Morir, la suerte de todos los hombres
Jorge E. Castañeda D.
Son días en que inevitablemente se habla de la muerte, porque de hecho, son días en que se nos recuerda de manera insistente, la cantidad de decesos diarios. Pero la muerte no es una novedad para la existencia del hombre, vivir, de cierta manera, es el recorrido hacia nuestra tumba, es un paso más a nuestra reunión inevitable con la eternidad. Sin embargo, dos asuntos llaman nuestra atención en nuestros días. El primero, que hoy día la gente está más preocupada por la manera de morir (COVID 19), que del hecho mismo de ella. La gente está distraída más por el virus que por el hecho que un día morirá, por cualquier medio, pero será inevitable. Lo segundo, es que logramos apreciar, las miles de ideas extrañas que los hombres tienen de la muerte, lo cual hace parte de su “teología practica”.
Pero ¿Somos los creyentes conscientes de lo que es la muerte? Ya que hoy o mañana la experimentaremos, ¿Sabemos a qué nos enfrentamos? Esta es una breve explicación de lo que es la muerte en sentido general, luego lo que significa la muerte para quienes son hijos de Dios por la fe en Jesucristo, y finalmente, lo que lamentablemente es la muerte para el incrédulo.
Su proveniencia general
¿Por qué mueren los seres humanos en general? Si recordamos, el hombre fue creado un ser viviente, para el cual la muerte era solo una posibilidad. La muerte física no se presenta en la Escritura como el resultado natural de la condición original del hombre, sino como el resultado de su muerte espiritual. Lo que la Biblia enseña es que la muerte fue introducida en el mundo por causa del pecado, y como un castigo positivo por este. Rom.5:12: «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron», y uno de los textos clásicos, Rom.6:23 afirma: «Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro».
Como han afirmado algunos teólogos, la muerte no es explicada en la biblia como algo natural en la vida del hombre, sino como algo extraño y hostil a la naturaleza humana. En Sal.90:7 y 11, la muerte es señalada como una expresión de la ira divina: «Porque con tu furor somos consumidos, y con tu ira somos turbados […] ¿Quién conoce el poder de tu ira, y tu indignación según que debes ser temido?». En Rom.1:32 la muerte es señalada como un juicio: «quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte». En Rom.5:16 como una condenación judicial: «porque ciertamente el juicio [la muerte] vino a causa de un solo pecado para condenación». Y en Gal.3:13 como una maldición: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley». Por eso la muerte siempre llenará el corazón de todos los hombres con terror y temor, precisamente porque se siente que es algo antinatural y de la desaprobación divina. Y aunque en estricta justicia, Dios pudo haber impuesto la muerte sobre el hombre en el más pleno sentido de la palabra inmediatamente después de su trasgresión en el Edén, por su gracia común refrenó la operación del pecado y de la muerte, y mediante su grada especial en Cristo Jesús conquistó estas fuerzas hostiles.
Su aplicación distintiva, el caso de la muerte de los creyentes
Hemos de reconocer que la muerte cumple su obra plena sólo en las vidas de aquellos que rehúsan ser liberados de ella según el ofrecimiento de salvación que se nos hace en Cristo Jesús. Entendemos como obra plena la muerte espiritual, la muerte física y al final la muerte eterna. Sin embargo, al considerar la muerte física como un castigo y como la paga del pecado ¿Por qué mueren los creyentes si ellos ya están justificados y ya no están bajo la obligación de presentar ninguna satisfacción penal (Rom.8:1)? ¿Por qué ellos tienen que morir? Es muy evidente que para los que creen en el Señor Jesucristo el elemento penal ha sido quitado de la muerte. Ya no están bajo la maldición de la ley, puesto que han obtenido un completo perdón de todos sus pecados sobre la base de que Cristo se convirtió en maldición por causa de ellos y de esta manera removió el castigo del pecado.
La muerte de los creyentes debe considerarse como la consecuencia final de estar en este mundo caído, es decir que, así como experimentamos pérdidas, conflictos y hasta enfermedades en esta vida, siendo de Cristo, la muerte será la experimentación de la última providencia de estar aquí. Aún más, para los creyentes, la muerte es un medio que el Señor usa para la santificación de ellos. Al estar bajo la gracia salvadora, Dios torna todas las cosas para el adelanto espiritual de su pueblo y para los mejores intereses del reino de Dios (Rom.8:28). Considere que el mero pensamiento de la muerte, las contingencias producidas por ella, el sentido de que la enfermedad y los sufrimientos acercan a la muerte, y la conciencia que cada día nos aproximamos a ella, tienen todos ellos un efecto muy benéfico sobre el pueblo de Dios (Léase el Salmo 39). Además, al conocer nuestra fragilidad y que pronto pasamos y volamos, nuestro orgullo es humillado, la carnalidad mortificada, la mundanalidad desestimulada y aclara nuestro entendimiento de las cosas espirituales (Lc.12:20).
Los creyentes también mueren por identificación con Cristo (Rom.6:5). En esa unión mística con su Señor los creyentes son hechos participantes de la experiencia de Cristo tanto en su muerte como en su resurrección. Así como El entró a su gloria por el sendero del sufrimiento y de la muerte, ellos también entran a su eterna recompensa sólo mediante la santificación. No deje de pensar que la muerte es una muestra de misericordia de parte de Dios para con sus hijos, pues Is.57:1: afirma: «Perece el justo, y no hay quien piense en ello; y los piadosos mueren, y no hay quien entienda que de delante de la aflicción es quitado el justo». También la muerte con frecuencia es la prueba suprema de la fortaleza de la fe que hay en ellos y de su demostración de victoria precisamente cuando parecen más débiles. 1 Cor.15:55-57: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo».
No olvide que la muerte es la puerta de entrada a la patria celestial, y el paso de su vida temporal para convertirse en otro espíritu justo hecho perfecto (Hb.12:23). Ellos mueren para encontrarse con el Señor y en ese sentido mueren para vivir para siempre. Sal.116:15 afirma que: «Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos». Mientras mantengamos este cuerpo mortal, la muerte nos estará esperando. Al morir, jamás moriremos de nuevo y empezará la verdadera vida sin muerte, para estar para siempre con el Señor. Jesús dijo en Jn.11:25: «Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá». Pablo sabía que los creyentes mueren para una mayor ganancia pues dijo: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» (Fil.1:21). De aquí que todo creyente puede al final de su vida acompañar al apóstol en su canto: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida» (2 Tim.4:7-8).
Su implicación remunerativa
¿Por qué mueren los impíos? Cuando mueren los no creyentes, la tristeza que sentimos no va mezclada con el gozo de la seguridad de que han ido a estar con el Señor para siempre. Ellos morirán como paga por el pecado y por su propio pecado. Morirá tal cual cómo vivieron, bajo la ira de Dios. El féretro de un no creyente es la expresión visible de ser consumidos por el furor de Dios y su indignación, y es la puerta de entrada a su morada eterna donde no habrá esa mezcla de ira y bondad a la que estaban acostumbrados en la tierra, sino solo ira. Ellos morirán como juicio y castigo de Dios que quitó de la tierra a un impío para darle lo que realmente merece eternamente. El impío muere por condena judicial para pagar su condena eterna bajo las más terribles condiciones de las cuales jamás será aliviado. Toda la maldición de la ley caerá sobre él y pagará todos sus pecados de acción y omisión hechos de palabras, acciones y pensamientos.
El no creyente no solo debería tener terror al vivir sino al morir en esta condición. La muerte para el impío será el comienzo de las venganzas eternas de Jehová, que no experimentó en vida solo por la paciencia de Dios. Allí estará con los espíritus dolientes y atormentados que le han antecedido, sin ningún consuelo porque saben que vendrá la resurrección para recibir un cuerpo que no muere donde se intensificará su condena. ¿Por qué morir así? El Señor Jesús fue entregado en la cruz, sufriendo y muriendo en sustitución, satisfaciendo la ira de Dios, para que todo aquel que crea en Él no muera sino tenga vida eterna. El individuo debe arrepentirse y creer en la persona y obra del Salvador Jesucristo para obtener el beneficio de morir como un justo. La gente hoy desea pasar la eternidad con los justos, en el cielo, aunque desea vivir como un impío. La gente quiere el cielo pero no a Cristo. Sin embargo, la puerta del cielo es precisamente Aquel a quienes los individuos hoy rechazan.
Una de los asuntos más terribles es ver que la gente hoy está más preocupada por la manera de morir que por el hecho mismo de hacerlo. Un día, sea por la razón que sea, pasaremos el umbral y volaremos a la eternidad. ¿Experimentaremos el gozo eterno del Señor? ¿O moriremos como mueren los demás hombres?
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