Los gozos de la vejez
¡Una vejez feliz! ¿Es tal cosa posible? ¿Alguna vez nos hemos encontrado con una persona vieja y desgastada que era realmente feliz? ¿Podría el ocaso de la vida ser alguna vez brillante y soleado?
Si, tal cosa es posible; y lo encontramos de vez en cuando.
Aunque el cuerpo este desgastado por el tiempo, las piernas estén flojas, y la mente esté algo débil, aún puede haber un gozo calmado en el interior, una paz que el tiempo no puede gastar.
Querido hermano o hermana, ¿deseas ser feliz? Yo se que lo deseas. En el mundo todos son buscadores de la felicidad, aunque muchos la buscan en la dirección equivocada, y por tanto nunca la alcanzan.
¿Te digo cómo y dónde encontrar la felicidad? El mundo no te la puede dar. Exhibe grande promesas, pero no tiene paz que otorgar. Los amigos no te la pueden dar. Es una bendición tener buenos amigos, y estar rodeados de aquellos que nos aman; pero esto no puede darle paz a la conciencia.
El dinero no te la puede dar. Es bueno tener suficiente, y algo que compartir. Me atrevo a decir que a menudo anhelas ser un poco más rico que lo que eres ahora. Pero el dinero no puede alejar los cuidados o traer gozo al corazón.
Entonces, ¿qué es lo que nos hará verdaderamente feliz? La gracia de Dios es la única cosa grande que puede traerle paz al alma. ¡Oh, que felicidad saber que El es tu Padre y tu Amigo! Poder mirar hacia arriba y sentir que El es tuyo, y tú de El—esto es felicidad.
Has pecado, tal vez gravemente y por mucho tiempo. Pero recuerda, “Dios es amor” (1 Jn 4:8). El está lleno de misericordia y presto a perdonar. Envió a Su amado Hijo para salvar a los pecadores, y recibirá a todo pecador penitente que venga a El a través de Cristo, mirando a Su preciosa sangre para salvarlo.
Si, querido amigo, puedes estar muy feliz, más feliz en tu vejez de lo que jamás hayas estado jamás hayas estado antes. Dios te puede dar felicidad, y te la dará, si te abandonas a El y lo tomas como tu porción.
Ahora, ve a Dios y pídele que muestre tus pecados y que los perdone todos por causa de Jesús. Oh, búscale en oración sincera, y nunca descanses hasta que lo hayas encontrado. Ora por el Espíritu Santo. Pídele que venga a tu alma oscura y que la ilumine.
Suplícale que cambie tu perverso corazón, que saque todo lo que es maligno y lo llene con aquello que es santo y bueno. Órale para que te enseñe a Cristo, y te capacite para creer en El. Pídele que te guíe por el bendito sendero de santidad que El señala para Su pueblo. Entonces vas a ser feliz.
Este es el gran secreto de la felicidad. Esto le da descanso al alma abatida, y gozo a aquellos que nunca lo han probado antes.
Pero hay dos o tres claves más que me gustaría ofrecerte.
Trata de tomar la visión positiva de todo. Mira el lado brillante de las cosas. No insistas demasiado en tus sufrimientos y dolores, tus enfermedades y problemas, tus pruebas e infortunios.
Podrían ser muy grandes, pero no se aligerarán por estarlas rumiando constantemente. En lugar de ello, procura ponderar en todas tus muchas bendiciones y tus muchas misericordias.
Tal vez digas, “No puedo dejar de pensar en mis problemas.” Pero puedes ayudar haciendo un esfuerzo para lograrlo. Un espíritu apagado y quejumbroso se apodera de las personas a veces sin darse cuenta. Trata de chequearlo, o hará que tus días sean miserables y desagradables a Dios.
Determina estar contento con tu porción, cualquiera que esta sea. Pablo dice, “He aprendido [¡y encontró que fue una buena lección cuando la aprendió!] a contentarme cualquiera que sea mi situación” (Fil 4:11).
Un espíritu contento y agradecido es una fiesta constante. ¡Deberíamos estar contentos, y estaremos contentos, si tenemos el hábito de ver a Dios en todo, y si estamos viviendo por El, día por día, con un espíritu de verdadera gratitud!
¡Oh, un corazón que alabe al Señor,
Un corazón librado del pecado,
Un corazón rociado con la sangre
Tan libremente vertida por mi!
Jane Down era una mujer de unos sesenta y cinco años de edad. Ella estaba bien en el mundo, con un poco de dinero propio. Nunca la fui a ver cuando no tenía algo de qué quejarse. O su cabeza le dolía, o su rodilla le molestaba, o alguien había estado hablando en contra de ella, o el clima estaba demasiado caliente o demasiado frío. Podías darte cuenta en seguida que no había encontrado el secreto de la verdadera felicidad. Era un problema constante para ella misma y un fastidio para sus amigos.
La viuda Kingston vivía cerca de ella. Era mantenida en parte por su hijo y en parte por la parroquia. Su casa estaba tan limpia y ordenada como la de Jane Down, aunque no tenía ni la mitad de las cosas. Se aseguraba de recibirte con una sonrisa si la ibas a ver.
Se aseguraba de decir algo agradable, y luego sentías que te había hecho mucho bien haberla visitado. No tenía muchos bienes de este mundo, pero tenía a Cristo. Ella amaba a su Salvador, y su mayor deleite era hablar de Su bondad. Había una calmada paz en el corazón de esa pobre viuda, y nada se la podía robar. Teniendo a Cristo lo tenía todo.
¿Qué hizo la diferencia entre estas dos ancianas? ¿Qué hacía que una estuviera contenta y feliz mientras la otra estaba amargada, insatisfecha y miserable?
Era la gracia la que marcaba la diferencia. Una estaba bajo la influencia del Espíritu Santo; la otra estaba destituida de Su poder. Una conocía a Cristo y lo amaba; para la otra, El era un extraño.
Trata de vivir por encima del mundo. Un barco que está “camino a casa” tiene poco cuidado de los vientos y las olas al navegar presto al puerto deseado. El cielo es el puerto pacífico que deseas alcanzar.
Entonces, ¿por qué pensar tanto en las tormentas y las tempestades que te abaten en tu camino? Pronto van a cesar. Encáralas con valentía. Tómalas con paciencia. Sopórtalas con mansedumbre. Mantén tus ojos fijos en Cristo y la eternidad, y los males de este mundo presente no te van a estorbar demasiado.
Oh, querido lector, que Cristo te de Su propia paz—la paz que promete a Su pueblo cuando dice, “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da” (Jn 14:27).
Publicaciones Aquila, Reservados todos los derechos ©2009