El padre debe ser piadoso (2)
Nicholas Byfield
Ahora, con la ayuda de Dios, para ayudar a los cristianos más débiles… procuraré expresarme en esta doctrina de poner a prueba el estado del verdadero cristiano, en un examen más claro y fácil. Dejaré..este catálogo a la bendición de Dios y a la libre elección de cómo quiera usarlo el lector piadoso, según le resulte más agradable a su propio gusto, ya que ambos están justificados y fundados en la prueba infalible de la inmutable verdad de Dios…
En las Escrituras existen tres tipos de lugares (en mi opinión) que apuntan a las razones de infalible seguridad en aquellos que puedan alcanzarlas. Primero, señalo esos lugares que afirman de manera expresa que tales y tales cosas son señales. Por ejemplo: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos” (1 Jn. 3:14). Aquí, el Espíritu Santo nos muestra de forma manifiesta que el amor de los hermanos es una señal por la cual el cristiano puede saber que ha pasado de muerte a vida. Por tanto, el apóstol Pablo nos proporciona detalles para que sepamos si la aflicción de ellos era piadosa o no (2 Co. 7:11). Así también el profeta David (Sal. 15) quien proveyó diversas señales por las que se puede conocer al hombre que mora en el santo monte de Dios. El apóstol Santiago también nos dice cómo podemos conocer la sabiduría de lo alto: Reconociendo los frutos y los efectos de ésta (Stg. 3:17). El apóstol Pablo también nos indica cómo podemos saber si tenemos el Espíritu de Cristo en nosotros o no (Ro. 8:9, 15; Gá. 5:22; 4:6-7).
En segundo lugar, descubro señales que marcan para qué tipo de gracias en el hombre están hechas las promesas de Dios. Y es que razono de este modo: Cualesquiera que sean los dones de Dios en el hombre, que lo lleven al alcance de las promesas de la misericordia eterna de Dios, ese don debe ser una señal infalible de salvación… Por tanto, el hombre que puede encontrar esos dones en sí mismo será, ciertamente, salvo. Por ejemplo, el reino de los cielos se ha prometido a los que son “pobres en espíritu” (Mt. 5:3). A partir de ahí, entiendo que esa pobreza de espíritu es una señal infalible. Puedo decir lo mismo del amor a la Palabra, la rectitud del corazón, del amor de Dios y del amor a la venida de Cristo.
En tercer lugar, encuentro otras señales mediante la observación de lo que los hombres piadosos han dicho por sí mismos en las Escrituras, cuando han aducido a su propia prueba del interés que tienen en el amor de Dios o la esperanza de una mejor vida. Considera cómo han demostrado que no eran hipócritas. Cualquier cristiano puede probar del mismo modo que tampoco lo es. Por ejemplo, Job, acusado de hipocresía y postrado bajo la dura mano de Dios, defiende su causa y demuestra que no es un hipócrita, aludiendo a su constancia en los caminos divinos y su incesante estima por la Palabra de Dios: “Guardé las palabras de su boca más que mi comida” (Job 23:10-12).
Ahora, aunque algunas señales son generales y podrías dudar de la exposición4, a saber, de qué forma es infalible esa señal en tal o tal sentido… puedes observar que presento la señal tal como se expone en varios otros versículos. Por ejemplo, el amor de los hermanos es una prueba general. Ahora bien, ¿cómo sabré que tengo el amor apropiado por los hermanos? Esto lo explico yendo a otros versículos en los que se alude a las explicaciones particulares de esta señal.
1. La primera forma en que un cristiano puede probarse a sí mismo es, pues, examinarse en su humillación por el pecado, si es correcta o no. Y es que bajo este epígrafe se abarca la explicación de la doctrina de la pobreza de espíritu y de la tristeza piadosa y, por tanto, en general, del arrepentimiento de los pecados.
En este asunto de la humillación, el verdadero cristiano demuestra haber alcanzado aquello que ningún reprobado podría lograr jamás y esto es evidente en diversos detalles, tal como, en primer lugar, tener una visión y un sentido verdadero de sus pecados. Discierne la pecaminosidad de su vida, pasada y presente; está afectado y afligido bajo la carga de sus ineptitudes o faltas y sus corrupciones diarias. Ve su miseria en lo que respecta a sus pecados (Mt. 11:29; 5:4).
2. Tiembla ante la Palabra de Dios y teme su desagrado, aunque no flaquea por sus amenazas (Is. 66:1-2).
3. Renuncia a sus propios méritos y rechaza toda opinión de que la verdadera felicidad radica en sí mismo o en ningún otro bajo el sol. [Está] plenamente convencido de que no puede salvarse por ninguna obra que pueda hacer ni ser feliz disfrutando con las cosas mundanas5. Por tanto, está decidido por completo a buscar el bien supremo del favor de Dios, sólo en Jesucristo.
4. Llora con sinceridad y en secreto por sus pecados, así [se lamenta] 1. por todos los tipos de pecados, los secretos y los conocidos; por los pecados menores y los mayores; por los males presentes de su naturaleza y de su vida, así como de los pecados que ha amado, que le han resultado en ganancia y que le han complacido. Sí, sufre por el mal que se adhiere a sus mejores obras y también por sus malas obras (Is. 6:5, 1:16; Ro. 7:24; Mt. 5:6). 2. Por el pecado en sí y no porque le traiga, o pudiera acarrearle, vergüenza o castigos en esta vida, o en el infierno. 3. Está tan afligido por sus pecados, como acostumbraba a estarlo o como lo está ahora, por las cruces en su estado6. Se lamenta con la misma sinceridad por las tristezas que cayeron sobre el Hijo de Dios por su pecado, como si él hubiera perdido a su único hijo (Zac. 12:10-11) o, al menos, se esfuerza en esto y se juzga a sí mismo si las aflicciones mundanas lo preocupan más que sus pecados (Sal. 38:5).
5. Sufre de verdad y se enoja en el alma por las abominaciones que otros cometen para deshonra de Dios, para difamar a la religión verdadera o para la perdición de las almas de los hombres, como Lot (2 P. 2:7), David (Sal. 119:136) y los lamentadores señalados para el propio pueblo de Dios (Ez. 9:4).
6. Le afecta, le aflige y sufre de corazón por los juicios espirituales que alcanzan a las almas de los hombres, así como los hombres impíos acostumbran abatirse por las cruces temporales. De modo que él sufre y le desconcierta ver la dureza de corazón (cuando no puede lamentarse como le gustaría), por el hambre de la Palabra, por la ausencia de Dios, por las blasfemias de los impíos o cosas parecidas (Sal. 44:2-3, 137; Neh. 1:3-4; Is. 63:17).
7. Siente mayor impulso a humillarse y lamentarse por sus pecados cuando siente que Dios es más clemente. La bondad divina le hace temer más a Dios y odiar sus pecados, en vez de odiar la justicia [de Dios] (Os. 3:5).
8. Sus sufrimientos son tales que sólo pueden aliviarse por medios espirituales. Ni el deporte ni la compañía alegre lo relajan. Su consuelo sólo procede de Dios en alguna de sus ordenanzas. Ya que fue el Señor quien lo hirió mostrándole sus pecados, sólo acude a Él para ser sanado de sus heridas (Os. 6:1-2; Sal. 119:24, 50).
9. Es inquisitivo7 en su dolor: Preguntará el camino y desea saber cómo puede ser salvo. No puede ahogar ni disuadir sus dudas en tan gran asunto. Ya no se atreve a ser ignorante del camino al cielo. No es descuidado como solía ser, sino que está seriamente inclinado a conseguir directrices de la Palabra de Dios respecto a su reconciliación, santificación8 y salvación (Jer. 50:4-5; Hch. 2:37).
10. Teme ser engañado y, por tanto, no se satisface fácilmente. No descansará sobre una esperanza común ni se deja llevar por las probabilidades. Tampoco lo satisface que otros hombres tengan una buena opinión de él. No le complace el haber enmendado algunas faltas ni el empezar a arrepentirse, sino que se arrepiente y sigue arrepintiéndose, es decir que toma un segundo impulso para asegurarse de que su arrepentimiento se ha llevado a cabo de manera eficaz (Jer. 31:19).
11. Los deseos de una sana reforma de su vida lo guían con vehemencia… la tristeza piadosa [por el pecado] siempre tiende a la reforma y a una enmienda sana.
12. En todas sus aflicciones, él tiene una confianza interna en la misericordia y la aceptación de Dios, de manera que ninguna desgracia puede arrancarle la consideración, la seguridad interna y la esperanza en la misericordia de Dios. En la misma inquietud de su corazón, el deseo de su alma es para el Señor y delante de su presencia. Aunque nunca está demasiado desanimado, espera en Dios para recibir la ayuda de su rostro y, en cierta medida, condena la incredulidad de su propio corazón. Confía en el nombre de Dios y en sus compasiones que nunca faltan (Sal. 38:9, 42:5, 11; Lm. 3:21; Sof. 3:12).
13. Su amor por Dios lo inflama de una manera maravillosa, si Él le da a conocer, en algún momento, que escucha sus oraciones9. En medio de sus tristezas más desesperadas, su corazón queda aliviado si sus oraciones tienen éxito, si obtienen su deseo (Sal. 116:1, 3).
14. Mantiene su alma vigilada a diario. Se juzga a sí mismo por sus pecados delante de Dios, detectando sus pecados, acusándolos y condenándolos. Le confiesa sus pecados a Dios de manera particular, sin esconder ninguno de ellos, es decir, sin abstenerse de orar contra cualquier pecado que conoce por sí mismo, guiado por algún deseo que siga teniendo de seguir en él. Mediante esta señal puede estar seguro de tener el Espíritu de Dios y de que sus pecados son perdonados (1 Jn. 1:7; 1 Co. 11:32).
15. Vierte sus peticiones a diario delante de Dios. Clama a Él con afecto y confianza, aunque sea con gran debilidad y muchos defectos, como el niño pequeño lo hace con su padre. Descubre así el Espíritu de adopción en él (Ro. 8:15; Ef. 3:12).
16. Está deseoso —sin fingimientos— de deshacerse de cada uno de sus pecados. No hay pecado que, a su saber, [esté] en él, que no desee no haber cometido jamás con la misma sinceridad con la que espera que Dios nunca se lo impute10. Ésta es una señal que nunca falla, una fundamental (2 Ti. 2:19).
17. Se conforma con recibir de la mano de Dios el mal11 como el bien, sin murmurar ni olvidar su integridad, siendo consciente de lo que merece y teniendo el deseo de ser aprobado por Dios, sin tener en cuenta la recompensa. Esto demostró que Job era un hombre santo y recto (Job 1:1; 2:3, 10).
[Finalmente], 18. Su espíritu no tiene engaño (Sal. 32:2). Desea más ser bueno que el hecho de que piensen que lo es. Busca el poder de la piedad [en lugar] de la demostración de ella (Job 1:1; Pr. 20:6-7). Su alabanza es de Dios y no de los hombres (Ro. 2:29). Y, de esta forma, vemos gran parte de la prueba de su humillación______
4. Dudar de la exposición –Dudar de la interpretación del autor.
5. El autor se está refiriendo a las actividades pecaminosas y mundanas, no al disfrute legítimo de la creación de Dios.
6. Cruces en su estado – Aflicciones en la condición moral, corporal o mental de la persona.
7. Inquisitivo – Dado a ser nsistente al preguntar; ávido de conocimiento.
8. Ver FGB 215, Sanctification, en inglés (Santificación), disponible en CHAPEL LIBRARY.
9. En este contexto, que Dios “escuche” la oración de un creyente parece significar que le concede aquello por lo que se ha orado.
10. En otras palabras, cuando un creyente descubre un pecado en sí mismo, tiene el mismo fervor por no querer cometer ese pecado que por el temor que siente porque Dios lo acuse de ser culpable de él. 11 Recibir el mal – Recibir dificultades, pruebas o aflicciones.
Tomado de The Signs of a Wicked Man and the Signs of a Godly Man (Las señales de un hombre malvado y las señales de un hombre piadoso), Puritan Publications
Nicholas Byfield (1579-1622): Predicador y autor anglicano y puritano, nació en Warwickshire, Inglaterra.
Cortesía de Chapel Library