Esperanza para los cuerpos contagiados por el virus I
Dr. Alan Dunn
Contaminación, contagio, infección, este es el vocabulario comúnmente asociado con la pandemia del CV19. Una partícula diminuta puede flotar en una molécula de vapor invisible e introducirse en nuestro cuerpo a través de los ojos, la nariz o la boca. ¡La amenaza de la muerte se cierne, sin que la veamos, en el aire que respiramos! ¡Qué trágico es temer estar con las personas a las que amamos por miedo a poder infectarnos o infectarlas a ellas! ¿Por qué somos vulnerables a cosas como los virus? ¿Hay algo malo en nuestro cuerpo? ¿Nos proporcionan las Escrituras alguna respuesta a este tipo de preguntas?
Dios estableció la relación entre nuestro cuerpo y esta Tierra en la Creación
Moisés, el gran profeta del Antiguo Pacto, nos señala que el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el hombre un ser viviente [Gn. 2:7]. El Señor Dios mismo formó a Adán directamente del polvo de la tierra. «Adán» significa rojo, rojizo, el mismo color que la tierra. El hombre es la culminación exclusiva de la obra de creación de Dios, la única criatura animada por el aliento divino. Dios actúa y habla de maneras que nosotros, meras criaturas, podemos entender. Moisés nos presenta una tierna escena. Sin duda usted ha visto la representación de la creación de Adán pintada por Miguel Ángel en el techo de la Capilla Sixtina, en Roma. Se antropomorfiza a Dios [se le retrata en forma de hombre]. Su dedo extendido toca el dedo índice de Adán. Las Escrituras describen a menudo a Dios con forma humana. En Génesis 2:7 no vemos un simple toque [la figura de Dios retratada por Miguel Ángel no toca en realidad a Adán], sino que es algo parecido a un beso o a una resucitación artificial. Adán recibe una vida que está vitalmente conectada a Dios a quien está íntimamente unido. En el prólogo de Moisés se nos hace saber que creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó [Gn. 1:27]. Estamos vivos para Dios y definidos en relación con Él, nuestro Padre-Creador. ¿Puedes concebir un estatus de criatura más noble o más dignificado que ser la imagen de Dios?
Sin disminución alguna de la dignidad, el hombre se convirtió en un ser vivo. Ese es Adán en su condición de criatura. Como seres vivos, compartimos esta vida de criatura con otros seres vivos, como las aves y los animales que Dios también formó de la tierra [Gn 2:19]. Como criaturas vitalmente conectadas a la tierra, los animales y nosotros compartimos una vida de criatura común. Pero no somos animales. Somos la imagen de Dios, hechos como Él y para vivir con Él. Esta fisicalidad de la criatura se extiende a la esposa de Adán, Ishshah, quien como él fue formada por un acto directo de Dios. Aunque creó al hombre del polvo de la tierra, la mujer fue formada de la costilla de este. Como una sola carne con Adán, Ishshah está hecha también de la misma sustancia material de la tierra [Gn. 2:18-25]. Los hechos creativos de Dios establecen la relación de nuestro cuerpo con la tierra. Adán solo puede ser Adán si vive en relación con el polvo de la tierra. El hombre no es el hombre separado de su planeta. Él es tierra animada elevada al estatus de la filiación en la criatura: la imagen de Dios.
Como tal, como imagen de Dios, Adán entendió la relevancia de los actos de Dios que revelaban significado y propósito para él. Como Dios había formado y llenado el material del caos original [Gn. 1:2],también nuestros primeros padres debían formar y llenar la tierra, empezando por el jardín que Dios había plantado y en el cual había colocado a Adán [Gn. 2:8-9, 15]. El hombre, varón y hembra, debía ejercer dominio sobre la creación [Gn. 1:26-28]. Sin que se le hubiera dado una orden verbal directa, Adán sabía que debía imitar a Dios y cultivar y cuidar el jardín [Gn. 2:15]. Cultivar y cuidar son términos usados más tarde en el Antiguo Testamento para describir los deberes de los sacerdotes en el templo de Dios. El Jardín del Edén era un templo terrenal naciente donde Dios vino a morar con el hombre. Como la imagen de Dios, Adán era el hijo real sacerdotal de Dios, que gobernara la tierra para reflejar y glorificar a su Padre Creador, quien reina sobre toda la realidad creada. Como la imagen de Dios, insuflada por el aliento divino, Adán era la única criatura que podía hablar y que también tenía la capacidad de tener comunión con el Dios que hablaba, y que creó y sigue sustentando todas las cosas por Su Palabra. Dios creó a Adán con la capacidad de entender y pronunciar palabras. No solo era su hijo real sacerdotal, sino que también era profeta de Dios, responsable de ministrar la Palabra de Dios al mundo de Dios. Sus palabras definieron su mundo [Gn. 1:28-30]. Transmitieron la bendición divina al tiempo santificado del Sabbat (o día de reposo) [Gn. 1:28; 2:3]. Formaron la ley que Adán tenía que obedecer bajo amenaza de muerte [Gn. 2:16-17]. El hombre fue hecho para ser y vivir como Dios. Nuestro interés en la pandemia del CV19 resalta la fisicalidad de Adán como criatura. Su dominio significa que como le vaya a Adán también le va a la tierra. Des mismo modo, como veremos, como le vaya a Adán, así le va a la tierra. Ambos viven en mutua unión simbiótica.
La Caída afecto a la relación entre nuestro cuerpo y esta Tierra
Como Dios advirtió, la rebeldía de Adán y su pecado introdujeron la muerte en el mundo. Debemos entender que la muerte no es aniquilación. La dinámica básica de la muerte es la de un corte, una separación. La Creación es como un vibrante tapete tejido con hilos individuales, cada uno de ellos cosido con las hebras de su correspondiente compañero para formar un todo unificado. La muerte es el desgarro de esos hilos. Es lo que sucede cuando las cosas que Dios creó caen fuera del lugar designado para ellas y dejan de funcionar como Él lo había diseñado para beneficio de su creación y su gloria. La muerte es volver a desplomarse en la oscuridad, el vacío, lo amorfo del caos primitivo.[1] La muerte separa las conexiones vitales que Dios constituyó a la hora de crear. Cuando Adán pecó, la muerte entró en su esfera, y las cosas empezaron a hacerse pedazos.
En Génesis 3, Dios en su misericordia mitigó la dinámica separadora de la muerte salvando y reteniendo el orden y las operaciones de la creación original. La pareja seguiría formando y llenando la tierra, pero cada uno de ellos experimentaría el dolor respectivo en el cumplimiento de su mandato. La mujer padecería dolor en el alumbramiento [Gn. 3:16], y el hombre también padecería dolor y tendría que dedicar gran esfuerzo[2] [Gn. 3:17]. El dolor de Adán llega en el momento de trabajar la tierra. Su obra de representar con nobleza la imagen de Dios proseguirá como medio por el cual obtiene su sustento, pero su tarea es ahora dolorosamente frustrante y hasta está sujeto al fracaso. Aunque su tarea en un terreno manejable habría sido un deleite, ahora trabaja con el sudor de su frente para obtener su alimento de una tierra rebelde. Aunque sigue recogiendo una cosecha comestible, sus dolorosos esfuerzos solo consiguen cardos y espinos.
Nuestro interés en ver cómo afecta la muerte a la tierra y, por extensión, a Adán mismo. Pecó y la muerte entra en la tierra. Como le vayan las cosas a Adán, lo mismo le ocurrirá a la tierra. En Génesis 3:17-19 oímos al Señor maldecir la tierra por culpa del pecado adámico. Ahora vemos que el destino de la tierra es el mismo que el de Adán. La maldición de la muerte sobre la tierra abarca y consume a Adán e Ishshah, porque son polvo animado. Así también, los seres vivientes que Dios formó del polvo están envueltos en la maldición de la muerte. Todo lo que está formado de la tierra, y depende de ella, está ahora maldecido. Al ser Adán materialmente polvo de la tierra, cuando Dios la maldijo, el hombre se vio envuelto en la maldición porque es polvo y al polvo volverá.
Como santo y justo Dios, maldijo a la creación con la muerte como le había advertido a Adán [Gn. 2:16-17]. Cuando leemos que comió [Gn. 3:6], de inmediato sabemos que las cosas están a punto de empeorar. Rechazamos la calumnia de Satanás respecto a que Dios no es bueno ni justo y, por tanto, no se debe confiar en Él [Gn. 3:1-5]. No. Adán comió. Dios es Dios. La muerte es inevitable. Pero, asombrosamente, Dios no ejecutó el Juicio Final tras la rebelión de la pareja y su traidora aceptación de las mentiras de Satanás. En su lugar, nos sorprende la revelación de la bondad y la gracia redentora de Dios para con los pecadores rebeldes. Dios salvó a la creación, y mantuvo al hombre y a la mujer en sus cometidos y funciones originales. El mundo sigue siendo nuestro, y Dios es nuestro Creador y Sustentador. Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos [Mt. 5:45]. De hecho, aunque Adán abdicó su dominio en Satanás y fue sentenciado a muerte por su pecado, Dios tiene aún el propósito de elevar al hijo que es a su imagen, y a esta creación, a las glorias de su reposo eterno del Sabbat. El propósito supremo de Dios para la creación no ha cambiado. El hombre fue hecho para ser como Dios y vivir con Él, y esto siempre significó y sigue significando que Él pone delante de nosotros su reposo del Sabbat como nuestro destino supremo.
Vivimos en este buen mundo que Dios creó, pero tanto nosotros como este nos encontramos caídos. Sin embargo, se nos ha ordenado que formemos y llenemos el mundo, pero por error podemos hacer daño incluso cuando nuestra intención sea buena. También podemos maltratarlo cuando gobernamos de forma más parecía a los tiranos que a los hijos reales sacerdotales que sirven en el templo de Dios. Y la tierra está maldita. Lucha contra el ejercicio de nuestra mayordomía sobre él. Nosotros y gran parte de aquello que llevamos a cabo volvemos a derrumbarnos en el polvo. Este reclama a civilizaciones y ciudades, a hombres grandes y pequeños. Una minúscula partícula microscópica de ADN, más pequeño que una mota de polvo, puede barrer todo el planeta y a personas humildes de toda raza y posición social, exigiendo que nos reconciliemos con la maldición de la muerte, porque somos polvo y al polvo debemos regresar. La muerte. ¡Qué tragedia, qué crimen, qué desesperación los nuestros! Somos la imagen de Dios, la culminación de su obra de creación, aunque somos criaturas de polvo, a la sazón, polvo maldecido. La nuestra es una existencia condicionada por la muerte. Vivimos en el mundo mientras experimentamos nuestra separación de él, los unos de los otros, y hasta una separación que sentimos en nuestro propio interior. Vivimos con la constante sensación de ruptura, de separación… de muerte.
La mayor tragedia en todo esto es la muerte de la relación del hombre con Dios. Al ser Él santo, debe apartarse del hombre y, este, en la muerte, no puede hacer nada para salvarse. Aunque vivimos como imagen de Dios en su creación, nacimos separados de Él, englobados por la muerte e impregnados de ella. Estamos por completo a merced de Dios. A menos que Él haga algo para derrotar a la muerte y le de vida a los hombres muertos, el ser humano y su mundo están condenados a una muerte eterna de separación de Él. Como Jonás en el vientre del gran pez, somos cercados y abrumados. Pero Jonás aprendió algo que Dios le reveló a Adán y que se nos alienta a aprender: La salvación es del Señor [Jon. 2:9]. Si hay alguna esperanza para nuestros cuerpos infectados por el virus y condicionados por la muerte, tendrá que llegar hasta nosotros de parte de Dios. Nuestra esperanza solo puede proceder del Dios que resucita a los muertos, del Dios vivo que se acerca a unos pecadores indignos como nosotros para darnos nueva vida en Jesucristo.
[1] Ver Sofonías 1:2-3, donde el juicio de Dios, la muerte, se describe como la inversión de la secuencia de la obra de creación de Dios. En Jeremías 4:23, Jeremías describe el juicio de Dios con el vocabulario de Génesis 1:2, Miré a la tierra, y he aquí que estaba sin orden y vacía; y a los cielos, y no tenían luz.
[2] Moisés usa el mismo término hebreo para describir los efectos de la caída tanto en la mujer como en el hombre.
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