El ministerio público y sus presiones privadas, Parte I
Yo no soy un actor y la congregación tampoco es el público. Si se quiere pensar en términos de una representación, lo cierto es que ustedes son los actores, Dios es el público y yo solo soy el apuntador con la tarea de recordarles el texto y la forma en que deben ejecutar la obra que Dios les ha entregado. Recordar eso alivia gran parte de la presión sobre el predicador.
Nota: Este artículo no trata la depresión clínica, una patología que precisa de tratamiento médico.
Tras hacer un elenco aleccionador de todas sus pruebas, castigos, azotes, privaciones y fatigas, Pablo pasa a hacer su famosa afirmación de 2 Corintios 11:28: “Y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias”.
El término “preocupación” se deriva probablemente de una raíz que significa desgarramiento, algo que tira en distintas direcciones. Pablo se sentía desgarrado y presionado por los problemas de las iglesias. Pero gracias a otros pasajes del Nuevo Testamento sabemos que se enfrentaba a muchos otros problemas. Le angustiaba sobremanera la impiedad reinante en la sociedad: la idolatría de Atenas. Gracias a 1 Corintios 7 sabemos que era muy consciente de las distracciones y la angustia que podían ocasionar el matrimonio y las relaciones familiares, por lo que expresó su preferencia personal por la soltería, aunque no cabe duda de que tampoco este estado estaba exento de problemas. Asimismo Pablo, como cualquier cristiano sensible, era consciente de sus propios pecados. “¡Miserable de mí!” decía, y se declaraba el “primero de los pecadores”. “¿Cómo puedes tener la arrogancia de encaramarte a un púlpito?”, nos dice el diablo burlonamente. También sabemos que en una cultura arrogante que se mofaba de Jesucristo, Pablo tuvo que animar a Timoteo su ahijado para que no se avergonzara del Evangelio. Es indudable que también Pablo sufrió esa tentación. Pablo debió de sentirse muchas veces solo y olvidado en su encarcelamiento: menciona a Timoteo que Onesíforo tuvo que buscarle “solícitamente” hasta hallarle en una de las míseras prisiones de los bajos fondos de Roma. Podemos imaginar a Onesíforo inquiriendo en la recepción. “¿Pablo qué?”, responden. “No me suena de nada”, un paria anónimo perdido en una maquinaria burocrática descarnada. ¿Te has sentido así alguna vez? Pablo había recibido críticas desde las iglesias: “Tu ministerio es demasiado riguroso, y no has venido a visitarnos como prometiste”, decían los corintios. Pablo sabía lo que era perder miembros de su congregación, y ver cómo sus colaboradores le traicionaban y se convertían en falsos maestros. Y las persecuciones no eran lo único. Muchos ministros se enfrentan a problemas persistentes y debilitantes que son patrimonio específico suyo. Para Pablo era el “aguijón en la carne” que menciona en el capítulo 12:7, puede que alguna enfermedad dolorosa y vergonzante o quizá algo distinto. Oró con frecuencia para ser despojado de él, pero nunca se le concedió. Somos el objetivo de Satanás, y todas estas cosas y muchas más son motivo de preocupación y pueden llevarnos a una espiral depresiva y a la parálisis en nuestro ministerio. Este mundo es un mundo caído y la presión es consustancial al ministerio cristiano. Para Pablo era una realidad cotidiana. La pregunta es: ¿cómo enfrentarse a ella?
Quisiera hacer solamente dos cosas. En primer lugar consideraremos someramente la forma en que el mundo nos anima a resolver nuestros problemas. En segundo lugar, consideraremos la forma en que la Palabra de Dios nos dice que respondamos a las presiones.
El mundo contemporáneo: la cultura de la terapia
La sociedad y la época en que vivimos tienen una mayor influencia en nosotros de lo que quizá imaginemos.
Si leemos 2 Corintios veremos que una de las cosas más sorprendentes es la extremada renuencia de Pablo a hablar de sí mismo. El trasfondo de 2 Corintios es el de un ataque a las credenciales de Pablo como apóstol y ministro de Cristo. Vemos cómo hay falsos maestros que desean ocasionarle problemas y hacerse con la iglesia. Se les califica de “súper-apóstoles”, que impresionan a los crédulos, se jactan de su poder espiritual y de tener revelaciones y facultades celestiales para resolver todos los problemas. En contraste, a Pablo se le descalifica como alguien que solo tiene problemas, que hace la vida imposible a los demás y que ha faltado a su promesa de volver a Corinto. Pablo se ve obligado, pues, a defenderse y hablar en su favor. Pero no es algo que le guste.
Comoquiera que sea, vivimos en una atmósfera muy distinta de la actitud humilde de Pablo. Nuestra época ha recibido el apelativo de “el siglo del ego”. Nos centramos en nuestras emociones y no paramos de hablar de nosotros mismos. El hincapié en el ego y en “sentirse bien con uno mismo” es una característica distintiva del mundo occidental contemporáneo (cf. 2 Timoteo 3:2,5). Lo sustenta el “ateísmo tácito” de nuestra sociedad y va de la mano con la transición desde el mundo racionalista moderno a una cosmovisión posmoderna. Sin un Dios, sin un sentido general, nuestro mundo carece de un hilo argumental, no hay ninguna fe o ideología por las que valga la pena vivir, por lo que vivir para uno mismo y para sentirse bien consigo mismo es el único sentido posible para la vida. Los sentimientos lo son todo. Términos como “bueno” y “malo” se redefinen como categorías emocionales, no morales. Lo “bueno” es lo que te hace sentir bien, etc. Y esta actitud tiñe toda la forma en que nuestra sociedad responde ante el dolor y los problemas. Esto es completamente distinto de Pablo y de la “ética protestante” del trabajo duro, el sacrificio y la humildad como virtudes.
La medicina y la atención médica ha progresado paralelamente a este hincapié en las emociones, y en los últimos cincuenta años hemos asistido al surgimiento de lo que se ha dado en llamar la “cultura de la terapia”. Todo el negocio de la psicología de bolsillo, el asesoramiento y la terapia ha florecido con miras a ayudar a las personas a manejar sus emociones y “sentirse mejor consigo mismas”. Esto conlleva muchos problemas graves. Pero a efectos de este estudio señalaremos que el problema consiste en que la “cultura de la terapia” tiende a considerar a las personas desde una perspectiva psicológicamente determinista: eres aquello en lo que te ha convertido tu educación, tus circunstancias y tu herencia genética. Ahora bien, esto nos conduce a algunas contradicciones extrañas en lo más profundo del concepto que tienen las personas de sí mismas. Como ideal, siguen considerando al ser humano maduro como un agente libre que se expresa a sí mismo y toma sus decisiones sin trabas. Pero al mismo tiempo, nuestros problemas emocionales—como la ira o la depresión—se atribuyen a influencias que suelen escapar a nuestro control, por lo que no somos agentes libres en absoluto. Y este enfoque tiene la trágica tendencia a empujar a las personas a verse a sí mismos como víctimas impotentes. En un estudio acerca de las influencias culturales de la actualidad podemos leer que “el aumento del victimismo, una disminución en las expectativas con respecto a la competencia y la capacidad humanas y una creciente confianza en la intervención terapéutica tienen como consecuencia el menoscabo del yo, lo que acentúa la fragilidad y la vulnerabilidad humanas”.
En otras palabras, cuando afrontamos problemas y penurias, la influencia dominante de nuestra cultura será animarnos a considerarnos vulnerables y lastimados, y a compadecernos de nosotros mismos. Ahora bien, quizá no comulguemos personalmente con la teoría que hay detrás de esta “cultura de la terapia”, puede que hasta la rechacemos. Pero empapa de tal forma la atmósfera de nuestra sociedad, apela de tal modo a nuestras naturalezas pecadoras y egocéntricas, que influye en nosotros más de lo que creemos. El propósito de hacer que todo el mundo se sienta bien da la impresión de que la vida debería ser perfecta, de que no deberíamos tener problemas. Pero eso puede alimentar el enfado ante el hecho de que tengamos problemas. Por otra parte, el enfoque determinista general, que tiene el efecto de trasladar la culpa y decirnos que en última instancia no tenemos la culpa de nuestros problemas, nos hace sentir atrapados, víctimas de unas circunstancias de las que jamás podemos escapar. Me parece la receta perfecta para la depresión.
Ahora bien, la forma en que nos vemos a nosotros mismos, los términos en que nos concebimos, tiene un efecto en nuestra resistencia ante las dificultades. Esa es la acertada premisa en que se basa toda la propaganda bélica: desmoralizar al enemigo. A la hora de enfrentarnos a los problemas y las dificultades, la cultura de la terapia estimula en nosotros el concepto propio de víctimas vulnerables e impotentes. Esto no tiene nada que ver con la forma en que Pablo desea que nos veamos. Recordemos los tres ejemplos a imitar que presenta a Timoteo para enfrentarse a momentos difíciles en el ministerio (2 Timoteo 2:3-7). Buenos soldados, ¡los soldados reciben heridas en la batalla! ¡Un atleta debe esforzarse hasta el dolor! ¡Un labrador no espera obtener resultados inmediatos de las semillas que plantó el día anterior! […]
Ahora bien, no digo que el Señor Jesucristo no se compadezca de nosotros en nuestras penurias y nuestras dificultades. Lo que afirmo es que, si permitimos que se apodere de nosotros, la cultura de la terapia de hoy día erosionará nuestras defensas, nos convertirá en pusilánimes, en personas irritadas y quejumbrosas. Nos empequeñecerá como seres humanos y como ministros cristianos. Temo que este problema se esté apoderando de las iglesias.
Una encuesta muestra que el 38% de los pastores de Gran Bretaña se sienten “abrumados por las exigencias de los cuidados pastorales”. Bien, si tenemos una congregación de personas en que todo el mundo se compadece de sí mismo y se siente una víctima vulnerable, las exigencias al pastor serán cada vez mayores; y si él también se compadece de sí mismo y se siente una víctima vulnerable, ya tenemos todas las papeletas para el desastre. La Convención Bautista del Sur de EEUU celebrada en septiembre de 2002 calculaba que la tercera parte de los obreros y los pastores de sus 62 000 iglesias bautistas “estaban deprimidos por las elevadas exigencias de sus trabajos”. Bueno, no es motivo de sorpresa en una cultura de la terapia como la nuestra.
¿Y qué sucede con nosotros? Una de las mayores preocupaciones hoy día es el escaso número de jóvenes que se ordenan como ministros en las iglesias evangélicas independientes. ¿A qué se debe esto? ¿Se desaniman los jóvenes porque los ministros mayores somos un puñado de quejicas que no hacen más que dar la impresión de que el ministerio cristiano es un trabajo que nos abruma, en lugar de una fuente de gozo?
Esta lectura es un extracto de un artículo publicado en Nueva Reforma por Editorial Peregrino. El artículo es una traducción por Editorial Peregrino de una conferencia por el autor. Es publicado aquí con permiso. Esta es la primera de dos partes.