La necesidad urgente de considerar la eternidad
Andrés Gutiérrez
“Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4:18).
El tema que se destaca al considerar este texto Bíblico es uno de los más solemnes y escudriñadores de toda la Biblia: la eternidad.
El tema en cuestión no debe examinarse jamás sin la ayuda de la Biblia: en el momento que nos apartemos de la Palabra de Dios escrita” al considerar la eternidad y el estado futuro del hombre, es muy probable que caigamos en el error. Cuando examinamos asuntos como estos, nada queremos saber de ideas preconcebidas en cuanto al carácter de Dios, ni de lo que nosotros pensamos que Él debiera ser o hacer con el hombre después de la muerte. Sin embargo, solo nos hace bien conocer qué dice Dios en su palabra al respecto.
Roguemos al Señor que podamos acercarnos con temor y reverencia al tratar este tema que supera nuestra capacidad limitada y temporal. Consideremos los siguientes pensamientos al respecto:
- Vivimos en un mundo donde todas las cosas son temporales y pasajeras.
Todo a nuestro alrededor está decayendo, muriendo y acabando. Ciertamente la materia es indestructible en cierto sentido -una vez creada no perecerá para siempre-; pero en un sentido práctico y corriente, no hay nada nuestro que no muera aparte de nuestras almas.
Todos estamos siempre pasando: ya seamos de elevada posición o de humilde condición, de alta cuna o de ascendencia sencilla, ricos o pobres, viejos o jóvenes. Todos estamos pasando constantemente, y pronto habremos pasado del todo (Job 14:1-2; Salmo 39:5; Salmo 90:5-7; Santiago 1:10; Santiago 4:14; 1 Pedro 1:24).
La belleza es sólo temporal (Job 4:21; Proverbios 31:30). En un tiempo Sara había sido una mujer hermosa; sin embargo, llegó el día cuando Abraham, su marido, tuvo que decir: “Dadme propiedad… y sepultaré mi muerta delante de mí” (Génesis 23:4).
La fuerza del cuerpo es solo temporal. David había sido un hombre fuerte y valiente, matador del león y del oso, y también un guerrero prominente; sin embargo, llegó el día cuando hasta él hubo de ser cuidado y ministrado en su vejez (1 Reyes 1: 1-2).
Por humillantes y dolorosas que estas verdades puedan parecer, nos conviene comprenderlas y tomarlas en serio. Las casas en que vivimos, las riquezas que acumulamos, las profesiones que ejercemos, los planes que hacemos, las relaciones que formamos, duran solo cierto tiempo: “las cosas que se ven son temporales”; “La apariencia de este mundo es pasajera” (1 Corintios 7:31).
Este pensamiento debería despertar la conciencia de todo el que esté viviendo únicamente para el mundo presente. Querido amigo, preste atención a lo que hace. Considere todas las cosas bajo su verdadera luz, antes de que sea demasiado tarde. Las cosas para las que usted vive ahora son temporales y pasajeras. Los placeres, las diversiones, los pasatiempos, las ganancias, las vocaciones terrenales, que ahora absorben por completo su mente y cautivan su corazón, pronto se habrán terminado. Son cosas efímeras. Aprecielas en su justa medida, y no se aferre a ellas con mucha fuerza; no las convierta en sus dioses. Busque primeramente el Reino de Dios, y todo lo demás le será añadido: “Pon la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:2).
A usted, que ama el mundo, le digo: ¡sea sabio a tiempo! Nunca, jamás olvide lo que está escrito: “el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:17).
Y ese mismo pensamiento debería alegrar y reconfortar a todo cristiano verdadero: sus pruebas y sus luchas son todas temporales; pronto tendrán un final. Y aun ahora producen “un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Corintios 4:17). Llevelas con paciencia, soportandolas con calma, mire hacia arriba, más allá, hacia adelante, por encima de lo físico y lo terrenal. Pelee la batalla diaria con la convicción constante de que es solo por un poco de tiempo, y que el reposo eterno ya está cerca.
- Todos nos dirigimos hacia un mundo en donde todo es eterno.
Este magnífico estado invisible de existencia, que se halla más allá de la tumba, durará para siempre: tanto si es un estado feliz o desdichado, si se trata de una situación gozosa o triste, en cierto aspecto, será completamente distinto de este mundo: será perpetuo. De cualquier modo, en el mismo no habrá cambio, tampoco final, ni adiós, ni alteración, ni aniquilación. Una vez que se haya tocado la trompeta final y los muertos resuciten, aquello que no tendrá fin, durará para siempre: “las cosas… que no se ven son eternas”.
Establezcamos en nuestras mentes, a la luz de la Biblia, dos consideraciones generales de estas cosas que son eternas:
Que la gloria futura de aquellos que son salvos será eterna. Aunque nuestras palabras se quedan cortas para expresar esto, la Biblia declara que tal felicidad no tendrá fin: jamás acabará, ni envejecerá, ni decaerá, ni morirá. A la diestra de Dios hay delicias “para siempre” (Salmo 16:11). Una vez que lleguen al paraíso, los santos de Dios no saldrán jamás de allí; la suya es “una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible (que no se marchita)” (1 Pedro 1:4), y recibirán una “corona incorruptible de gloria” (1 Pedro 1:5). Su guerra habrá concluido, su lucha estará finalizada, su obra se habrá efectuado. Ya no tendrán más hambre ni sed. El creyente aún viaja hacia un “eterno peso de gloria”, hacia un hogar que jamás se dispersará, hacia una reunión sin despedida, hacia un encuentro familiar sin separación, hacia un día sin noche. La fe será absorbida por la vista, y la esperanza por la certidumbre. Entonces conocerán cómo fueron conocidos, y estarán “siempre con el Señor” (1 Tesalonicenses 4:17); no es extraño entonces que el apóstol Pablo añadiera: “Alentaos unos a otros con estas palabras” (V.18).
Que la desdicha futura de aquellos que se pierden sin Cristo será eterna. Esta es una verdad horrorosa, lo sé, y la carne y la sangre rehuyen naturalmente su contemplación. Sin embargo, esto ha sido declarado en la Escritura y no podemos guardar silencio al respecto. La felicidad eterna y la desdicha eterna futuras van de la mano. Si el gozo del creyente es para siempre, la miseria del incrédulo también lo es; si el Cielo es eterno, igualmente lo es el infierno.
Aunque algunas personas hablan con fuerza acerca del amor y la caridad, dicen que dicho lenguaje no armoniza con el carácter misericordioso y compasivo de Dios.
¿Pero qué dicen las Escrituras? ¿Quién habló alguna vez palabras tan amorosas y misericordiosas como nuestro Señor Jesucristo? Sin embargo, son también sus labios los que, por tres veces, describen las consecuencias de la impenitencia y el pecado como “el gusano que no muere y el fuego que nunca se apaga” (Marcos 9:43-48). Él también dice en una frase que los malos irán “al castigo eterno” y los justos “a la vida eterna” (Mateo 25:46).
¿Y quién no recuerda las palabras del apóstol Pablo acerca de la caridad? Sin embargo, es ese mismo apóstol quien enseña que los malos “sufrirán pena de eterna perdición” (2 Tesalonicenses 1:9).
¿O quién no reconoce el espíritu de amor que recorre el Evangelio y las epístolas de Juan? No obstante, el apóstol amado es el autor neotestamentario que se extiende más intensamente, en el libro de Apocalipsis, sobre la realidad y eternidad de la desdicha futura.
Desde la entrada del pecado en el mundo, cuando el diablo, con su osada falsedad, profirió “No moriréis” (Génesis 3:4), el hombre sigue siendo engañado con la misma estrategia, persuadiendo a las gentes de que pueden vivir y morir en pecado y, aun así, ser finalmente salvos en algún día lejano. ¡No ignoremos sus maquinaciones! Andemos con paso seguro en las sendas antiguas. Aferremonos a la antigua verdad y creamos que, así como la felicidad de los salvados será eterna, también lo será la desdicha de los perdidos.
- Nuestro estado en el mundo invisible de la eternidad depende por entero de lo que seamos en la vida temporal.
La vida que vivimos sobre la tierra es corta en el mejor de los casos, y pronto pasa: “Acabamos nuestros años como un pensamiento” (Salmo 90:9); “¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Santiago 4:14). La vida que tenemos por delante cuando dejamos este mundo es interminable, un mar sin fin y un océano sin costas: “Para el Señor, un día es como mil años, y mil años como un día” (2 Pedro 3:8).
Pero a pesar de ser corta nuestra vida aquí, e interminable en el más allá, supone un solemne pensamiento el que la eternidad gire sobre el tiempo. Nuestra suerte después de la muerte dependerá -humanamente hablando- de lo que seamos mientras estemos vivos. Está escrito que Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad” (Romanos 2:6-8).
Jamás deberíamos olvidar que, mientras vivimos, todos estamos en un estado de prueba: sembramos constantemente -cada día y cada hora de nuestras vidas- semillas las cuales brotarán y llevarán fruto. Todos nuestros pensamientos, palabras y acciones poseen consecuencias eternas, lo cual tenemos muy poco en cuenta: “de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio” (Mateo 12:36). Nuestros pensamientos se enumeran todos, y nuestras acciones se pesan. No es de extrañar que el apóstol Pablo diga: “Porque el que siembre para su carne, de la carne segará corrupción; más el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gálatas 6:8). En resumen: lo que sembramos en la vida, lo segaremos después de la muerte y para toda la eternidad.
La Biblia enseña claramente que, como morimos -sea conversos o no, creyentes o incrédulos, piadosos o impíos-, así resucitaremos cuando suene la final trompeta. En la tumba no hay arrepentimiento; después de exhalar el último aliento, no podemos convertirnos. Ahora es el momento de creer en Cristo, y de echar mano de la vida eterna; ahora es el momento de convertirnos de las tinieblas a la luz, y de hacer firme nuestra vocación y elección. La noche viene cuando ningún hombre puede trabajar. Si abandonamos este mundo siendo impenitentes e incrédulos, así nos levantaremos en la mañana de la resurrección, y descubriremos que “bueno fuera no haber nacido”.
Recuerde esto, cuando los pecadores le inciten al pecado diciendo: “es algo pequeño”. Cuando Satanás le susurre en el corazón: “No importa, ¿Qué tiene de malo? Todo el mundo lo hace”. Mire entonces más allá del tiempo presente, hacia la eternidad, y enfrente la tentación con la recompensa puesta en su mente. Y recuerde que, ningún pecado es tan pequeño para no ser castigado, ni ninguna mortificación del yo tan grande, que no haya valido la pena padecerla.
- El Señor Jesucristo es el gran Amigo de quien todos debemos buscar ayuda, tanto para la vida temporal como para la eternidad.
Es imposible anunciar demasiado el propósito con que el Hijo eterno de Dios vino al mundo. Lo hizo para darnos esperanza y paz mientras viviéramos entre “las cosas temporales que se ven”, y la gloria y bienaventuranza cuando entremos en “las cosas eternas que no se ven”. Vino a sacar “a la luz la vida y la inmortalidad” (2 Timoteo 1:10), y para “librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:15). Vio la situación de pérdida y bancarrota en que nos encontrábamos, y tuvo compasión de nosotros. Y ahora -¡bendito sea su nombre!- el hombre mortal puede pasar por “las cosas temporales” reconfortado, y esperar “las cosas eternas” sin temor.
Nuestro Señor Jesucristo ha comprado para nosotros esos grandes privilegios pagándolos con su preciosa sangre. Se convirtió en nuestro Sustituto, y llevó nuestro pecado en su propio cuerpo sobre la cruz, resucitando luego para nuestra justificación (1 Pedro 2:24). “Padeció… por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). El que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros, para que las pobres criaturas que somos pudieran obtener el perdón y la justificación mientras viven, y la gloria y la bienaventuranza cuando les llega la muerte” (2 Corintios 5:21).
Y todo lo que nuestro Señor Jesucristo ha comprado para nosotros, lo ofrece gratuitamente a cada uno que esté dispuesto a abandonar sus pecados, acudir a Él y creer: “Yo Soy la luz del mundo -nos dice-; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12); “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28); “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37); “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Y sus términos son tan sencillos como gratuito su ofrecimiento: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31); “Para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Establezcamos con firmeza en nuestras mentes que la única forma de pasar reconfortados por las “cosas que se ven”, y esperar las “cosas que no se ven” sin temor, es teniendo a Cristo como nuestro Salvador y Amigo: echar mano de Él por la fe; llegar a ser uno con Cristo; que Él esté en nosotros; y que mientras vivamos en la carne lo hagamos por la fe en el Hijo de Dios (Gálatas 2:20).
Conclusiones
- ¿Cómo emplea su tiempo? La vida es corta y muy incierta: nunca se sabe lo que el día puede traer. Los negocios y el placer, el ganar dinero y gastarlo, el comer y el beber, el casarse y el darse en casamiento, todas y cada una de estas cosas pronto habrán pasado y terminado para siempre. ¿Y qué está haciendo por su alma inmortal? ¿está malgastando el tiempo o empleandolo bien? ¿Se está preparando para encontrarse con Dios?
- ¿Dónde pasará la eternidad? Esta llega rápidamente, y pronto nos veremos sumergidos en ella. ¿Pero dónde la pasará? ¿Estará a la derecha o a la izquierda en el día del Juicio? ¿Entre los que se pierden o los que se salvan? No descanse hasta que la salvación de su alma esté asegurada. Que todo se encuentre bien atado: no deje nada a la incertidumbre. Horrenda cosa es morir sin preparación y caer en las manos del Dios vivo.
- ¿Quiere estar seguro durante la vida temporal y la eternidad? Entonces busque a Cristo y crea en Él. Vaya a Él tal como es; busquelo mientras puede ser hallado, llámele en tanto que está cercano (Isaías 55:6). Aún hay un trono de gracia, no es demasiado tarde. Cristo está esperando para ser misericordioso, y le invita a ir a Él. Antes que la puerta se cierre, y comience el Juicio, ¡arrepiéntase, crea y sea salvo!
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