Esperanza para los cuerpos contagiados por el virus II
Dr. Alan Dunn
Dada nuestra susceptibilidad ante cosas como los virus, si queremos albergar cualquier esperanza es necesario que entendamos nuestra existencia física y corporal a la luz de la creación y de la caída. En la primera parte consideramos a Adán en el contexto de la creación original. Nuestro Creador nos ha unido a nuestro mundo en una relación mutuamente simbiótica. Dios le dio el gobierno a Adán sobre la creación como su imagen. El bienestar de esta dependía de que Adán fuera o no fiel a Dios en el ejercicio de su «jefatura». Podemos reconocer un principio operativo: según le va a Adán, así le va al mundo. Cuando él pecó, introdujo la muerte a su dominio. Del mismo modo, como le vaya al mundo así le irá a Adán. Cuando el Señor maldijo la tierra, Adán, que es polvo animado, se vio envuelto en esa maldición y ahora regresará a ese polvo.
Aunque la muerte física desintegra nuestro cuerpo y nuevamente vuelve al polvo de la tierra, no debemos pensar en la muerte como aniquilación o asimilación reciclada que regresa a la creación. La idea más básica de la muerte la de la separación. Vemos esta noción de la separación en la descripción que Santiago hace de la fe muerta, en Santiago 2:26. Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta. Cuando Adán pecó, introdujo la muerte en su dominio y las cosas empezaron a caerse a pedazos, pero Dios entró en escena con su gracia. Salvó el orden creado original y lanzó su programa de amor redentor. De todo lo que Adán destruyó, su relación con Dios es lo más trágico. La separación de Dios es la postura y la condición del hombre por defecto. Pero Dios… pero Dios… la buena noticia del evangelio comienza con esas dos palabras maravillosas: pero Dios.[1]
La relación entre nuestro cuerpo y esta tierra se estableció en la creación, pero se alteró en la caída. Ahora, en tercer lugar, consideraremos La resurrección de Jesús y las implicaciones para nuestro cuerpo y para esta Tierra.
¿Quién es el Jesús que resucitó de los muertos? El Antiguo Testamento responde a esa pregunta revelándonos a Jesús en profecías y tipologías.[2] En esta parte de la Biblia se nos proporcionan las categorías por las cuales debemos reconocer y entender a Jesús y su misión mesiánica. Él vino para que pudiéramos tener vida, vida abundante, eterna, la vida de la era venidera, la vida de la resurrección [Jn. 10:10]. Dios prometió inicialmente esta vida en Génesis 3:15. Esa promesa del evangelio se desarrolló y se sostuvo a lo largo de la historia recogida en el Antiguo Testamento y se cumplió finalmente en Jesús. Al resucitar, nos dice que definamos su vida, su muerte y su resurrección en términos veterotestamentarios [Lc. 24:44-48].
Una vez más, es necesario mirar en retrospectiva a la creación original del cuerpo de Adán en Génesis 2 si queremos hallar esperanza para los cuerpos infectados de virus en la resurrección de Jesús. Recuerde que para que Adán fuera «Adán» tiene que estar materialmente unido con la tierra de la cual fue tomado, ya que según le vaya a él le irá a ella. Adán no es Adán sin su planeta, y este no puede ser lo que Dios diseñó que fuera, al margen de su Adán. Este tipo de mutualidad Adán-Tierra está en juego cuando Pablo nos presenta a Jesús como el postrer Adán en 1 Corintios 15. Como le vaya al Adán de la nueva creación, así le va a esta. Nuestro enfoque está explícitamente en la relevancia de la resurrección corporal de Jesús.
Lucas presenta a Jesús como el segundo Adán remontándose hasta la genealogía de Jesús. A continuación vemos cómo Jesús es tentado por Satanás como lo fue Adán, pero triunfó mientras que Adán cayó [Lc. 3:38–4:13]. Pablo establece la comparación entre ambos de un modo explícito en Romanos 5:12-19 y 1 Corintios 15:22-28. Pablo se centra en dos clases de vida que los hombres tienen en unión con Adán o con Jesús. ¡Su analogía de 1 Corintios 15:45 es increíblemente asombrosa! Así también está escrito: El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente. El último Adán, espíritu que da vida. Es preciso observar varias cosas que documentan nuestra esperanza para los cuerpos infectados por el virus.
1 Corintios 15:45 es el único lugar del Nuevo Testamento donde se cita Génesis 2:7.[3] Pablo dirige nuestra mirada al momento en que el Señor formó a Adán del polvo de la tierra, y sopló en él aliento de vida. Aquí tenemos a Adán en su condición sumamente buena de criatura. Así formado por Dios y con el aliento de vida insuflado en él, es un alma viviente. Por tanto, por una parte vemos a Adán en su belleza en un estado puro de la creación pre-caída, antes de la invasión de Satanás, antes de la muerte. ¿Se lo puede imaginar usted? El hombre sin pecado, vivo, con vigor y vitalidad impregnando cada célula de su cuerpo. ¿Cuánto le gustaría a usted tener ese cuerpo? Ahí no hay virus. ¡Si tan solo pudiéramos tener un cuerpo como el que Adán tuvo originalmente!
¿No sería esta nuestra esperanza para el cuerpo infectado por el virus? Si tan solo nuestros médicos pudieran curarnos y devolvernos al estado en que se encontraba Adán en Génesis 2:7. ¿Es esto posible?
Por otra parte, vemos al postrer Adán, lo que significa que «no hay más Adanes». Que este postrer Adán es el Jesús resucitado es evidente en la comparación previa que Pablo hace entre Adán y el Jesús resucitado en los versículos 21 y siguientes. Pablo no está comparando a Adán con Jesús en el punto de su encarnación, sino en el de su resurrección. Jesús es el postrer Adán como Señor resucitado. Observe que el enfoque paulino está en sus cuerpos respectivos en los cuales viven su vidas respectivas. Pablo contrasta el cuerpo de Adán en el momento de su formación con el de Jesús en el momento de su resurrección. Ya hemos intentado imaginar al Adán prístino pre-caída, pero ¿qué hay del Jesús resucitado? ¿Cómo debemos pensar en su cuerpo levantado de la muerte, ahora ascendido y exaltado sobre el trono de Dios?
Entendemos que Jesús velara su gloria durante los cuarenta días transcurridos entre su resurrección y su ascensión. Es evidente que su cuerpo, incluso durante ese tiempo, era capaz de proezas sobrenaturales. Pero, ¿se nos proporciona un vislumbre más claro del cuerpo resucitado de Jesús? Sugiero que su transfiguración nos proporciona esa visión. Pedro habla de este fenómeno y nos dice: Fuimos testigos oculares de su majestad. Pues cuando Él recibió honor y gloria de Dios Padre [2 P. 1:16-17]. Y se transfiguró delante de ellos; y su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz [Mt. 17:2]. ¿No es este el Saulo al que Jesús confrontó en el camino a Damasco [Hch. 9:3-5]? ¿Debemos pensar que podríamos esperar tener un cuerpo así? Sí. ¿Cuándo? En la resurrección. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos, que oiga [Mt. 13:43, ver Dn. 12:2]. Ahora bien, ¿qué cuerpo libre de virus quisiera usted? ¿El cuerpo original pre-caído de Adán, o el cuerpo resucitado de Jesús? ¿Es posible obtener un cuerpo como el de Adán, anterior a la caída? ¿Lo quisiera usted? ¿Es posible que tengamos un cuerpo como el cuerpo resucitado de Jesús?
Aunque Adán se convirtió en un alma viviente, el Jesús resucitado se convirtió en un espíritu dador de vida. Esta frase supone un reto para la traducción. Observe que es el Jesús resucitado quien da esta vida. Cada vez que encontramos la frase aquí traducida como espíritu dador de vida, siempre habla de la vida de la era venidera, la vida después de la muerte, la vida de la resurrección.[4] La esperanza para un cuerpo infectado de virus está en nuestra unión con el postrer Adán, el Jesús resucitado y las glorias de la era venidera. Entraremos en esa gloria de forma corporal en la resurrección, al final de esta época, cuando Jesús regrese.
Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo, 21 el cual transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de su gloria, por el ejercicio del poder que tiene aun para sujetar todas las cosas a sí mismo [Fil. 3:20-21].
Al señalar a Adán y el Jesús resucitado, Pablo está comparando y contrastando la vida de la creación original encarnada en el Jesús resucitado. El contraste es entre el tipo de vida del alma viviente, que es natural, de la tierra, terrenal y la clase de vida del espíritu dador de vida, que es espiritual, del cielo, celestial [vv. 46-49]. No deberíamos pensar que Pablo está diferenciando lo material [natural] de lo inmaterial [espiritual]. Nos está hablando de lo que viene primero, y de lo último o segundo. La Biblia no nos presenta un contraste gnóstico de la materia y el espíritu, sino entre esta era y la venidera, esta creación y la nueva, esta vida condicionada por la muerte en Adán y la vida eterna en Jesús.
Es fútil esperar que, de alguna manera, a través de la medicina quizás pudiéramos obtener un cuerpo libre de virus, porque nuestro cuerpo en unión con Adán está «condicionado por la muerte». Solo en Cristo puede ser vivificado.
Porque ya que la muerte entró por un hombre, también por un hombre vino la resurrección de los muertos. 22 Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo[a] todos serán vivificados [1 Co. 15:21-22].
¿Dónde está nuestra esperanza para un cuerpo libre de virus y de la muerte? En Jesús. Él es nuestra única esperanza. Él es la resurrección y la vida [Jn. 11:25]. Confíe en el Señor Jesús resucitado, que es el Salvador de todos los que clamamos a Él en arrepentimiento y fe. ¿Quiere usted tener un cuerpo de resurrección que resplandezca como el sol en el reino de Dios? Únase por la fe a Jesús, porque si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo [Ro. 10:9].
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[1] Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, 5 aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados), 6 y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, 7 a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:4-9).
[2] Dios predijo el cumplimiento de sus promesas de vida con profecías [palabras] y tipologías [descripciones que se ven en la historia de Israel, sus instituciones y sus líderes].
[3] Muchas traducciones del Nuevo Testamento capitalizan las palabras para mostrar que el autor está citando un versículo del Antiguo Testamento.
[4] Juan 5:21: el Hijo también da vida. John 6:63, El Espíritu es el que da vida; Ro. 4:17 Dios, que da vida a los muertos y llama a las cosas que no existen, como si existieran. Ro 8:11 el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales; 1 Co 15:22 también en Cristo todos serán vivificados; y 2 Co 3:6 el Espíritu da vida.