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Trae los libros

© 1984 Adair

© 1984 Adair

C. H. Spurgeon
Cuando vengas, trae la capa que dejé en Troas con Carpo, y los libros, especialmente los pergaminos (2 Timoteo 4:13).
Desconocemos de qué trataban los libros, y solo podemos hacer conjeturas en cuanto a la esencia de los pergaminos.
Pablo tenía unos cuantos libros que había dejado, talvez envueltos en la capa, y Timoteo tenía que traérselos con cuidado. Hasta un apóstol tiene que leer. Algunos de nuestros hermanos ultracalvinistas piensan que un ministro que lee libros y estudia su sermón debe de ser un espécimen de predicador muy deplorable.
El hombre que sube al púlpito, profesa escoger su texto en ese mismo momento y hablar cualquier cantidad de sinsentidos es el ídolo de muchos. Si habla sin premeditación, o finge hacerlo, y nunca produce lo que ellos llaman un plato de sesos de muertos ¡ese es el predicador! ¡Cómo los reprende el apóstol! ¡Él es un hombre inspirado y sigue queriendo sus libros! Ha estado predicando al menos durante treinta años, ¡y quiere libros! Había visto al Señor ¡y quiere libros! Había sido transportado al tercer cielo, y había oído cosas que no eran lícitas que un hombre pronunciara ¡y quiere libros! Había escrito la mayor parte del Nuevo Testamento ¡y quiere libros! El apóstol le dice a Timoteo, y, por tanto, se lo dice a todos los predicadores: «Ocúpate en la lectura». El hombre que nunca lee no será leído jamás; el que nunca cita, no será citado. El que no usa los pensamientos del cerebro de otro hombre demuestra no tener un cerebro propio.
Hermanos, lo que es verdad con respecto a los ministros también lo es en lo que respecta a nuestra gente. Necesitas leer. Renuncia tanto como quieras a toda literatura ligera, pero estudia todo lo que puedas las obras teológicas sanas, en especial a los escritores puritanos y sus exposiciones sobre la Biblia. Estamos persuadidos de que la mejor forma en que puedes ocupar tu tiempo libre es leyendo u orando. Puedes conseguir mucha instrucción de los libros que después podrás usar como arma verdadera al servicio de tu Señor y Maestro. Pablo grita: «Trae los libros»; únete a su grito.
Nuestra segunda observación es que el apóstol no se avergüenza de confesar que lee. Le está escribiendo a su joven hijo Timoteo. Ahora bien, algunos viejos predicadores nunca dicen nada que permita que los más jóvenes conozcan sus secretos. Suponen que deben adquirir un aire muy digno y convertir la preparación de sus sermones en un misterio, pero todo esto es ajeno al espíritu de veracidad. Pablo quiere libros y no le da vergüenza decírselo a Timoteo; y Timoteo se lo puede decir a Tíquico y a Tito si quiere. A Pablo no le importa.
En esto, el apóstol es una imagen de aplicación. Está en la cárcel; no puede predicar. ¿Qué va a hacer? Como no puede predicar, leerá. Cuando leemos sobre los pescadores de la antigüedad y sus barcos, cuando no estaban pescando ¿qué hacían? Remendaban sus redes. De manera que si la providencia te tiene en un lecho de enfermedad y no puedes impartir tu clase, si no puedes trabajar para Dios en público, repara tus redes mediante la lectura. Si se te ha retirado una ocupación, toma otra y deja que los libros del apóstol te den una lección de laboriosidad.
Extracto del sermón Pablo, su capa y sus libros.

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