Es necesario tener plena convicción de que la Biblia es la Palabra de Dios para tener confianza en sus enseñanzas y sentir respeto por sus decisiones. Con esta convicción impregnando nuestra mente cuando leemos las páginas sagradas, nos damos cuenta de que Dios nos está hablando; y cuando sentimos que la verdad se apodera de nuestros corazones, sabemos que nuestro trato es con Dios. Cuando estudiamos sus preceptos, todos nuestros poderes se inclinan ante ellos, por ser la indudable voluntad de nuestro Señor soberano; y cuando nos alegramos y nos sentimos sustentados por sus consuelos, los recibimos como bendiciones derramadas desde el trono eterno. La naturaleza y la ciencia no ofrecen luz alguna que pueda guiarnos en nuestra búsqueda de la dicha inmortal; pero Dios nos ha dado la Biblia, como lámpara a nuestros pies y luz a nuestro camino. Recibamos el don con gratitud y comprometámonos a su dirección.
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