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Esperanza de resurrección para un mundo de tsunamis Parte I

Alan Dunn

Los existencialistas tienen una palabra que utilizan para denominar la sensación de desconexión, la caída libre en el vacío del sinsentido subjetivo, el desconcierto desorientador de sentirse despegado del resto de las personas, de las cosas y hasta de uno mismo. Esa palabra es “anomia”: ausencia de ley y de orden; caos y confusión causados por la desconexión de todo lo que nos resulta seguro y familiar. Todos los puntos de referencia han desaparecido y la existencia resulta intrínsecamente extraña. Las imágenes que llegan de Japón muestran la anomia mientras la gente deambula por los vecindarios, antes familiares y ahora extraños, cortada de todo punto de conexión. Anomia es la sensación de muerte, la ruptura de las unidades que Dios creó para constituir la estructura de la vida.

¿Tienen algo que decir las Escrituras cuando un terremoto y un tsunami alteran tanto el paisaje de la vida que ya no quedan puntos de conexión con la propia tierra sobre la que caminamos? ¿Qué podemos decir a esas personas que han visto cortada su propia relación con el terreno?

En primer lugar, tenemos que entender que Dios estableció una relación entre nuestro cuerpo y la tierra. Dios creó al hombre a partir del polvo de la tierra y le llamó “Adán”, cuyo significado es: “tierra roja” (Gn 2:7-9, 20). La denominada “buena” creación es aquella en la que Adán está esencialmente unido a la tierra. Está hecho del mismo material. Vive en una relación recíproca y simbiótica de interdependencia mutua con la tierra. Por su esfuerzo, el hombre debía cultivar y cuidar la tierra (Gn. 2:15) y esta le respondería, entregando el sustento necesario para su vida. El hombre no es tal si se le separa de su unión con la tierra. Para que el hombre sea hombre, tiene que haber un cosmos, un mundo físico sobre el cual él tiene dominio. Dios se relaciona con la tierra por medio de la jefatura del hombre; tal y como funcione la relación de Adán con Dios así lo hará la de la tierra con Dios. Pero lo que tenemos que entender es que el hombre no es tal si se le aparta de la tierra. Es tierra roja, suciedad animada hecha del polvo de la tierra: es Adán.

En segundo lugar, debemos comprender el impacto que la Caída tuvo en la relación del hombre con la tierra. Cuando Adán pecó, puso a la tierra bajo la sentencia de la maldición (Gn. 3:17-19). Por gracia, Dios rescató el orden que había creado originalmente, pero la cortante dinámica de la muerte condiciona ahora la relación entre el hombre y la tierra. La tierra fue sometida a vanidad (Ro. 8:20, 21) y aunque por medio de su esfuerzo el hombre sigue consiguiendo su alimento, también recoge espinas y cardos, y va experimentando la disolución física a medida que se va desintegrando su relación con la tierra y vuelve al polvo. Del mismo modo, la tierra es esclava de la corrupción. No se trata de una corrupción moral, sino de la descomposición, entropía, decadencia y putrefacción. Se gastará como un vestido (Is. 51:6). La tierra fue juzgada a través de Adán y la sentencia fue la muerte. Por tanto, desde una cierta perspectiva, los terremotos y tsunamis son una evidencia de la Caída: un mundo roto que se retuerce en la agonía de la muerte; un mundo que está sujeto al destino de su Adán, porque lo que ocurra con Adán, también ocurrirá con la tierra. Adán y su planeta viven o mueren juntos.

En tercer lugar, nos apresuramos a aplicar la gracia de Dios porque esta tierra caída sigue siendo el escenario en el cual se desarrolla el amor redentor de Dios y sus propósitos salvíficos. Inmediatamente después de la Caída, el planeta fue rescatado de la muerte total. Dios intervino y preservó el orden original de la creación, y anunció que enviaría la simiente prometida que debía aplastar la cabeza de la serpiente y liberaría al cosmos caído por la maldición (Gn. 3:15). Esa simiente ha venido. Es Jesucristo: el Dios/hombre encarnado. Su encarnación es crucial para la salvación que elaboró para este mundo de tsunamis.

Jesús nos enseñó a considerar los terremotos y tsunamis no sólo como azotes de juicio, o precursores del gran terremoto que caracterizará al Juicio Final (cf. Ap. 6:12; 8:5; 11:13, 19; 16:18). Jesús también habló de terremotos utilizando una metáfora esperanzadora, aunque dolorosa: la metáfora de una mujer retorciéndose bajo los dolores de parto. Los terremotos son parte de esas cosas que sólo son el comienzo de dolores (Mt. 24:8; Mr. 13:8; cf. Jn. 16:20-21; 1 Ts. 5:3). Con la venida de Jesús, este orden actual de la creación quedó impregnado por la vida de la era venidera y se encuentra en el angustioso proceso de dar a luz aquello que Jesús denomina la regeneración (Mt. 19:28; cf. Hch. 3:21): la renovación de esta creación caída en la nueva física de la era que está por venir.

A lo largo de este siglo los terremotos, como dolores de parto, estallarán y amainarán de forma limitada e irán intensificándose progresivamente hasta que llegue la contracción climática que agarrará a todo el mundo en una hora de prueba final (Lc. 21:34-36; Ap. 3:10). Esa hora conllevará el fuego purificador del juicio (2 P. 3:3-7) mediante el cual se destruirá el orden actual de las cosas (2 P. 3:10): suelto, desatado, incontrolable, cuando las unidades de la creación se verán finalmente cortadas en una muerte cósmica introducida por el Adán que fue maldecido con la muerte.

Pero hay esperanza para este mundo de tsunamis: la esperanza de la resurrección, ¡la esperanza gloriosa!

Traducción de www.ibrnb.com, Derechos Reservados. Esperamos que lo que ha leído le sea de edificación. Si desea compartir este artículo o recurso en el Internet, le animamos a hacerlo por medio de un enlace a nuestro sitio web. Si lo usa de esta manera, por favor escriba a nuestra dirección electrónica: admin@ibrnb.com.

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