Cómo debe cuidar el pastor de sí mismo I
Hoy, en nuestra primera hora, vamos a considerar cómo debe cuidar el pastor de sí mismo, cómo debemos hacer de nuestra vida espiritual, en particular, una prioridad.
Luego, en nuestra segunda hora, veremos el cuidado que el pastor debe tener de su familia ya que consideraremos nuestras responsabilidades en cuanto a nuestras esposas y nuestros hijos. En las demás reuniones en las que estaré ministrando, analizaremos todo el asunto de la adoración según las normas bíblicas.
Sin duda una de nuestras prioridades en el ministerio pastoral consiste en guiar al pueblo de Dios hasta su presencia, por medio de una adoración según se estipula en las Escrituras. Por ese motivo, también tocaremos ese tema esta semana. Cada una de esas prioridades es tan importante y se puede abrir hasta tal punto que se podría predicar muchos sermones sobre cada uno de esos temas.
Por consiguiente, nos limitaremos a examinarlos teniendo en mente que nuestro llamamiento es algo muy importante, que nuestra vida como pastores es muy seria a la luz del juicio venidero de Jesucristo.
Cuando vamos a primera de Corintios capítulo tres, empezando desde el versículo diez y hasta el quince, nos encontramos con estas palabras que son especialmente relevantes para nosotros como pastores:
“Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como sabio arquitecto, puse el fundamento, y otro edifica sobre él. Pero cada uno tenga cuidado cómo edifica encima. Pues nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, el cual es Jesucristo.
Ahora bien, si sobre este fundamento alguno edifica con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada uno se hará evidente; porque el día la dará a conocer, pues con fuego será revelada; el fuego mismo probará la calidad de la obra de cada uno.
Si permanece la obra de alguno que ha edificado sobre el fundamento, recibirá recompensa. Si la obra de alguno es consumida por el fuego, sufrirá pérdida; sin embargo, él será salvo, aunque así como por fuego”.
Cada uno de nosotros está intentando construir sobre el cimiento colocado por el Evangelio apostólico. Ese fundamento es Cristo Jesús y este pasaje nos advierte, más bien nos insta, que seamos muy cuidadosos con lo que edifiquemos sobre él en nuestro esfuerzo por ver iglesias locales edificadas como templos vivos para que la presencia del Espíritu Santo pueda morar en ellos. Se nos debe decir, de hecho se nos dice, que tengamos mucho cuidado con los materiales que utilicemos, que nos aseguremos de que son a prueba de fuego porque serán depurados y purificados en la hoguera del juicio de Dios.
Por consiguiente, debemos evitar el uso de cualquier cosa que pudiera considerarse heno, madera o paja y edificar con las cosas preciosas del oro, la plata y las piedras preciosas. Jesús nos va a pedir cuentas de nuestro ministerio. Nos preguntará qué hemos hecho con su palabra. Querrá saber en qué estado se encuentra su rebaño, cómo hemos honrado y defendido su nombre en medio del mundo de los hombres perversos.
Al leer Mateo veinticinco, nuestro deseo es que podamos oír esas palabras de la boca de nuestro Señor y Salvador en aquel día en que rindamos cuenta. Nuestro anhelo es oírle decir, con las mismas palabras que en Mateo veinticinco, versículo veintitrés:
“Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor”.
Nuestra oración es que esta conferencia nos ayude a cada uno de nosotros a dar prioridad a las cosas que son más importantes para nuestro Señor. Así podremos edificar sobre el fundamento que es Cristo, con ese material que le honrará, que pasará la prueba del fuego y que será un elogio para la gracia de Dios que produce en nosotros un fiel ministerio, para loor y gloria de Cristo.
Bien, con esta perspectiva introductoria que acabamos de hacer, consideremos durante esta hora el cuidado que el pastor debe tener de sí mismo.
¿Cómo debe cuidar el pastor de sí mismo?
Lo primero de todo es ser conscientes de cuál es el método de Dios.
El procedimiento de Dios es que sean hombres piadosos. Aquí recalco lo que oímos ayer en boca del Pastor Meadows: la forma en que el Señor designa a hombres piadosos para que sean pastores. Los utiliza para poner las cosas en orden y llevar a cabo las reformas que darán lugar al liderazgo que el pueblo de Dios necesita. Ese es el método de Dios.
De modo que debemos empezar por nosotros mismos si vamos a comenzar con las prioridades que Dios quiere que consideremos. Debemos acometer la tarea primeramente en nosotros mismos y ejercer ese ministerio en nuestra propia alma. ¿Por qué? Porque este es el método de Dios.
Cuando leemos el comienzo del Evangelio de Juan, vemos algo muy significativo. Nos encontramos en el principio de una nueva era de la historia redentora. Dios está a punto de moverse con gran poder y gracia, anunciando las palabras del Evangelio, la venida del Mesías. Juan nos dice en el capítulo uno, versículo seis:
“Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan”.
Cuando Dios obra para su gloria y para beneficio de su pueblo, emplea un método que es el siguiente: envía a un hombre. No envía a un ángel para que pastoree a su pueblo; envía a hombres. Estos hombres se han convertido y han recibido el Espíritu Santo. Este les ha dado dones que les cualifica para que sean un regalo para la iglesia, para pastorear el rebaño de Dios.
Su método no es enviar un nuevo programa. No se trata de una nueva técnica de misión. Él envía a un hombre… a hombres. El cristianismo no es un mero sistema de doctrina teológica. No es un simple orden de adoración o un ritual. No es una mera organización o una estructura religiosa. Es esencialmente la transformación de hombres caídos que pasan a conformarse a la imagen de Jesucristo. Es algo evidente; el cristianismo es algo principalmente manifiesto en el hombre.
En Romanos capítulo ocho, versículo veintinueve vemos el propósito de Dios cuando leemos:
“Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que El sea el primogénito entre muchos hermanos”.
Esta es la meta de nuestra salvación: ser conformados a la imagen de Jesucristo, el primogénito de su familia que lleva su semejanza. El fin del cristianismo es la transformación de un pecador que pasa a tener la semejanza de Cristo.
¿Qué hace Dios cuando empieza a aplicar este método, cuando acomete este proceso de conformar a los pecadores a la imagen de su Hijo? Pues bien; vayamos de nuevo a Juan capítulo uno y ahora al versículo catorce:
“Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.
Este es el procedimiento de Dios. Cuando Dios lleva eficazmente a cabo los propósitos de su salvación, su palabra se hace carne. No se limita a enviar un simple programa. No escribe algo en el cielo. Él viene en carne. La encarnación de la segunda persona de la divinidad, la vida y el ministerio, la crucifixión, la resurrección, la ascensión, la exaltación al trono de Dios, la segunda venida y la resurrección de los muertos, todo está relacionado con la gloria de Dios revelada en carne humana.
El ministerio del Hijo de Dios se lleva a cabo bajo la forma de un hombre divino. Este es también el método que Dios utiliza para tratar con su pueblo: dar el ministerio para que se lleve a cabo en carne humana, por medio de hombres santos, piadosos, que son encarnaciones personales de la verdad.
Ellos mismos son la encarnación de su mensaje. Son como Cristo, la Palabra hecha carne, pero no como Dios encarnado sino como encarnación de la verdad. Sus vidas, sus palabras, sus actos, sus relaciones son un despliegue del ministerio de Cristo a su pueblo.
Así pues, debemos dar prioridad a ministrarnos a nosotros mismos como pastores, a cuidarnos a nosotros mismos y a alimentar nuestras propias almas, nuestra propia salud y vigor para que en la totalidad de nuestro ser humano podamos ser la encarnación del mensaje que estamos comunicando a nuestra gente.
Si no estás nutriendo tu propia salud, no podrás comprometerte en el ministerio porque es una tarea muy exigente y un trabajo agotador. Para ser el instrumento que Dios quiere que seas, tu estado de salud debe ser el mejor posible. De este modo tendrás la energía necesaria y podrás cumplir con todos los compromisos que te impone su palabra. Serás capaz de llevar adelante tus interacciones con el pueblo de Dios, así como tus responsabilidades con las fuerzas de las tinieblas, en el campo de batalla.
Por consiguiente, vemos que el método de Dios es Juan uno, versículo seis: “Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era…” y aquí podéis poner vuestro propio nombre porque ese es el medio que Dios está empleando, cualquiera que sea el lugar en el que te ha puesto. Tú eres el método de Dios. Eres el hombre con nombre que Dios envió al lugar en el que Él te ha puesto.
Cuando el Apóstol Pablo habla a los pastores en Hechos capítulo veinte, les dice que la salud espiritual debe ser su prioridad. En el versículo veintiocho de ese mismo capítulo dice así: “Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual El compró con su propia sangre”.
Antes de que podáis tener cuidado del rebaño de Dios, pastorearlo y ocuparos de la posesión más preciosa comprada por Cristo, debéis cuidaros a vosotros mismos. De igual manera, en primera de Timoteo capítulo cuatro, leyendo desde el versículo catorce encontramos:
“No descuides el don espiritual que está en ti, que te fue conferido por medio de la profecía con la imposición de manos del presbiterio”.
Reflexiona sobre estas cosas; dedícate a ellas, para que tu aprovechamiento sea evidente a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan”.
Aquí, Pablo dice al joven Timoteo: no puedes descuidarte a ti mismo, no puedes dejarte absorber por el trabajo del ministerio hasta el punto de ser negligente con la alimentación de tu propia alma. Debes ser un ejemplo de la imagen del crecimiento en gracia. Tu progreso debería ser algo evidente para los demás. Por consiguiente, cuídate, préstale una atención especial a cultivar tu salud espiritual y también la física.
Pablo estaba preocupado por el estómago de Timoteo y también por su espíritu. Eres el método de Dios. No estás presentando un programa sino que tú mismo eres ese programa. No estás mostrando un nuevo artilugio: tú eres el método de Dios. Eres el hombre que encarna el mensaje, debes cumplir su ministerio siendo tú mismo la encarnación personal del ministerio.
Robert Murray M’Cheyne dice:
“Sois la espada de Dios, su instrumento, un vaso escogido para llevar su nombre. El éxito dependerá en gran medida de la pureza y la perfección del instrumento. Dios no bendice los grandes talentos sino el parecido con Cristo. Un ministerio santo es una arma terrible en la mano de Dios”.
El método de Dios es un hombre piadoso.
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