La vergüenza de la santidad (Sal. 119:22)
Quita de mi el oprobio y el desprecio,
Porque yo guardo tus estatutos (Sal. 119:22).
Una persona que se convierte a la fe cristiana puede ser ingenua y esperar que no va a recibir más que felicitaciones cuando los que le observan vean por la coherencia de su vida y sus palabras que siente un absoluto deseo ferviente por vivir como un discípulo de nuestro glorioso Señor Jesucristo. Después de todo, este es el cambio más maravilloso y digno de elogio que una persona pueda tener en su vida. Ser liberado de la esclavitud del pecado, pasar de ser una amenaza moral a convertirse en un medio de bendición es verdaderamente un motivo de celebración. De hecho, hay gozo en la presencia de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente (Lucas 15:10). ¡Ojalá la tierra tuviera tanto sentido común!
ES PREDECIBLE
En lugar de esto, tanto el convertirse en un cristiano sincero como su progreso genuino con respecto a la santidad provocan la reacción opuesta en la mayoría de la gente, ya que permanecen hostiles a Dios y a Su santa iglesia.
Aquí tenemos el testimonio del salmista sobre la experiencia que está teniendo de “oprobio y desprecio”; estas palabras en hebreo tienen connotaciones de desgracia, falta de respeto, un estado de deshonor y baja posición, menosprecio, insulto, mofa, calumnia, burlas verbales, y otras cosas semejantes. En vez de gozar de una elevada reputación el salmista tiene que soportar toda esta considerable miseria en su experiencia terrenal. Sus enemigos le odian sin causa; no había ninguna buena razón para que le faltaran al respeto, le marginaran o le ridiculizaran.
Esa reacción por parte de ellos hacia un verdadero hombre de Dios es predecible. Calvino manifestó el sentido de este versículo y lo explicó con estas palabras:
¡Oh Dios! No permitas que los impíos se burlen de mí por procurar guardar tu ley. Esta impiedad extendida por el mundo desde el principio ha hecho que la sinceridad de los adoradores de Dios ya sido tema de reproche y burla; de esta misma manera e incluso en la actualidad se sigue lanzando los mismos reproches sobre los hijos de Dios como si no estuvieran satisfechos con la forma normal de vivir y aspiraran a ser más sabios que los demás (in loc.).
Esta doctrina bíblica de la vergüenza de la santidad es muy distinta a ese falso evangelio predicado por muchos hoy en día que se ha etiquetado con el nombre de “salud y riqueza” y en el que no hay ninguna cruz. ¡”Ven a Cristo y tu vida se volverá más cómoda; ten una gran fe y no tendrás que soportar nada desagradable!” con palabras como estas atraen a los amantes de los placeres más que a loa que aman a Dios. Para satisfacer sus propios placeres, los falsos maestros explotan a sus crédulos oyentes separándolos de su dinero (2 Ti. 3:4; 2 P. 2:3).
Muchos textos de las Escrituras confirman la vergüenza de la santidad en este mundo vil; evidentemente el Señor sabe que necesitamos estar firmemente convencidos de la realidad de esta posibilidad para todos los que querrían vivir santamente en Cristo Jesús (por ej., Mt. 10:22; Hch. 11:24-26; 1 P. 4:1-4).
ES DOLOROSO
Sal. 119:22 nace del sufrimiento y es el llanto de uno que está muy afligido. La enfermedad y la pobreza son pruebas menos duras que ésta para el alma espiritualmente sensible. Su mayor preocupación no es que le gustaría ser estimado y amado, sino que el honor público de su amado Dios es lo que está en tela de juicio, y el bien de las almas que podrían estar bajo su influencia. El que ama a Dios por encima de todo y ama a su prójimo como a sí mismo también vela también más por la alabanza de Dios y la salvación de los pecadores que por su propia reputación, por muy importante que esta pueda ser (Pr. 22:1). Por consiguiente, cuando esas otras cosas prioritarias surgen, él agoniza profundamente por ello, y se conduele por el triste estado de cosas.
Este dolor del alma hace que el santo ore, porque solo Dios puede efectuar el bendito cambio. “Quita (en hebreo la palabra es rodar) de mi el oprobio y el desprecio.” Una expresión muy parecida se encuentra en Josué 5:9 donde el Señor dice a Su pueblo: “Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto. Por eso aquel lugar se ha llamado Gilgal hasta hoy,” que significa “rodar.”
Los insultos lanzados constantemente por ese pueblo sobre Israel, como nacionalmente rechazados por Dios por el cese de la circuncisión y la renovación de ese rito fue un anuncio práctico de la restauración del pacto [Keil, citado en JFB].
En otras palabras, los israelitas serían ahora reconocidos por todas partes como el pueblo especial del pacto de Dios en una manera que casi se había perdido justo antes de que entraran triunfantes en la tierra prometida.
Solo Dios puede elevar nuestra estima e influencia entre los hombres, y prosperar a Su iglesia en el mundo. Sin una respuesta, por gracia, a esta oración todo progreso en santidad no encontraría más que un gran desdén y oposición; cualquier compromiso con la voluntad del mundo irónicamente también provoca la indignación de ellos hacia aquel que profesa ser cristiano. Volviéndose mundano usted no puede ganar el mundo para Dios. La popularidad de las iglesias que transigen no es más que una ilusión de éxito espiritual.
Por lo tanto, debemos recurrir a la oración para encontrar alivio a esa vergüenza dolorosa y predecible de la santidad. No debemos temer a quejarnos reverentemente ante el Señor por nuestros sufrimientos, en particular en este caso: “Quita de mi el oprobio y el desprecio, para que Tu gloria pueda verse y sus almas puedan ser salvas.”
ES PASAJERO
Todo lo que los santos piden a Dios según Su voluntad les será finalmente concedida (1 Jn. 5.14-15). El propio hecho de que el Espíritu Santo impulsara al salmista a orar así ya era de por sí un presagio de alivio, porque Él no provocaría deseos santos si no tuviera la intención de satisfacerlos.
Que los más santos deban ser para siempre los más despreciados y los impíos triunfen eternamente no concuerda con el plan eterno de Dios. Incluso en esta vida Dios se complace a menudo en dar a Sus fieles servidores una medida de honor, incluso por parte de los malvados (Ester 6:11).
Asimismo, un caso mayor de inversión de papeles que el que se ilustra en la historia de Aman y Mardoqueo está llegando (Marcos 10:31), y se llevará a cabo especialmente en el Día del Juicio cuando Cristo vuelva. Entonces, como prometió:
El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que son piedra de tropiezo y a los que hacen iniquidad.; y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes. Entonces LOS JUSTOS RESPLANDECERÁN COMO EL SOL en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga (Mt. 13:41-43).
El salmista espera con confianza que Dios finalmente le conceda esta petición, cuanto tiende más a Su gloria y al bien de Su elegido, porque ora como alguien que puede decir: “porque yo guardo tus estatutos”, no con perfección (119:5-7) pero sí con sinceridad. El salmista no consideró su justa manera de vivir como base para su justificación delante de Dios, sino como la evidencia de que Aquel que ya le había regenerado y que ahora le iba santificando poco a poco, también llevaría la obra de salvación por gracia a su fin, incluso su glorificación.
¡Qué consuelo para él que se encontraba bajo persecución y difamación! Los hombres le despreciaban, pero Dios le amaba. Los enemigos decían que era un alborotador, pero Dios conocía la sinceridad de su servicio espiritual.
Un día (un glorioso día) sería honrado y justificado delante de toda creación. “El anhelo profundo de la creación es aguardar ansiosamente la revelación de los hijos de Dios” (Ro. 8:19). Cuando Cristo regrese, la vergüenza de la santidad será quitada de Sus verdaderos siervos para siempre. Todos los malvados envidiarán entonces su estado de felicidad, y lamentarán que las miserias eternas hayan caído sobre ellos, sin posibilidad de escapar.
Oh Señor, por la gloria de Tu nombre y para que guardes a tus amados hijos durante las pruebas, y por la conversión de multitudes que se hayan fuera de la iglesia, oramos como un solo cuerpo que quites de nosotros el reproche y el desprecio, porque nuestra satisfacción es ésta: el testimonio de nuestra conciencia que en la santidad y en la sinceridad que viene de Dios, no en sabiduría carnal sino en la gracia de Dios, hemos guardado Tus testimonios (2 Co. 1:12). Amén.
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