Las batallas libradas por Spurgeon II
Jonathan Watson
La segunda batalla principal librada por Spurgeon se centraba en el seguimiento de la influencia católica romana en la Iglesia oficial. En 1864, predicó un sermón titulado “La regeneración bautismal” en el que afrontaba varias cuestiones importantes. Subrayaba el rápido avance del papismo en la Iglesia de Inglaterra y atribuía su progreso a la actitud engañosa de los que profesaban una fe en que no creen con objeto de ingresar en el ministerio de la Iglesia. Pero Spurgeon también atribuyó el surgimiento del papismo al “tipo de error conocido como la regeneración bautismal y llamado comúnmente Puseyismo, que no sólo es Puseyismo sino “Iglesia-de-Inglaterrismo”, porque está en el Libro de Oración de una manera tan clara como puede expresarse con palabras: tenéis esta regeneración bautismal preparando pasaderas para facilitar que la gente vaya a Roma. Sólo tengo que abrir un poco los ojos para prever al romanismo rampante en todas partes en el futuro, puesto que sus gérmenes se están extendiendo por todas partes en el presente”.
Debemos ver el sermón de Spurgeon de 1864 sobre el telón de fondo del Movimiento de Oxford, también conocido como el Movimiento Tratadista y motejado como Puseyismo (por uno de sus líderes, E.B. Pusey). Este movimiento comenzó en Oxford en 1833, sólo veinte años antes. La posición del Movimiento, que fue formulada por John Henry Newman (1801-1890), el erudito párroco de la Iglesia de Santa María de Oxford, juntamente con otros hombres de Oxford, se basaba en la misma definición de la iglesia que los defensores del papismo instaron contra los reformadores en el siglo XVI.
“El Señor Jesucristo dio su Espíritu a sus apóstoles; ellos, a su vez, impusieron sus manos a quienes les habían de suceder, y éstos asimismo a otros, y así el sagrado don ha sido transmitido a nuestros actuales obispos, que nos han designado como sus asistentes y, en un sentido, como sus representantes” (Tratado número 1).
En otras palabras, la autoridad apostólica continúa en el episcopado, y sólo del episcopado depende la validez de otros clérigos y el derecho de administrar los sacramentos. Donde no hay obispos, pues, no puede haber un ministerio designado por Cristo, y si no hay ministerio no puede haber Iglesia ni salvación. Esta enseñanza de la sucesión apostólica no era sólo cuestión de gobierno de la Iglesia: implicaba toda la cuestión de la salvación. Pretendía que la gracia se transmitía mediante una serie de actos ministeriales—bautismo, confirmación, santa comunión—, y la certeza de que estos actos tienen la bendición de Cristo es que son realizados por los legítimos sucesores de sus apóstoles. Este Movimiento de Oxford era una verdadera amenaza contra el concepto nacional protestante de la Iglesia de Inglaterra. Fue descrito por el entonces obispo de Oxford como “el movimiento más notable, que, al menos por tres siglos, ha tenido lugar entre nosotros”. Y como la historia ha demostrado, el tratadismo ha transformado radicalmente todo el concepto de la Iglesia Nacional. Si bien los Tratados no lo decían al principio, si su enseñanza era verdad, entonces la separación de la Iglesia inglesa ( que tuvo lugar en la Reforma), no debería mantenerse permanentemente. ¿Cómo podría justificarse la posición de la Iglesia inglesa aparte del hecho de que sus obispos descendieran legítimamente de la gran Iglesia católica del período medieval de la historia? A la luz de esto, W.E. Gladstone no debiera haberse sorprendido cuando en 1842 un simpatizante del Movimiento de Oxford le dijo confidencialmente que la esperanza final era la reconciliación con Roma. Sin embargo, algunos sacerdotes tratadistas de la Iglesia de Inglaterra no podían esperar a que llegara la esperanza final, por lo que después de haber esparcido perniciosamente su veneno doctrinal, se saltaron el muro para ir al redil del papa. John Henry Newman fue uno de tales conversos, y por sus esfuerzos fue hecho cardenal muchos años después.
Así que en 1864, en este gran sermón de Spurgeon, ¿qué demandaba el ministro del Tabernáculo Metropolitano? Claramente demandaba acción:
“Es imposible que la Iglesia de Roma no se extienda, mientras nosotros, que somos los perros guardianes del redil, guardemos silencio, y otros estén allanando el camino suavemente y haciéndolo tan blando y liso como les es posible para que los conversos puedan viajar hacia el más profundo infierno del papismo. Queremos que vuelva John Knox. No me habléis de hombres apacibles y benévolos, de modales suaves y remilgados; queremos al fogoso Knox, y aunque su vehemencia destroce nuestro púlpito, estaría bien con tal que incitara nuestros corazones a la acción.”
Spurgeon también demandaba poner fin a toda amistad con una Iglesia que tolera o, en el peor de los casos, admite la herejía dentro de su redil. Tres semanas después del sermón sobre la regeneración bautismal, predicó un sermón en la misma línea titulado: “Vayamos adelante”, en el que dijo:
“Veo delante de mí ahora una Iglesia que tolera la verdad evangélica en su comunión, pero que al mismo tiempo abraza amorosamente al Puseyismo y tiene sitio para infieles y hombres que niegan la autenticidad de la Escritura. No es tiempo para hablar de amistad con una corporación tan corrupta. Los piadosos en medio de ella se engañan si piensan moldearla par que tenga una forma más agraciada…”
Lo que Spurgeon demandaba, en tercer lugar, era que los piadosos se separaran de una corporación tan antibíblica. El deber de los creyentes en tal situación era el de “salid de ella y dad testimonio de la verdad”. Lo que retenía a los hombres en una iglesia apóstata, continuó diciendo, era el no estar dispuestos a pagar el precio de estar “fuera del campamento”. En algunos casos, quizá muchos, la acusación era cierta, pero lo alarmante y ofensivo era que Spurgeon la hacía en términos universales. Afirmaba ser deshonesto el que cualquier evangélico ejerciera un ministerio de bautizar a todos los infantes y enterrar a todos los muertos según los términos del Libro de Oración Común, porque tales prácticas sólo podían reconciliarse con los principios del Evangelio esquivando el sentido natural de las palabras, y esto representa no estar dispuesto a confesar toda la verdad.
¿Cuál fue la reacción a los golpes de Spurgeon contra el surgimiento del papismo en la Iglesia de Inglaterra? Loa anglo-católicos, si bien estaban encontrados con Spurgeon en casi todos lo temas, estaban sin embargo, de acuerdo con sus opiniones de que el Libro de Oración enseñaba su apreciada doctrina de la regeneración bautismal. Sobre esta única cuestión no tenían ninguna disputa con Spurgeon.
Los evangélicos, sin embargo, rehusaban aceptar la acusación de Spurgeon de que el Libro de la Oración enseñaba una teología sacramental. Básicamente, argumentaban que el Libro de la Oración debe ser interpretado y entendido a la luz de los Treinta y Nueve Artículos de Fe. Puesto que los Artículos condenaban sin ambages la salvación mediante los sacramentos, los evangélicos estaban convencidos de que no era posible que el Libro de la Oración enseñase lo contrario a los Artículos de Fe.
Los evangélicos estaban también terriblemente frustrados y enojados por la acusación que hacía Spurgeon de deshonestidad y contemporización. Esta acusación les ofendía muchísimo. Los evangélicos dentro del anglicanismo argumentaban que cualquiera que fuese el sentido plausible o aparente de las palabras en el culto bautismal, estaban convencidos de que los compiladores del Libro nunca tuvieron la intención de dar a entender que cada administración del sacramento fuera acompañada por la influencia salvífica del Espíritu. (un dogma negado por el Artículo 25). El significado era sólo que la ordenanza se convertía en un medio de gracia (no necesariamente en el momento de administrarse) para aquellos que la recibían correctamente. El fundamento para bautizar a los infantes, argumentaban, era mediante la posición en el pacto de los padres creyentes y era con respecto a tales hijos, según los evangélicos de la Iglesia de Inglaterra, que se suponía caritativamente que serían recipientes de la gracia de la regeneración.
Ahora bien, ¿qué diremos de Spurgeon en esta gran controversia? Si bien Spurgeon puede haber sido imprudente al atribuir motivos indignos a todos los que, aunque fueran evangélicos, aceptaran el culto del Libro de Oración, sin embargo sus argumentos son de mucho peso y sus conclusiones no debieran haber sido esquivadas. Porque hay que tener en cuenta al menos dos importantes hechos:
1. Hay evidencia para indicar que un cierto número de los implicados en la formulación del Libro de Oración de 1552 sí creían que el bautismo infantil tenía eficacia al tiempo de su administración, y es muy difícil negar que esta creencia se enseña en el Catecismo.
2. El fundamento para la administración del bautismo de niños no se especifica en el Libro de Oración en términos de las promesas del Pacto a padres creyentes. Por supuesto, se puede responder que los compiladores del Libro de Oración suponían la posición cristiana de quienes lo utilizaban, pero tal suposición sería extraordinaria cuando tenemos en cuenta que el Libro de Oración tenía el propósito de ser impuesto en todo el país en un tiempo cuando la mayoría de las personas en las parroquias inglesas estaban lejos de ser cristianas. Además, los Cánones de la Iglesia, en respuesta al intento de los Puritanos de introducir la disciplina en la administración del bautismo, requería explícitamente que “ningún ministro rehusará o demorará bautizar a ningún niño, según el formulario del Libro de Oración Común, que le sea traído a la iglesia en domingo o días festivos para ser bautizado”.
Cuando se considera el peso conjunto de estos dos puntos, resulta bastante fuerta contra el intento de defender la práctica del bautismo infantil según se autoriza en los Formularios de la Iglesia de Inglaterra, y da pie para preguntar si los evangélicos que se someten a un juramento en su ordenación que contiene la declaración de que el “libro de Oración Común no contiene nada que sea contrario a la Palabra de Dios” no han comprometido su posición. En los veintiocho años restantes, Spurgeon no se desvió de lo que había enseñado acerca de la Iglesia Estatal en 1864.
Probablemente, lo más significativo acerca de la gran controversia de 1864 fue su triple naturaleza.
1. Mostró que el Movimiento Anglo-Católico originado por loso tratadistas no tendría que requerir la solidaridad protestante en su marcha hacia delante, puesto que la creciente armonía entre los evangélicos que caracterizaba el comienzo del siglo había dejado ciertas cuestiones denominacionales sin resolver.
Las pretensiones tratadistas hicieron forzosamente prominentes estas diferencias subyacentes, separando así una vez más a los feligreses evangélicos de los independientes.
2. A los ojos de los evangélicos en la Iglesia oficial, las acusaciones de Spurgeon en 1864 prestaron servicio a la causa del papismo porque debilitaron la fe en los formularios de la Iglesia nacional en un tiempo en que esos mismos formularios—particularmente la doctrina de los Treinta y Nueve Artículos— estaban siendo ya atacados por los anglo-católicos.
3. Spurgeon, por otra parte, argumentaba que era sólo desde fuera de la Iglesia oficial que se podía mantener una posición eficaz contra Roma, pues los feligreses evangélicos estaban ya contemporizando en la lucha mediante juramentos en la ordenación que exigían aquiescencia en prácticas antibíblicas.
Cualesquiera debilidades personales pueda haber mostrado Spurgeon en esta controversia, no es justo acusarle, como se hizo en su tiempo, de fanatismo. Su preocupación global era el futuro del protestantismo; no tenía mala voluntad hacia los clérigos evangélicos de la Iglesia Anglicana, ni tenía paciencia con el independentismo por el independentismo. Y en el clímax de la controversia, nunca abandonó su convicción de que la mayor necesidad de Inglaterra era la predicación de todo el consejo de Dios. Esta era la manera designada por Dios para producir la reforma. Cuando se sintió llamado a advertir a los evangélicos que estaban el la Iglesia estatal, no fue por ningún deseo de marcarse un tanto en el debate público, e inevitablemente mantuvo un deseo de cooperación y unidad con tales hombres.
“Nunca podré olvidar a los muchos hombres buenos y fieles que permanecen en la Iglesia, ni tampoco puedo cesar de orar por ellos. Hacia estos hermanos, como fervientes adherentes y propagandistas de la verdad evangélica, abrigo el afecto más sincero…Que tal providencia de Dios y el poder del Espíritu Santo hagan más claro el camino a la comunión visible de los creyentes.”
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