La vida de oración – una función vital
W. J. Seaton
Me gustaría presentarles unas cuantas cuestiones respecto a nuestra vida de oración, que es una función muy vital como cristianos, y ofrecerles algunas palabras de aliento y exhortación.
Uno de los grandes dones que nuestro Salvador consiguió para nosotros, mediante Su muerte en la cruz, fue el del “sacerdocio”. El protestantismo se jacta de este hecho, y con razón. No necesitamos “mediador” humano alguno, como ocurre en Roma, sino que tenemos acceso directo a la presencia misma de Dios, por medio de la “sangre del Hijo de Dios”. ¡Qué insulto debe ser para Dios que Su pueblo no hace uso en toda plenitud de semejante privilegio y misericordia!
Cuando esto sucede en nuestra vida cristiana “individual”, haríamos bien en examinar nuestro “llamamiento y nuestra elección” porque, como declaró perfectamente Spurgeon en una ocasión, “Una persona que no ora es una persona sin Cristo”. Sin embargo, es en nuestra vida “corporativa” de oración —en nuestra vida de oración como miembros de nuestra propia iglesia local— donde me gustaría ver que se ejerce y se demuestra mayor preocupación.
Los días en que vivimos son días de gran declive; las iglesias están cerrando; y no solo ocurre en algunas denominaciones que se han desviado y alejado de la fe evangélica, en términos generales; está sucediendo en TODAS las denominaciones, ¡bautistas incluidos! Una de nuestras iglesias destacadas ha suspendido ahora sus cultos del domingo por la tarde; y lo que me gustaría que comprendiéramos es que, en primer lugar, ¡suspendió su REUNIÓN DE ORACIÓN! Creo haber señalado en algunas ocasiones cuáles son los pasos hacia el desvío espiritual; permítanme recordarlos.
Lo primero que desaparece es el culto de oración; a continuación el culto del domingo por la mañana, porque se suele clasificar como “ministerio para los creyentes” y, en algunas ocasiones, suele incluir un reto respecto a la vida de oración del cristiano; esto nos deja el supuesto “culto del evangelio”, y ahí muchos cristianos se han enfriado y han descuidado su vida espiritual al punto que el mundo los ha reclamado de nuevo como suyos. Si esto se aplica a cualquier lector, entonces solo puedo decirles una cosa, y es “volver”: ¡Volver al lugar donde sus pies empezaron a resbalar!
Tal vez muchos se inclinarían a pensar que nosotros, aquí en nuestra propia iglesia, tenemos poco de que quejarnos en lo que respecta al número de asistencia a las reuniones de oración, y esto es probablemente cierto si uno juzga según las normas actuales. Sin embargo, como ministro de una iglesia, lo que me preocupa no es la presencia de una persona en el culto de oración, sino más bien la carencia fundamental en su vida espiritual que les impide asistir al culto. Sé que hay razones legítimas para no estar presente en el culto de oración; sin embargo, permítanme decir que cada razón debe poder sostenerse ante el escrutinio absoluto de un Dios que todo lo ve.
En lo que respecta a la oración en la iglesia, el punto crucial de esta cuestión es que sean dadas “a conocer [nuestras] peticiones delante de Dios”. No estamos llamados a orar para agradar a los hombres, sino a Dios. Él es quien ve. Esto sirve a la vez para exhortar y también para alentar. ¿Recuerdan al apóstol Pablo después de su conversión en el camino a Damasco, cuando quedó ciego y fue guiado a casa de alguien llamado Judas? Nuestro Dios le dijo a un hombre llamado Ananías: “Levántate y ve a la calle que se llama Derecha, y pregunta en la casa de Judas por un hombre de Tarso llamado Saulo, porque, HE AQUÍ, ESTÁ ORANDO”. ¡El Señor tenía sus ojos puestos en Saulo! Sabía en qué calle se encontraba; conocía la dirección: la calle Derecha; tenía claro en qué casa de dicha calle estaba; ¡estaba al tanto del nombre del propietario de la vivienda! “¡Tú eres un Dios que ve!”. Y, aunque, como ya hemos indicado, no oramos para complacer a los hombres, ¡qué testimonio puede ser para el mundo una iglesia que ora!
¿Recuerdan a David Brainerd, el gran misionero a los indios pieles rojas? Cuando una mañana entró a un campamento indio, le recibieron —para su gran asombro— como a una especie de dios blanco. ¿Qué había sucedido? Cuando los pieles rojas habían salido a “matarlo”, la noche anterior, lo habían visto en oración; y mientras él oraba, una serpiente de cascabel se había erguido justo delante de él para dar su golpe mortal y, de repente, había caído a tierra y se había alejado deslizándose. Ese incidente se relacionaba solamente con un hombre que oraba, pero abrió la puerta a la evangelización entre los indios pieles rojas y llevó muchos hijos a la gloria. Correctamente nos señalan las Escrituras que los hombres deberían orar siempre y no desmayar.
Cortesía de Wicket Gate Magazine