C.H. Spurgeon
C.H. Spurgeon nació el diecinueve de junio de 1834 y murió el 31 de enero de 1892. Dios le capacitó para hacer cosas extraordinarias como ministro del Evangelio y estas provocan interés, admiración y un mayor deseo de conocer más acerca de ese hombre y de explorar por uno mismo el legado de vibrantes obras escritas que permanecen después de su muerte. Se crió en una familia cristiana (tanto su padre como su abuelo fueron pastores) y a una temprana edad disfrutó de los grandes volúmenes puritanos de la biblioteca de su abuelo. Digno de mención es su relato de cómo Dios le convirtió, a la edad de quince años, en una iglesia metodista primitiva que visitó cuando una tormenta de nieve le impidió llegar a una iglesia que su padre le había recomendado:
“El pastor no vino aquella mañana; supongo que se habría quedado aislado por la nieve. Al final, un hombre muy delgado, un zapatero o sastre o algo por el estilo, se subió al púlpito para predicar […]. Se vio obligado a ceñirse a su texto por la simple razón de que no tenía mucho más que decir. El texto era: ‘Volveos a mí y sed salvos, todos los términos de la tierra’. Cuando ya había logrado hablar durante unos diez minutos más o menos, no pudo más. Me miró; yo me encontraba debajo de la galería y me atrevería a decir que, entre tan pocas personas como se encontraban allí presentes, él sabía que yo era un extraño. Fijó su mirada en mí y, como si conociera todo mi corazón, me dijo: ‘¡Joven, se le ve realmente abatido!’. Bueno, tenía razón, pero no estaba acostumbrado a que se me hicieran observaciones desde el púlpito sobre mi aspecto personal. Sin embargo, fue como una bofetada y dio justo en el blanco. Siguió diciendo: ‘y seguirá sintiéndose siempre así —abatido en la vida y también en la muerte— si no obedece a mi texto. Pero si lo obedece, ahora, en este momento, será salvo’. Luego, levantando sus manos gritó, como solo podía hacerlo un metodista primitivo: ‘¡Joven, mire a Jesucristo! ¡Mire! ¡Mire! ¡Mire! ¡No tiene que hacer nada más que mirarle y vivir!’
“Vi de repente el camino a la salvación… Había estado esperando para hacer cincuenta cosas, pero cuando oí aquella palabra ‘¡Mire!’ me pareció una palabra encantadora. ¡Estuve mirando hasta que casi se me salen los ojos! Allí y entonces la nube se quitó, la oscuridad se apartó y en ese momento vi el sol. Me podía haber levantado en ese instante y cantar con los más entusiastas de ellos sobre la preciosa sangre de Cristo y la fe simple que solo le mira a ÉL…
“Ese día, cuando me entregué totalmente a mi Salvador, le di mi cuerpo, mi alma, mi espíritu. Le di todo lo que tenía y todo lo que tendría en toda mi vida. Le di mis talentos, mis poderes, mis facultades, mis ojos, mis oídos, mis miembros, mis emociones, mis juicios, toda mi humanidad y todo lo que de ellos pudiera salir, cualquier nueva capacidad o habilidad de la que se me pudiera dotar”.
Desde ese momento, Spurgeon comenzó a trabajar con fervor por Cristo. Su labor de ganar almas comenzó con pequeños gestos, metiendo tratados en sobres para enviarlos, dejando caer pequeños trozos de papel con versículos de las Escrituras escritos en ellos, soltando un folleto desde el vagón de un tren, convirtiendo a Cristo en el tema de su conversación. Apenas un año después de su conversión fue invitado a predicar su primer sermón en una humilde choza con el techo de paja. Predicó sobre 1 Pedro 2:7: “Este precioso valor es, pues, para vosotros los que creéis”. Cuando tenía diecisiete años, sin entrenamiento oficial, fue llamado a pastorear una iglesia en Waterbeach, cerca de Cambridge. Durante su ministerio allí, la ciudad se transformó y muchos de los que eran famosos por su corrupción, llegaron a ser conocidos ahora por su piedad. Cuando tenía veinte años, fue llamado a pastorear la New Park Street Chapel de Londres, llamamiento que él aceptó firmemente convencido de que el Señor le dirigía hacia allí. Desempeñó su labor de pastor durante treinta y ocho años. La congregación creció de forma exponencial. Como “un árbol plantado junto a corrientes de aguas que da su fruto a su tiempo”, prosperó él y también su congregación. Además de su trabajo en el púlpito, sus sermones fueron tomados en taquigrafía a medida que predicaba y, tras revisar una copia, se publicaba al día siguiente. Se publicaron semanalmente hasta 1817.
Aquí debemos incluir una advertencia acerca del temprano llamamiento de Spurgeon al ministerio. Las circunstancias de la educación de Spurgeon fueron excepcionales y, sin duda, fue un hombre dotado por Dios con dones excepcionales. Por ejemplo, es raro encontrar a una persona que hubiese leído tanto, especialmente a los Puritanos, como lo había hecho Spurgeon cuando comenzó su ministerio. No debemos hacer de la excepción la regla para nuestra vida. Por consiguiente, advertimos a aquellos que buscan emular a Spurgeon que deben imitar no su precocidad sino su fe, que le hizo aferrarse a la Palabra de Dios.
Spurgeon fue un hombre que vio florecer sus esfuerzos por el Reino de Dios y vio el fruto de ello. Sin embargo, fue también un hombre que experimentó mucha aflicción espiritual y física. Además, aparte de mucha popularidad y gloria, también soportó las calumnias de detractores. La tragedia amenazó con acabar con él y con su ministerio cuando, en 1856, algunos hombres gritaron maliciosamente “¡Fuego!” en un edificio donde él estaba predicando ante más de 10.000 personas. En la estampida que se desencadenó, algunos fueron pisoteados hasta morir. En 1887 se vio involucrado en lo que se denomina la Controversia del Declive, provocada por los artículos publicados en su revista “The Sword and the Trowel” (La espada y el palustre) que comenzó a publicar en 1865. Se negó a avalar una floja versión de la doctrina de la Sola-Scriptura, el veintiocho de octubre de 1887 y por este motivo tuvo que retirarse de la Unión Bautista.
Su esposa Susannah, con la que se casó en 1858, fue una fiel compañera en las pruebas y las alegrías. A pesar de sus dolencias físicas fue una trabajadora activa. Se ocupó de administrar un fondo
de libros para ayudar a los pastores que no podían permitirse comprarlos proporcionándoles los que necesitaban.
Spurgeon murió en Mentone, en el sur de Francia en 1892 donde solía pasar los inviernos debido a su padecimiento físico. Pidió una simple lápida, pero en vez de esto recibió un elaborado monumento conmemorativo.