A unos que confiaban en sí mismos II
J.C. Ryle
Notemos en estos versículos, en tercer lugar, la oración del publicano que recomienda nuestro Señor. Esa oración era en todo opuesta a la del fariseo. Leemos que “estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador”. Nuestro Señor mismo estampa su sello de aprobación sobre esta breve oración. Dice: “Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro”.
La excelencia de la oración del publicano consiste en cinco puntos, cada uno de los cuales merece atención. Por un lado era una petición muy real. Una oración que solo contiene acción de gracias y profesión y que no pide nada es esencialmente defectuosa. Puede ser apropiada para un ángel, pero no para un pecador. Por otro lado, era una oración personal directa. El publicano no habla de sus vecinos, sino de sí mismo. Ser vago y generalizar son los grandes defectos de la religión de la mayoría de los hombres. Salir del “nosotros”, “nuestros” y “nos” para caer en el “yo”, “mi” y “me” es dar un gran paso hacia el Cielo. Por otro lado, fue una oración humilde, una oración que pone el “yo” en el lugar que le corresponde. El publicano confesó claramente que era un pecador. Este es el verdadero ABC del cristianismo salvador. Nunca comenzamos a ser buenos hasta que somos conscientes de que somos malos y lo reconocemos. Por otro lado, fue una oración en la que lo que más se deseaba era misericordia y se revelaba la fe en la misericordia del pacto de Dios, por muy débil que fuese. La misericordia es lo primero que debemos pedir el día que comencemos a orar. Debemos pedir misericordia y gracia diariamente ante el trono de la gracia hasta el día en que muramos. Por último, la oración del publicano procedía de dentro de su corazón. Fue profundamente movido a pronunciarla. Se golpeaba el pecho como alguien que sentía más de los que podía expresar. Esas oraciones son las que deleitan a Dios. Un corazón quebrantado y contrito no será despreciado por Él (cf. Salmo 51:17).
Que estas cosas penetren en nuestros corazones. Aquel que ha aprendido a ser consciente de sus pecados tiene gran razón para ser agradecido. Nunca estamos en el camino de la salvación hasta que sabemos que estamos perdidos, destrozados, llenos de culpa y desesperados. ¡Feliz verdaderamente aquel que no se avergüenza de sentarse al lado del publicano! Cuando nuestra experiencia esté a su altura, podremos tener esperanza de haber encontrado un lugar en la escuela de Dios.
Notemos en estos versículos, por último, lo mucho que nuestros Señor alaba la humildad. Dice: “Cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.
El principio aquí establecido se encuentra tan frecuentemente en la Biblia que debería grabarse profundamente en nuestras memorias. Por tres veces encontramos en los Evangelios que nuestro Señor emplea las palabras que tenemos ante nosotros. Evidentemente, quiere hacer hincapié en que la humildad es una de las primeras y principales virtudes del carácter cristiano. Fue una virtud sobresaliente en Abraham, Jacob, Moisés, David, Job, Isaías y Daniel. Debería ser una de las virtudes sobresalientes de todos los que profesan servir a Cristo. No todo el pueblo de Dios cuenta con ciertos dones o dinero. No todos son llamados a predicar, escribir u ocupar un lugar de eminencia en la iglesia. Pero todos son llamados a ser humildes. Una virtud al menos debe adornar al creyente más pobre y menos erudito. Esa virtud es la humildad.
Dejemos este pasaje con un profundo sentido del gran ánimo que proporciona a todos los que son conscientes de sus pecados y claman a Dios pidiendo misericordia en nombre de Cristo. Quizá sus pecados hayan sido muchos y grandes. Quizá sus oraciones parezcan débiles, vacilantes, inconexas y pobres. Pero recordemos al publicano y tengamos valor. Aquel mismo Jesús que elogió su oración está sentado a la diestra de Dios para recibir a los pecadores. Por tanto, deben tener esperanza y seguir orando.
El contenido de este artículo es de Meditaciones sobre los evangelios, Lucas 11-24 por J.C. Ryle
© Editorial Peregrino, 2004. Usado con permiso de Editorial Peregrino.
Si el mejor modo de entender la fe cristiana es leer los Evangelios, se deduce que los libros que siguen a estos por orden de importancia habrán de ser aquellos que ayudan a entender mejor esos Evangelios.
Al advertir esta necesidad en su propia congregación, J.C. Ryle escribió sus Meditaciones sobre los Evangelios, que se han extendido por todo el mundo durante más de un siglo sin que haya disminuido su popularidad ni su utilidad.
Las palabras “claras y directas” de Ryle son también un gran estímulo para la lectra de la Biblia. Si bien su objetivo principal es ayudar al lector a conocer a Cristo, tiene además otra idea en mente: escribe de tal manera que su comentarios puedan leerse en voz alta para otros. Al contrario de lo que sucede con muchos autores, su obra es igual de buena escuchada que leída. Hay muchos otros comentarios a los Evangelios más extensos, pero ninguno resulta tan fascinante de escuchar, ya sea en familia, en grupos o a través de la radio, como los de J.C. Ryle.
Disponibles en Cristianismo Histórico.