el impío atesora; y clama a Dios hasta que Cristo venga a ser para ti tu tesoro preciado, la perla de gran precio. Llena tu mente de la Palabra de Dios y asegúrate de confiar en Él, aunque todo parezca adverso.
Amigo, tus obras también serán llevadas a juicio, y por causa de tu corazón no arrepentido, tu pago será condenación eterna en el infierno. Dios no se olvida de tus palabras, pensamientos y acciones. Tal vez tú los has olvidado, pero Dios no se ha olvidado de ninguno de ellos. Esto significa que serás declarado culpable de pecado contra Dios, y ninguna de las cosas que hagas en tus fuerzas pueden limpiarte de tu culpa. Solo la muerte de Cristo en la cruz es suficiente para pagar por tus pecados. Necesitas que Dios ponga a tu cuenta la justicia de Cristo, y que su muerte cuente a tu favor, y ¿cómo se consigue esto? Por medio de la fe en Cristo; abandonando toda confianza en tus méritos o tus buenas obras y recibiendo por la fe el perdón que Dios ofrece gratuitamente en Cristo.
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