¿Cómo se forma el hábito de la obediencia?
¿Cómo se forma el hábito de la obediencia? Esta cuestión no es tan difícil como muchos se imaginan. No requiere unos estudios muy amplios, ni una habilidad misteriosa que solo pertenece a unos pocos. ¿Dónde encontramos las familias mejor disciplinadas? ¿Están en las casas de los ricos? ¿Proporcionan los hijos de nuestros hombres más eminentes los mejores modelos a imitar? Es obvio que no.
En algunos de los hogares más humildes encontramos el bello espectáculo que constituye una familia ordenada y disciplinada. Por el contrario, en las mansiones de los hombres más acaudalados o más eminentes de nuestro país, muchas veces encontraremos familias con muchachas groseras y muchachos ingobernables: el vivo retrato del descontrol absoluto.
No es tener mucho talento, ni unos estudios muy amplios, el requisito para enseñar obediencia a un niño. Los principios que nos deben guiar son muy simples y muy claros.
No des nunca una orden que no pretendas que se obedezca. No hay una forma más efectiva de enseñar a un niño a ser desobediente que dar órdenes que no tienes la intención de hacer cumplir. Así, el niño se habitúa a no hacer caso de su madre; en muy poco tiempo el hábito se vuelve tan fuerte, y el desprecio del niño hacia la madre se arraiga tanto, que la criatura pasará por alto igualmente súplicas y amenazas.
–María, deja en paz ese libro–dice una madre a su hijita, que está intentando echar al piso la Biblia que hay encima de la mesa.
María se detiene un momento, y luego vuelve a echar mano al libro.
Enseguida la madre levanta la vista y ve que María sigue jugando con la Biblia.
–¿No has oído que te he dicho que dejes ese libro en paz?–exclama–. ¿Por qué no obedeces?
María quita la mano del libro durante un instante, pero inmediatamente vuelve a su diversión prohibida. Muy pronto la Biblia acaba cayéndose al piso. La madre termina por levantarse de un brinco y, llena de ira, se apresura a dar un azote a la niña y exclama:
–Así aprenderás a obedecerme la próxima vez.
La niña grita, y la madre recoge la Biblia mientras dice:
–Me pregunto por qué mis hijos no me obedecen más.
Esta escena familiar no resulta muy interesante, pero mis lectoras admitirán que no es nada infrecuente. ¿Y es raro que un niño sea desobediente cuando se lo cría de esta manera? No. De hecho, su madre está llevando a la niña a la insubordinación; en realidad, le está enseñando a no hacer caso de sus instrucciones.
Aun el castigo inapropiado que a veces sigue a la transgresión no se inflige por la desobediencia, sino por sus consecuencias accidentales. En el caso que acabo de describir, si la Biblia no se hubiera caído, la desobediencia de la niña habría quedado impune. Que sea un principio inmutable en el gobierno de la familia que tu palabra es la ley.
Una vez, paseando a caballo por el campo, me sorprendió una tormenta y me vi obligado a buscar refugio en una granja. Media docena de muchachos maleducados e ingobernables correteaban por la habitación, con tal alboroto que impedían la posibilidad de mantener conversación alguna con el padre, que estaba sentado junto al fuego. Sin embargo, cada vez que yo trataba de decir algo, el padre gritaba:
–Dejen ese ruido, muchachos.
Ellos no le hacían más caso a su padre del que le hacían a la lluvia. Enseguida, con voz irritada, exclamaba:
–Muchachos, estén quietos, que si no les voy a dar una azotaina; tan cierto como que están vivos.
Pero los muchachos, como si estuvieran acostumbrados a tales amenazas, gritaban y peleaban sin interrupción.
Al final, el padre me dijo:
–Creo que tengo los peores muchachos del pueblo; nunca consigo que me hagan caso.
La realidad era que esos muchachos tenían el peor padre del pueblo. Les estaba enseñando a desobedecer de la forma más directa y eficaz que podía. Les estaba dando órdenes que no tenía la menor intención de hacer cumplir, y ellos lo sabían. Este, claro está, es un caso extremo; pero en la medida en que una madre permita que se pase por alto su autoridad, se expone al desprecio de sus hijos y, de hecho, les enseña lecciones de desobediencia.
¿Y hay alguna dificultad en obligar a un niño a obedecer cualquier mandato determinado? Tomemos el caso de la niña que jugaba con la Biblia. Una madre dulce y juiciosa dice con claridad y decisión a su hija:
–Hija mía, ese libro es la Biblia, y no debes tocarla.
La niña duda un momento, pero, cediendo a esa tentación tan fuerte, enseguida está jugando otra vez con el libro prohibido. La madre se levanta inmediatamente, toma a la niña y la lleva a su habitación. Se sienta y le dice con serenidad:
–María, te dije que no tocaras la Biblia, y me has desobedecido. Lo siento mucho, pero ahora debo castigarte.
María empieza a llorar y le promete que no lo volverá a hacer.
–Pero, María–dice la madre–, me has desobedecido y debo castigarte.
María sigue llorando, pero la madre la castiga con seriedad y con calma. Le inflige auténtico dolor, un dolor del cual se acordará.
Luego dice:
–María, mamá se pone muy triste cuando tiene que castigarte. Quiere mucho a su hijita y desea que sea una niña buena.
Entonces tal vez la deja sola unos minutos. Un poco de soledad reforzará el efecto del castigo.
En cinco o diez minutos vuelve, toma a María en su regazo y le dice:
–Cariño, ¿te arrepientes de haber desobedecido a mamá?
Casi todos los niños dirán:
–¡Sí!
–¿Tendrás cuidado y no me desobedecerás de nuevo?
–Sí, mamá.
–Bueno, María–dice su madre–.Yo te perdono, por la parte que me toca; pero Dios está enojado; le has desobedecido a Él, igual que a mí. ¿Quieres que le pida que te perdone?
–Sí, mamá–responde la niña.
Entonces la madre se arrodilla con su hija y hace una sencilla oración pidiendo el perdón, y el regreso de la paz y la felicidad. Luego lleva fuera a la niña, mansa y sumisa. Por la noche, justo antes de que se vaya a dormir, con dulzura y cariño le recuerda su desobediencia y le aconseja que pida perdón a Dios otra vez. María, con una simplicidad infantil, confiesa a Dios lo que ha hecho y le pide que la perdone y que cuide de ella durante la noche.
Cuando esta niña se despierte por la mañana, ¿acaso sus sentimientos infantiles no se concentrarán con más fuerza sobre su madre como consecuencia de la disciplina del día anterior? Mientras juega por la habitación, ¿correrá el riesgo de olvidarse de la lección que se le ha enseñado y alargar la mano otra vez al objeto prohibido?
Un acto de disciplina como este tiende a establecer un principio general en la mente del niño, que actuará de forma permanente, extenderá su influencia a todas las demás órdenes y promoverá la autoridad general de la madre y la sujeción del niño.
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