Harvey Martínez
David empieza el Salmo 103 con las palabras, Bendice, alma mía, al Señor; y bendiga todo mi ser Su santo nombre. A diferencia de muchos de los Salmos bíblicos, aquí el salmista no nos exhorta directamente a alabar al Señor, a bendecir al Señor, sino que lo hace de forma indirecta, al exhortar a su propia alma a alabar al Señor: Bendice, alma mía, al Señor….
David sabía que la adoración, antes que nada, es una actividad espiritual—una labor del alma. Él sabía que una adoración sin el corazón deshonra a Dios. Por eso Dios, hablando de su pueblo de antaño, dijo: Este pueblo de labios me honra; pero su corazón está lejos de mí. Dáme, hijo Mío, tu corazón es lo que Dios principalmente exige de nosotros cuando Le adoramos.
David sabía que la adoración que agrada a Dios tiene que involucrar todas nuestras facultades: bendiga todo mi ser Su santo nombre. Así como tenemos que amar a Dios con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas, y con toda nuestra alma, de igual manera tenemos que adorar a Dios, hermanos, con todo nuestro ser.
Si no somos cuidadosos, podemos adorar a Dios con el intelecto, sin involucrar (por ejemplo) nuestras emociones. Si lo hacemos, no estaremos adorando a Dios con todo nuestro ser; y, definitivamente, nuestra adoración vendrá a ser una adoración fría, y carente de devoción.
Por otra parte, nuestra adoración puede ser muy balanceada teológicamente; podemos tener un conocimiento profundo de lo que la Biblia enseña sobre las perfecciones de Dios. En este mismo salmo, por ejemplo, vemos que David mismo era consciente de la soberanía de Dios: El Señor ha establecido Su trono en los cielos; y Su reino domina sobre todo (Salmo 103:19). Él sabía que Dios es soberano; y nosotros también lo sabemos. Sin embargo, podemos cantar de Dios como soberano, y como un Dios bueno para con Su pueblo, y a la vez no adorarle con la reverencia y el gozo que estas realidades deberían producir en nosotros, por nuestras emociones no estar involucradas.
Por otro lado, podemos llegar a emocionarnos mientras cantamos himnos de alabanzas al Señor, aún sin entender bien algunas de las cosas que estamos cantando. Si nosotros no hacemos el esfuerzo por indagar qué significan las palabras, estaremos cantando en ignorancia. No sabremos qué Le estamos diciendo al Señor.
Puede que la persona se vea muy emocionada, y muy involucrada, y muy llena de devoción en su adoración a Dios; pero puede que carezca de entendimiento y conocimiento.
Puede que la melodía del himno nos haya afectado emocionalmente; o puede que lloremos por lo mucho que nos hacía falta cantar himnos como iglesia, y nos emocionemos en ese momento, y a la vez nuestras mentes no estar realmente reaccionando ante la grandeza del Dios que adoramos—y ante lo que el himno nos está diciendo sobre la grandeza de Dios, basado en las Escrituras.
Pero hay otra facultad humana que también debe estar involucrada en la adoración, y a la que a veces me temo que no le damos mucha importancia: la voluntad. Si debemos adorar a Dios con todo nuestro ser, nuestra voluntad también debe estar involucrada.
Hermanos, ¿de qué vale reunirnos de nuevo como iglesia a adorar a Dios, si no lo vamos a hacer de buena voluntad? Cuando adoramos a Dios, ¿realmente lo hacemos porque queremos adorarlo o simplemente porque es nuestra costumbre cantar himnos como parte de nuestro culto?
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