El decálogo para la era digital (11)La codicia digital: el mandamiento del corazón
Mark Kelderman & Maarten Kuivenhoven
Todo el que lee los diez mandamientos se da cuenta, hasta cierto grado, de la magnitud de lo que Dios requiere de nosotros. Si alguno lee los primeros nueve mandamientos y se imagina que ha vivido dentro del margen que encierra aquello que Dios requiere de nosotros y que promueve el amor, al llegar al último encontrará que su punto de vista queda destrozado. Allí somos enfrentados con la realidad de que los mandamientos, realmente, tienen que ver con una religión del corazón y con las relaciones humanas. Por supuesto, nuestro Señor amplía el tema del corazón en su Sermón del Monte pero aquí, en el décimo mandamiento, llegamos al corazón del pecado. Pablo dijo, “Pero yo no conocí el pecado…si la ley no dijera: No codiciarás” (Ro. 7:7).
Debemos aclarar nuestros términos antes de indagar con más profundidad sobre este mandato. El desear algo que otra persona tiene no significa, necesariamente, que hemos quebrantado este mandamiento. Es cuando deseamos tenerlo en lugar de ellos o cuando no lo necesitamos o no podemos costear el gasto, lo que indica que nos adentramos en el corazón de este mandamiento. Cuando no estamos conformes con lo que tenemos y olvidamos a Dios en nuestro deseo por otras cosas, nuestros corazones no están en el lugar correcto y quebrantamos este mandamiento.
La era digital ha hecho que la codicia sea más obvia. Corre desenfrenadamente por las redes sociales, como si publicarla en el Internet o expresarla en un “tweet” la convirtiera en algo aceptable. Escribe alguien: “tengo ansias de que salga el nuevo iPhone”, cuando ya tiene la última versión que todavía funciona a la perfección. Echamos un vistazo al número de amigos que tiene la otra persona o el número de “likes” que tiene otro negocio, para hacer comparaciones y de manera inmediata esto nos hace sentir inconformes.
La codicia y la lujuria son contagiosas. Cuando tantos deseos se publican descaradamente en el Internet, entonces los demás también empiezan a codiciar. El deseo se multiplica. Existe el clamor de “dame, dame”, pero nunca se dice, “ya basta” (Pr. 30:15-17).
La persona codiciosa siempre quiere más. Nunca está contenta porque cree la mentira y no puede imaginar la verdadera felicidad hasta tener aquello que desea. Sin embargo, tal y como puedes verificar en tu propia experiencia y por la Palabra de Dios, nunca ocurre tal cosa. Cuando no estamos conformes en Cristo, nunca llegamos a ser realmente felices. La codicia nos conduce a envidiar a los demás. Santiago lo dice de la siguiente manera, “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Stg. 4:1-3).
Entonces, ¿cuál es la solución para la codicia? En última instancia, la solución consiste en encontrar nuestro gozo y contentamiento en Dios por medio de Jesucristo. Si por medio del Espíritu y la fe empezamos a entender quiénes somos y quiénes hemos llegado a ser en Cristo, no tendremos necesidad de involucrarnos en un círculo interminable de deseos que nunca satisfacen. El mismo hecho de que tú y yo nos encontramos vivos en el día de hoy es razón para que nos regocijemos, y si tenemos vida en Cristo también tenemos un número infinito de razones para estar gozosos. Por consiguiente, centra tu atención en aquello que tienes en Él.
Además debemos ser cautelosos con la cantidad de tiempo que invertimos en mirar y desear lo que está en el escaparate del mercado, sea de forma real o digital. Debemos utilizar los medios digitales para alcanzar a otros, compartiendo con ellos nuestro contentamiento en Cristo y animándoles. El mundo digital no tiene corazón; la verdadera esencia del amor y la compasión tiene que ser introducida en él por medio de los creyentes que expresan y demuestran que su felicidad está sólo en Cristo.
Mark Keldermann es Decano de Estudiantes y de Formación Espiritual en el Seminario Teológico Puritano Reformado. Marten Kuivenhoven es pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation de Grand Rapids, Michigan, y estudiante doctoral en el Seminario Teológico Calvino, Grand Rapids, Michigan.
Este artículo es publicado en Reflexiones con permiso de Banner of Sovereign Grace Truth. Traducción de IBRNJ, todos los derechos reservados © 2014.