Las batallas libradas por Spurgeon I
Jonathan Watson
El 31 de enero de 1892, a las 11:05 de la noche, Charles Haddon Spurgeon pasó de las labores, trabajos y batallas de esta vida terrenal al eterno descanso del Señor Jesucristo, el Maestro a quien sirvió tan fielmente desde los 15 años de de edad. Una semana después, el féretro con los restos mortales estaba en la capilla ardiente del Tabernáculo Metropolitano de Londres. Una sencilla inscripción en el féretro decía: “En amante memoria de Charles Haddon Spurgeon. Nacido en Kelvedon, 19 de junio de 1834. Durmió en Jesús el domingo 31 de enero de 1892. ‘He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe’.” Estas palabras no fueron inscritas en el féretro por deseo de Spurgeon, sino a petición de quienes le amaron y conocieron mejor. ¡Y qué epitafio tan significativo representaban de toda la vida y ministerio de Spurgeon! Nos hablan de batallas libradas en una Guerra Santa: “He peleado la buena batalla”. Nos hablan de una constancia firme y perseverante: “He acabado la carrera”. Y nos hablan de una adhesión leal a las verdades del glorioso Evangelio del Dios bendito: “He guardado la fe”.
¡Qué terriblemente equivocado, injusto y engañoso sería si sólo miráramos la maravillosa historia de la vida de Spurgeon, o nos centráramos en él, el Gran Maestro del Púlpito, como el ganador de almas por excelencia! Sí, Spurgeon vivió una vida muy remarcable durante un período muy importante en la historia de Inglaterra. Sí, Spurgeon ha sido justamente descrito como el “Príncipe de los Predicadores”. Sí, Spurgeon fue, por la gracia de Dios, un poderoso Ganador de Almas. ¡Pero detenerse ahí es no ver el Hombre que realmente fue! Este Charles Haddon Spurgeon fue un buen soldado del Señor Jesucristo quien, durante un prolongado ministerio, ¡supo lo que era sufrir penalidades por su Comandante en Jefe!
En esta serie de artículos echaremos un vistazo a las Batallas libradas por Spurgeon. Y lo haremos de tal manera que saquemos provecho de nuestro bosquejo de este importante aspecto de la vida y obra de Spurgeon. Las Escrituras nos mandan en Hebreos 13:7: “Acordaos de vuestros guías, que os hablaron la palabra de Dios, y considerando el resultado de su conducta, imitad su fe.”
Cuando Spurgeon llegó a ser el pastor de la famosa y antigua Iglesia Bautista de New Park Chapel Street de Southwark (Londres), a la edad de 19 años, se vio pronto atacado por todas partes. Después de un breve espacio de tiempo, la antigua y apurada iglesia experimento nueva vida y vigor. El Señor había visitado a su pueblo y bendecido su testimonio y la fiel predicación del Evangelio por parte de su pastor. El edificio se llenaba hasta los topes; se hacían ampliaciones, pero el local de reuniones ampliado era demasiado pequeño para recibir a los miles de londinenses que acudían a oír a Charles Spurgeon. Para acomodar a las multitudes, la iglesia comenzó a alquilar grandes salones públicos para sus cultos los domingos y jueves por la tarde. En el Exeter Hall, en el Strand, ¡5,000 personas se apretujaban para oír las palabras por las cuales pudieran ser salvos! Los que no podían entrar eran otros tantos, ¡y pasaban la tarde obstruyendo el tráfico en el West End de Londres! En 1856, en el Royal Surrey Gardens Music Hall, 10,000 personas acudían a cada culto para oír el mensaje del Salvador crucificado. Con el paso del tiempo, no disminuían las multitudes que deseaban oír a aquel “muchacho predicador de los pantanos”. Ahora bien, fue por esta conmoción que se creó en la capital del Imperio Británico por lo que el predicador y su mensaje se convirtieron en uno de los principales puntos de atracción de la sociedad victoriana. ¡Y no pasó mucho tiempo antes que Spurgeon y su mensaje fueran pública y vigorosamente atacados en los periódicos y púlpitos de Inglaterra!
¿Qué provocó los ataques? Bueno, evidentemente, siendo la naturaleza humana lo que es, se suscitaron grandes sospechas y celos al ver los pastores y otros líderes cómo este joven David se llevaba a miles de personas tras de sí. Después de todo, ¿no era un advenedizo desconocido, un mero muchacho? ¿Qué sabía él? Otros criticaban su trasfondo, su apariencia y acento provincianos, su forma de hablar, que era demasiado coloquial, familiar y llana para el refinamiento que se esperaba de una congregación de Londres. Era menospreciado por no tener una educación ministerial. Sin embargo, aunque se decían todas estas cosas en contra de Spurgeon, no nos equivoquemos acerca de la razón principal por que Spurgeon era vilipendiado. Era atacado a diestra y a siniestra por predicar lo que él llamaba “el antiguo Evangelio de los reformadores, los puritanos y George Whitefield. Su Evangelio era “pleno y libre”. Declaraba todo el consejo de Dios, y no retenía nada de lo que el Señor había revelado. Pero su osado mensaje de gracia salvífica no contaba con el favor de la iglesia de los tiempos de Spurgeon.
La Iglesia, en general, era demasiado elegante, demasiado respetable, demasiado en paz con el mundo, para aceptar o aun tolerar a esta nueva maravilla del púlpito. La recepción que Spurgeon tuvo en general se ve en este extracto de un periódico de Sheffield:
Justamente ahora, el gran león, estrella, meteoro o lo que se pueda llamar, de los bautistas, el Rvdo. Sr. Spurgeon…ha creado un verdadero furor en el mundo religioso. Cada domingo, las multitudes llenan el Exeter Hall, como si fuera un gran espectáculo dramático. El enorme salón está lleno hasta los topes con un emocionado auditorio, cuya buena fortuna en conseguir entrada es a menudo envidiada por los cientos fuera que se amontonan ante las puertas cerradas…El Sr. Spurgeon se predica a sí mismo. No es más que un actor: a menos que exhiba esa impudicia sin par que es su gran característica, permitiéndose una grosera familiaridad son las cosas santas, declamando en un estilo vociferante y coloquial, pavoneándose de un lado a otro de la tribuna como si estuviera en el Teatro de Surrey, y jactándose de su propia intimidad con el cielo con una frecuencia de da náuseas…Pareciera que el cerebro de este pobre joven se ha trastornado con la notoriedad que ha adquirido y el incienso ofrecido en su santuario…Hay que reconocer que el Sr. Spurgeon no recibe apoyo o ánimo de la jerarquía de su denominación…Es una estrella fugaz, un cometa que ha surgido de repente en la atmósfera religiosa. Ha subido como un cohete, y dentro de no mucho bajará como un madero.
¿No se ve el puro antagonismo contra el ministerio de Spurgeon? El ataque se centra mucho en el estilo de Spurgeon. Pero detrás de esta severa crítica del hombre y su manera de predicar, había una gran antipatía hacia el mensaje predicado. Y podemos entender por qué era así cuando tomamos en cuenta cuidadosamente las palabras de John Anderson, el pastor de la Iglesia Libre de Escocia en Helensburgh, que visitó el Tabernáculo ocasionalmente y llegó a ser íntimo de Spurgeon:
El Sr. Spurgeon es un calvinista, lo que pocos de los pastores disidentes en Londres son. Predica la salvación, no el libre albedrío del hombre sino la buena voluntad del Señor, lo cual es de temer que pocos hacen en Londres.
Esta es la razón por que, como notaba el periódico de Sheffield, “el Sr. Spurgeon no recibe apoyo o ánimo de la jerarquía de su denominación”. Las grandes doctrinas del Evangelio de la gracia de Dios, que fueron la dieta cotidiana de los creyentes en Inglaterra durante la Reforma y los períodos puritanos, y luego nuevamente en el Avivamiento del siglo XVIII, ha sido ahora desechada o dejada a un lado. El antiguo Evangelio ha sido reemplazado por un evangelio más amable y suave, menos ofensivo que tenga los filos embotados: ¡una píldora más dulce preparada para un consumo más fácil! Spurgeon había visto lo que había ocurrido, y dijo en su propio estilo inimitable:
La doctrina de la gracia ha sido arrojada al trastero. Se la reconoce como verdadera pues es confesada en los Credos; está en los Artículos de la Iglesia de Inglaterra; está en las Confesiones de todas clases de iglesias protestantes, excepto aquellas que son abiertamente arminianas; pero ¡qué poco es predicada! Está puesta entre las reliquias del pasado. Se la considera como una especie de respetable oficial retirado, de quien no se espera que realice ningún servicio activo más.
¡Pero Spurgeon estaba decidido a encomendarle a este “respetable oficial retirado” una nueva comisión de servicio activo! ¿Por qué iba a hacerlo? Porque su valoración de la situación religiosa era que la Iglesia estaba siendo tentada con “un arminianismo al por mayor”, y creía con todo su corazón que su necesidad básica no era simplemente más evangelización, ni un más santidad (en primer lugar), sino un retorno a las plenas verdades de las doctrinas de la gracia: que por conveniencia estaba dispuesto a llamar calvinismo. Esta claro que Spurgeon no se consideraba simplemente un evangelista, sino también un reformador cuyo deber era “dar más prominencia en el mundo religioso a aquellas antiguas doctrinas del Evangelio”. Escuchemos las palabras de uno de sus sermones, y captemos su visión y fuerte sentido de propósito y llamamiento:
La antigua verdad que predicó Calvino, que predicó Agustín, que predicó Pable, es la verdad que yo debo predicar hoy, o por el contrario ser un traidor a mi conciencia y a mi Dios. No puedo moldear la verdad; no conozco tal cosa como embotar los filos de una doctrina. El Evangelio de John Knox es mi Evangelio. Aquello que tronó en toda Escocia debe tronar en Inglaterra de nuevo.
Estas palabras nos llevan de vuelta a su ministerio en New Park Street; hay un celo reformador y un fuego profético en este hombre que, sin bien despertó a muchos, encendió en otros la ira y la hostilidad. Spurgeon habló como un hombre convencido de saber la razón para la ineficacia de la Iglesia, y aunque tuviera que decirlo solo, no estaría callado:
Ha surgido en la Iglesia de Cristo la idea de que hay muchas cosas enseñadas en la Biblia que no son esenciales; que podemos alterarlas un poquito para amoldarse a nuestras conveniencias: que siempre y cuando tengamos razón en lo fundamental, lo demás no debe preocuparnos….Pero sabed esto, que la más mínima violación de la ley divina acarrea juicios a la Iglesia, y ha acarreado juicios, a aun en este día está deteniendo la mano de Dios de forma que no nos bendiga…La Biblia, toda la Biblia y nada más que la Biblia es la religión de la Iglesia de Cristo. Y hasta que no volvamos a eso, la Iglesia tendrá que sufrir… ¡Ah, cuántos ha habido que han dicho: “Los antiguos principios puritanos son demasiado ásperos para estos días; los cambiaremos, los bajaremos un poco de tono”! ¿De qué va usted, señor? ¿Quién es usted para atreverse a tocar una sola letra del libro de Dios que Dios ha cercado con truenos?…Es terrible cuando nos ponemos a pensar en ello, que los hombres no se formen un juicio adecuado acerca de la Palabra de Dios; que el hombre deje un solo punto en ella sin escudriñar, un solo mandato sin estudiar, para no descarriar a otros, mientras que nosotros mismos desobedecemos a Dios…
Nuestras victorias en la Iglesia no han sido como las victorias de los tiempos antiguos. ¿Por qué es esto? Mi teoría para explicarlo es está. En primer lugar, la ausencia del Espíritu Santo de nosotros en gran medida. Pero si vamos a la raíz para saber la razón, mi otra respuesta más completa es está: la Iglesia ha abandonado su pureza original y, por tanto, ha perdido su poder. Si una vez que hayamos terminado con todo lo erróneo, si por la voluntad unánime de todo el cuerpo de Cristo, toda ceremonia malvada no ordenada en la Escritura fuera cortada y desechada; si se rechazara toda doctrina que no esté sostenida por la Santa Escritura; si la Iglesia fuera pura y limpia, su senda sería hacia delante, triunfante, victoriosa…
Esto puede parecernos intranscendente, pero realmente es una cuestión de vida o muerte. Yo suplicaría a todo cristiano: piénsalo bien, mi querido hermano. Cuando algunos de nosotros predicamos el calvinismo, y otros el arminianismo, los dos no podemos tener razón; es inútil intentar pesar que sí: “Sí” y “No” no pueden ser ambos verdad…La verdad no oscila como el péndulo que se mueve de un lado a otro. No es como un cometa, que está aquí y allí y en todas partes. Uno debe tener razón; el otro debe estar equivocado.
Este elemento reformador al principio del ministerio de Spurgeon sólo puede ser correctamente entendido si vemos sus convicciones a la luz de la desviación doctrinal de la época. El creía que Dios le había llamado para abogar por un avivamiento del antiguo evangelicalismo calvinista que en tiempos había predominado en Inglaterra. Por ser esta convicción tan central al principio de su ministerio en Londres, de mayor, al escribir su Autobiografía (2 vols. impresos) insertó un capítulo que cubría este período titulándolo: “Una defensa del calvinismo”. Y en una carta a un pastor bautista—Charles Spiller—escribe: “Mi posición como pastor de una de las iglesias más influyentes, me capacita para hacerme oír, y mi trabajo cotidiano es avivar las antiguas doctrinas de Gill, Owen, Calvino, Agustín y Cristo…A Dios todo el honor: por su Nombre puedo soportar la deshonra, pero tengo que proclamar la verdad.”
Spurgeon, pues, no tenía ninguna duda de que era debido a este fuerte mensaje y su intento de avivar el antiguo Evangelio de la gracia de Dios que se suscitó una oposición tan tremenda contra él. “Se nos tilda de hipercalvinistas; se nos considera nos considera la escoria de la creación; apenas algún pastor nos mira o habla de nosotros favorablemente, porque sostenemos opiniones fuertes acerca de la soberanía de Dios y sus divinas elecciones y amor especial hacia su propio pueblo.”
Antes de dejar esta primera batalla librada por Spurgeon, mencionemos brevemente las razones doctrinales por que se opuso tan vigorosamente a este sistema de pensamiento conocido como “arminianismo”.
1) Spurgeon sostuvo que el arminianismo no afecta meramente unas pocas doctrinas que pueden separarse del Evangelio, sino que implica toda la unidad de la revelación bíblica y afecta nuestra idea de todo el plan de la redención en casi cada punto. Considera la ignorancia del contenido pleno del Evangelio como una causa principal del arminianismo, y los errores de ese sistema, pues, impiden que los hombres, compredan la total unidad de las verdades bíblicas y las perciban en sus verdaderas relaciones y en su orden correcto. Spurgeon creía que el arminianismo trunca la Escritura y milita contra esa saludable idea que es necesaria para la gloria de Dios, la exaltación de Cristo y la estabilidad del creyente.
Tomad cualquier condado en Inglaterra, y encontraréis pobres hombres poniendo cercas y cavando cunetas que tienen un mejor conocimiento teológico que la mitad de los que provienen de academias y colegios, por la sencilla razón de que estos hombres han aprendido primero en su juventud el sistema del que la elección es el centro, y han hallado posteriormente que su propia experiencia concuerda exactamente con él. Han construido sobre ese buen fundamento un templo de santo conocimiento, que les ha convertido en padres en la iglesia de Dios…La antigua y buena doctrina de la gracia es un sistema que, una vez que se recibe, raramente se abandona; cuando se aprende correctamente, moldea los pensamientos del corazón, y pone un sagrado sello en los caracteres de los que una vez descubrieron sus poderes.
2) Spurgeon vio que el espíritu del sistema conocido como arminianismo conduce directamente al legalismo, pues si bien el arminianismo evangélico niega la salvación por obras, la tendencia de los errores que sostiene es a elevar la importancia de la actividad del pecador y a dirigir el énfasis ante todo al esfuerzo y voluntad humanos. Este es el resultado lógico de un sistema que considera la decisión humana como el factor crucial para determinar quién se salva, y que representa la fe como algo que cada uno puede ejercitar si así lo escoge. El arminianismo, al hacer girar el amor y la salvación de Dios en torno al cumplimiento de condiciones por parte del pecador, en vez de completamente en torno a la gracia, fomenta un error que no puede ser opuesto demasiado fuertemente.
¿No ves de una vez que esto es legalismo: que esto es colgar nuestra salvación en nuestra obra; que esto es hacer depender la vida eterna de algo que nosotros hacemos? Más aún, la doctrina misma de la justificación, según la predica un arminiano, no es más que la doctrina de la salvación por obras después de todo; pues él siempre piensa que la fe es una obra de la criatura, y la condición de su aceptación. Es tan falso decir que el hombre es salvo por la fe como una obra como que es salvo por las obras de la Ley. Somos salvos por la fe como don de Dios y como la primera muestra de su favor eterno para con nosotros; pero no es la fe como obra nuestra la que salva, de lo contrario somos salvos por obras y no por gracia en manera alguna… ¿Me ama Dios porque yo le amo a Él? ¿Me ama Dios porque mi fe es fuerte? ¡Vamos! Entonces debe de haberme amado por algo bueno en mí, y eso no es según el Evangelio. El Evangelio representa al Señor amando al indigno y justificando al impío y, por tanto, debo desechar de mi mente la idea de que el amor divino depende de condiciones humanas.
3) Spurgeon se mantuvo fuerte contra el arminianismo porque creía que contenía errores que disminuían la gravedad de la posición de los inconversos. El arminianismo no explica plenamente el testimonio bíblico con respecto a la condición de los pecadores y no hace justicia a la terrible extensión de sus necesidades. La escritura nos representa, por naturaleza, no solo como necesitados de la salvación de la culpa del pecado, sino también de un poder omnipotente para resucitarnos de estar “muertos en nuestros delitos y pecados”. No es sólo que hayamos cometido pecados para los que necesitamos una naturaleza pecaminosa que necesita ser rehecha. Ahora bien, el arminianismo predica el nuevo nacimiento, pero lo predica como una consecuencia o acompañamiento de la decisión humana. Representa al hombre como naciendo de nuevo por su arrepentimiento y su fe, como si estas acciones espirituales estuvieran al alcance de su capacidad natural. Spurgeon sintió que esta falsa enseñanza era posible sólo porque subestimaba completamente la total ruina e impotencia espirituales del pecador. La Escritura dice que el hombre natural no puede recibir las cosas del Espíritu, y es por esto por lo que la resurrección divina debe preceder la respuesta humana.
Pecador, pecador inconverso, te advierto que jamás podrás hacerte nacer de nuevo, y aunque el nuevo nacimiento es absolutamente necesario, es totalmente imposible para ti, a menos que Dios el Espíritu actúe…Hagas lo que hagas, en el mejor de los casos hay una división tan ancha como la eternidad entre tú y el hombre regenerado…El Espíritu de Dios debe hacerte nacer de nuevo, “os es necesario nacer de nuevo”. El mismo poder que resucitó a Cristo Jesús de los muertos debe ejercitarse para levantarte de los muertos.
Estas palabras, debe recordarse, no son las palabras de un conferenciante sino de un evangelista y un ganador de almas que anhelaba ver hombres llevados a Cristo (y que vio sus anhelos cumplidos en miles de casos). Para Spurgeon, esto no era una cuestión trivial. Sabía que había un profundo impacto espiritual sobre las conciencias de los oyentes obrado por estas duras doctrinas del Evangelio. Derriban la autosuficiencia hasta que los hombres se hallan desvalidos a los ojos de Dios y la naturaleza desesperada de su estado es inescapable. La gloriosa verdad es que la desesperanza misma del pecador es la que le muestra dónde reside la verdadera esperanza. Minimizar el estado desesperado del hombre—como hace el arminianismo—no es, por tanto, la manera de revelar el esplendor de la esperanza que brilla en el Evangelio. Para una persona que ya no depende de sí misma y que siente la grave maldad de su corazón, no puede haber un mensaje más necesario que el que enseña a mirar y confiar en la libre gracia de Dios. “El gran sistema conocido como “doctrinas de la gracia” lleva, ante la mente del hombre que verdaderamente lo recibe, a Dios y no al hombre. Todo el plan de esa doctrina mira hacia Dios “Volveos a mí y sed salvos, todos los términos de la tierra; porque yo soy Dios y no hay ningún otro.”
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