Hijo mío, no te olvides de mi enseñanza
“Hijo mío, no te olvides de mi enseñanza, y tu corazón guarde mis mandamientos” -Proverbios 3:1
Debemos reverenciar a este maestro inspirado como a un padre espiritual. Hemos de considerar su palabra como una ley publicada por Salomón, pero vinculante para nosotros por la autoridad de Dios (cf. Mal. 4:4). No debemos olvidar jamás esta ley, sino familiarizarnos con ella en nuestra memoria de modo que dispongamos de una guía que nos enseñe cómo conducirnos en cada situación en que podamos encontrarnos; y cuando la atesoremos en nuestra memoria, debemos cumplirla en nuestro corazón. Bien merece constituir el objeto de nuestro constante amor y el asunto central de nuestra meditación durante todo el día. Nuestra obediencia a ella debe proceder del corazón. ¿Cuál es la diferencia entre los buenos y los que solo fingen ser religiosos? Para los últimos, la religión es una carga; para los primeros, un placer. Para los unos, la Ley es una restricción desagradable; para los otros, los mandamientos de Dios no son gravosos (cf. 1 Jn. 5:3), pues se regocijan en el camino de sus testimonios más que en todas las riquezas. Nuestro propio interés nos indica la conveniencia de guardar los mandamientos de Dios.